lunes, 15 de marzo de 2021

8 y 1/2: una lección de cine gracias al caos creativo de Fellini

El film, que acaba de regresar a las salas porteñas en una versión remasterizada en 4K, pudo haber sido protagonizado por Charles Chaplin o Laurence Olivier.


Con el retorno de las salas cinematográficas a la ciudad de Buenos Aires tuvo lugar también el regreso a las carteleras de Federico Fellini, uno de los nombres más importantes de la historia del cine de todos los tiempos. De aquél que redefinió para siempre al cine italiano y construyó un sueño onírico y fantástico que también cambió (o supo interpretar) la identidad de toda Italia. Porque, se sabe, ya no existirá Italia sin pensar en Fellini y tampoco podrá algún hecho grotesco en cualquier lugar del mundo, preso de surreal desmesura, no pensarse como “fellinesco”; aunque la parodia esconda en rigor la mirada pesimista del genio del cine italiano sobre la especie humana y, asimismo, un duro juicio moral sobre un cinismo cincelado en esas frívolas conductas.

Pero, ante todo, Fellini fue un director fiel a sí mismo, a sus constantes obsesivas, a sus anhelos artísticos, a sus experimentos visuales dotados de una singular poesía que escondían la mirada, que nunca dejó de ser, del pequeño provinciano deslumbrado con la gran ciudad. Remitirse a su cine es, automáticamente, evocar títulos y momentos que se confunden con la propia vida hasta convertirse en una marca indeleble. Para los más jóvenes, lejos de la cinefilia nostálgica, resulta una experiencia visual y de descubrimiento de los sentidos que, en muchos casos, promediando el medio siglo de vida de sus grandes trabajos, siguen deslumbrando con su intensa modernidad.

Allí se ubica también 8 ½, presente en la cartelera en una copia impecablemente remasterizada y que tuvo el mejor promedio de espectadores de todas las actualmente en cartel y permite el doble regocijo del retorno al cine y con un título a la medida de la pantalla grande y de la leyenda de la sala a oscuras. Tal como sucedió en un lejano 15 de febrero de 1963, en Roma, y como recordaba el no menos memorable guionista Césare Zavattini sobre su primera proyección en la salita de la productora Titanus: “...después llegó Patti, después Moravia y un minuto más tarde Pasolini, pero la luz ya se había apagado y en la pantalla aparecía sobre fondo negrísimo el título muy blanco del film de Fellini. No me aparté más, ni un milímetro siquiera. La cosa transcurría como si fuera una premiere de Chaplin. La gran sombra de Carlos Emilio Gadda pasó delante mío sustrayéndome un fotograma. Las primera imágenes fueron cosas jamás vistas: un atascamiento de autos en la Puerta Pinciana, y las caras de la gente constreñida a mirarse en la tregua desde detrás de las ventanillas, estaban esculpidas monumentalmente en el silencio”. Así fue la primera proyección privada del hoy fundamental título del cine para aquellos privilegiados espectadores.

Para Fellini, 8 ½ representaba el exorcismo de la brutal crisis creativa luego del rotundo suceso de La dolce vita, el film que nadie había querido producir y que luego produjo ganancias millonarias junto a un éxito arrollador. De allí el título, porque antes de esta película Fellini había dirigido siete películas y parte de otras realizaciones colectivas, y había decidido narrar su conflicto como creador metaforizado en el perfil de Guido Anselmi, el director de la ficción encarnado –como no podía ser de otra manera– por Marcello Mastroianni.

Desde entonces, críticos, estudiosos e investigadores han tratado de enunciar aquello que para el propio director fue imposible de explicar: dónde comienza la autobiografía y termina la fantasía, o viceversa. Una película que encierra otra película y es “la construcción en abismo”, según el teórico Christian Metz o “un complejo sistema de capas superpuestas”, de acuerdo al juicio de Angel Quintana. En cambio, lo que sí puede reconstruirse es la desmesura, los pasos caóticos, la búsqueda intuitiva desde la cual Fellini comenzaba a gestar una película y que, en este caso, incluyó a Laurence Olivier como el rostro de aquél director extraviado.

Fueron meses de viajes a Londres, llamados y contactos. Y un buen día, tal como había ocurrido con la primigenia idea de convocar a Charles Chaplin para el mismo papel, todo se desvaneció. Como en muchas de las convulsionadas instancias de sus otros filmes, nunca se sabrá a ciencia cierta en 8 ½ si Laurence Olivier se negó o Fellini se desilusionó. O a fin de cuentas, como también se debatió en su época, si sólo buscó perder tiempo hasta poder redondar la idea de la película mientras era perseguido, como siempre, por sus productores. Para Mastroianni la explicación fue más sencilla: “El motivo fue que se dio cuenta de que Olivier le venía grande como actor, y que iba a ser difícil que le diera lo que él quería; sencillamente era demasiado distinto de Federico. Yo me parecía mucho más a él: soy católico, débil, antihéroe...”.

Con todo listo y sólo un somero horizonte descriptivo del personaje comenzaron innumerables escrituras del guion, elaborado por Fellini, Ennio Flaiano, su colaborador Brunello Rondi y Tullio Pinelli, que sugirió el título La bella confusione. Ya con varias versiones, una pensión romana en la periferia de la ciudad brindó el aislamiento necesario para que Fellini y Pinelli elaboraran una versión cercana al original y que, en rigor, sólo llegó a manos de Marcello Mastroianni para ser un elemento decorativo en la cotidianeidad de un set de filmación marcado por la creación libre. A todo el resto del elenco, sólo le llegaban –en el mejor de los casos– unas hojas sueltas con algunas líneas de diálogo pero que no permitían siquiera sospechar cuál era el devenir de la obra en su conjunto. Anota Deena Boyer en su libro 200 días con Fellini, la filmación de 8 ½, que fue solo en el último minuto que Fellini decidió hacer del personaje de Mastroianni un director de cine; poco antes había comenzado a escribir una carta al productor Rizzoli anunciándole su renuncia a un proyecto que, en rigor, ya lo esperaba con todo listo. La síntesis perfecta la explicaría Claudia Cardinale: “Federico me quería rubia, Luchino me quería morocha. Con Fellini uno no tenía guion, todo es improvisación. Cuando él rodaba, todos los actores venían a verlo porque él era magia. El plató era como un circo, las gente gritaba a sus teléfonos. Él no podía rodar sin ruido. Con Visconti, lo opuesto: como haciendo teatro. No podíamos decir una palabra. Todo era muy serio”, diría sobre su experiencia simultánea en los sets de filmación de Ocho y medio e El gatopardo.

El rodaje de Ocho y medio se inició el 9 de mayo de 1962 y culminó a comienzos de octubre de ese mismo año, pero el inicio fue con guardias de seguridad y un rodaje a puertas cerradas que permitiera tener a salvo la filmación de curiosos, periodistas y ocasionales visitantes. En las jornadas del mes de mayo se rodaron las escenas del cuarto de hotel de Guido, su baño, las escenas del comedor en el hotel de Carla y algunas escenas finalmente descartas en el primer montaje. El avance era meticuloso pero lento, cuidadoso del detalle hasta la exasperación pero también como reflejo de la permanente improvisación. La única constante fue la leyenda que pegó debajo de la cámara y donde podía leerse: “Recuerda que esta es una película cómica”.


De un rodaje sin curiosos, Fellini pasó a un set por el que desfiló toda Roma, e incluso encargó a su amigo Gideon Bachmann, un corresponsal de revistas norteamericanas el cual sabía Federico que se encontraba en apremios económicos, retratar con su cámara todo lo que ocurría tras bambalinas. Las tres mil fotografías dan cuenta de un rodaje que involucraba a los personajes más variopintos de la sociedad romana y a visitas que se daban todas las tardes con figuras de la alta sociedad italiana a directores como Joseph Losey o a estrellas absolutas como Sophia Loren. Esos retratos incluso permitieron a Bachmann reconstruir la escena final de 8 ½ que tuvo dos relatos posibles. De acuerdo al guion, Guido y Luisa (Anouk Aimée) se sientan en el coche comedor de un tren con destino a Roma y en un momento, Guido levanta la vista para darse cuenta de que todos sus personajes están allí, antes de entrar en un túnel. Luego se rodó otro final, alternativo, y que fue el elegido gracias a las recomendaciones del guionista Tullio Pinelli para tratar de dar un cierre que no fuese tan oscuro. El periodista también asistió junto a Fellini y Nino Rota al visionado del primer corte de la película, de cuatro horas de duración, y que –contrariamente a lo que se cree– fue filmado con sonido directo pese a los gritos, innumerables indicaciones, e incluso los cambios en los diálogos que luego Fellini introducía en la posproducción. Otras imágenes de 8 ½ pueden verse en la espléndida muestra El centenario de Fellini en el mundo, que puede verse actualmente en el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Dieciséis películas, un especial para TV y un ballet son la síntesis profesional de casi treinta años de amistad entre Fellini y Nino Rota, que significaron en el campo musical una presencia activa de la partitura como parte de la narración misma. Aunque Fellini explicara a Camilla Cederna que había en 8½ mucha menos música que la habitual: “Solo hay un motivo de Rota, que es una delicada marchita de circo ecuestre. Naturalmente, y con su acostumbrada gracia, Nino se ocupará de las uniones entre fragmento y fragmento, y también de muchas adaptaciones”. Empero, hoy resulta imposible pensar en 8½ sin la música que es, muy probablemente junto con las de La strada, La dolce vita y Amarcord, parte indivisible de la experiencia cinematográfica.

Sin embargo, el tema más famoso de fue compuesto para el trailer de la película y luego, cuando quedó definido ese final de pasarela circense, fue Fellini el que decidió sumarlo al film incluso sustituyendo el que había sido pensado a tales fines, la Marcia dei gladiatori del compositor checo Julius Fucik, que se integraba así a pasajes de La cabalgata de las valquirias (Wagner), El barbero de Sevilla (Rossini), Gigolette (Lehar) o el Cascanueces (Tchaikovsky), con arreglos de Rota, junto a otras de su propia autoría y que volverán a estar presentes como la nueva orquestación para Cadillac, originariamente compuesta para La dolce vita. Desde entonces la música será un protagonista más en el cine de Federico Fellini.

En ese rodaje descomunal no faltaban los perfiles de las mujeres que se integraban a la historia de Guido Anselmi como Carla (Sandra Milo), la amante ideal; Luisa (Anouk Aimée), la esposa acomplejada, y fundamentalmente Claudia (Claudia Cardinale), la mujer perfecta. También resulta inolvidable la Saraghina (Edra Gale), que evoca las pulsiones sexuales de la adolescencia. Pero ninguna de ellas la pasó demasiado bien en el rodaje. A Sandra Milo, Fellini la obligó a engordar varios kilos y llegar al set para rodar con Marcello una escena de comida: “Muy bien, Sandrina, come, bebe, di algo”, indicaba Fellini en una toma que se repitió dieciséis veces y que cada seis o siete tomas llevaba a Milo a vomitar el muslo de pollo que había vuelto a comer. Ante el desconcierto del elenco, era Mastroianni quien ponía paños fríos invitándolos a dejarse llevar por la situación.

Hace más de una década, Lina Wertmüller recordaba a este cronista su encuentro con Federico que, además, fue su ingreso al cine: “Conocer a Federico era como abrir una ventana y ver un paisaje que te gustaba mucho, pero que no sabías que podías ver de esa manera. Hasta 8 ½ yo nunca había hecho cine y siempre había estado refugiada en el teatro, pero con Federico era un placer inmenso el mundo del cine. Era extraordinario trabajar con él en el set. Muy particular, creativo y lúdico, no le importaba nada que no estuviera dentro de su juego. Todo lo que pueda decir es poco. Federico era magnífico. Me acuerdo de cuando recorríamos Italia en busca de locaciones para 8 ½ y acababa de hacer “Le tentazioni del dottor Antonio”, uno de los episodios de Boccaccio 70. La chica que cantaba “Bevete più latte, il latte fa bene” era la misma que en una escena toma helado en la terraza donde el doctor Antonio echa a una mujer. Federico tenía un amor inmenso por esa niña y ella por Federico, no podían separarse. ¿Cómo terminó la historia? La madre y la niña con nosotros de viaje, porque ninguno podía estar sin el otro”.

Ovacionada en el Festival de Cannes, donde se presentó fuera de concurso, fue premiada en el Festival de Moscú a pesar de las presiones recibidas por el Jurado Oficial de seleccionar para el lauro una película que “contribuyera a la paz y la amistad entre las naciones”. Stanley Kramer llevó la voz cantante para un premio más que merecido para el film de Fellini. Poco más tarde llegaba a Hollywood, donde se alzaba con el Oscar a la Mejor Película Extranjera, y uno más para el diseño de vestuario de Piero Gherardi. Cuando todos descontaban el Oscar al mejor guion original, sin embargo, la Academia premió a La conquista del Oeste, de Henry Hataway. A la Argentina, llegó el 8 de octubre de 1963 a los cines Opera, Premier, Ideal y otras seis salas barriales a 107 pesos de entonces, con distribución del sello Columbia.

Dos días después de la primera función privada en Titanus, Alberto Moravia publicaba en L’Expresso: “El personaje de Fellini es un erotómano, un sádico, un masoquista, un mitómano, un temeroso de la vida, un nostálgico del pecho materno, un tonto, un mistificador y un tramposo. En algunos aspectos se parece a Leopold Bloom, el héroe del Ulises de Joyce a quien Fellini muestra en varios lugares que ha leído y meditado. La película es toda introvertida, es decir, en esencia es un monólogo interior que alterna con escasos atisbos de la realidad. Fellini ilustra la neurosis de la impotencia con una precisión clínica impresionante y, quizás, a veces incluso involuntaria. [...] Los sueños de Fellini son siempre sorprendentes y, en sentido figurado, originales; nunca en los recuerdos brilla un sentimiento más delicado y más profundo.” El retrato en varias dimensiones de la voz de un genio ya era parte del legado inmortal del cine demostrando la construcción del artificio desde su mirada más íntima, pero también desde su matriz más espectacular. Una vez más de visión ineludible, 8 ½ demuestra poéticamente que el caos de un creador de ilusión le ganó a la crisis contemporánea más grande y real que tuvo el cine desde sus orígenes. Solo Fellini pudo dar a través de los tiempos tamaña lección de historia.

Pablo De Vita
Diario La Nación, 13 de febrero de 2021

viernes, 12 de marzo de 2021

Fausto

El espíritu de Goethe, la magia de Murnau. Un clásico del cine (y la literatura) de todos los tiempos.

FAUSTO
(Faust - Eine deutsche Volkssage, Alemania, 1926, blanco y negro, 85 minutos)
Dirección: Friedrich Wilhelm Murnau
Guión: Hans Kyser, sobre la novela de J.W. von Goethe
Dirección de Fotografía: Carl Hoffmann
Elenco: Emil Jannings, Gösta Ekman, Camilla Horn, William Dieterle, Yvette Guilbert, Frida Richard, Eric Barclay, Hanna Ralph, Werner Fuetterer y Hans Brausewetter.

En dos actos claramente diferenciados, Murnau cuenta el clásico relato de Goethe sobre el célebre pensador que después de buscar sin descanso la esencia del conocimiento y la verdad oculta de las cosas, es tentado por el diablo y vende su alma.

Proyectada en nuestra Temporada VIII - Función 173.

viernes, 5 de marzo de 2021

Sostiene Pereira

La novela de Antonio Tabucchi, protagonizada por el gran Marcello Mastroianni.


SOSTIENE PEREIRA
(Idem, Italia, Francia, Portugal, 1995, color, 104 minutos)
Dirección: Roberto Faenza.
Producción: Elda Ferri y Michèle Ray-Gavras.
Guión: Roberto Faenza, Sergio Vecchio y Antonio Tabucchi, basados en la novela homónima de Tabucchi.
Dirección de fotografía: Blasco Giurato.
Montaje: Ruggero Mastroianni.
Música: Ennio Morricone.
Dirección de arte: Giantito Burchiellaro.
Elenco: Marcello Mastroianni, Joaquim de Almeida, Daniel Auteuil, Stefano Dionisi, Nicolatta Braschi y Marthe Keller.

En plena dictadura portuguesa, en 1938, un periodista que ha trabajado siempre en la sección de sucesos renuncia a interpretar y difundir la realidad de la época en la que vive, donde los triunfan los totalitarismos en toda Europa.

Recibe entonces como encargo ser el redactor de una página literaria. Mientras los acontecimientos pasan ante sus ojos y oídos, chocará con el espíritu vital de un joven colaborador. Y esa estrecha relación desencadenará una crisis personal que altera profundamente su vida.

El protagonista, maravillosamente interpretado por el gran Marcello Mastroianni, se convirtió en el símbolo de la defensa de la libertad de información para los opositores de todos los regímenes antidemocráticos.

Proyectada en nuestra Temporada VI - Función 111.

viernes, 19 de febrero de 2021

Perros de la noche

La película, que proyectamos en una función homenaje a Teo Kofman, su director, fue presentada por Enrique Medina, autor del libro. 


PERROS DE LA NOCHE
(Argentina, 1986, color, 94 minutos)
Dirección: Teo Kofman
Guión: Teo Kofman, Pedro Espinosa y Enrique Medina, basada en la novela homónima de Medina.
Producción: Teo Kofman.
Fotografía: Julio Lencina.
Monteje: Norberto Rapado.
Música: Antonio Tarragó Ros, León Gieco y Gabriel Senanes.
Elenco: Emilio Bardi, Gabriela Flores, Héctor Bidonde, Gustavo Belatti, Enrique Alonso y Mario Alarcón.

Dos hermanos jóvenes, mujer y hombre, se encuentran con la pobreza máxima al quedar huérfanos, e incurren en la vida criminal como única salida de sobrevivencia.

Marginalidad, pobreza y desamparo son ejes de la muy sólida ópera prima de Teo Kofman, basada en la primera novela de Enrique Medina. Excelentes actuaciones de la pareja protagónica (Bardi y Flores) bien apoyados por los secundarios.

Seleccionada para el Festival de Cine de San Sebastián 1987 y recibió el Premio Nacional por el libro cinematográfico (producción 1983-1986), otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación, dependiente del Ministerio de Educación y Justicia; el Cóndor de Plata al mejor guión adaptado, otorgado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina; el Premio Argentores a la mejor obra en su género, otorgado por la Sociedad de Autores de la Argentina; y el Premio Mutisia Dorada al mejor director.

Proyectada en nuestra Temporada IV - Función 40.

viernes, 12 de febrero de 2021

Noches sin lunas ni soles

Dirigida por José A. Martínez Suárez, amigo del Cineclub La Rosa y Socio Honorario de la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte, la película está basada en la novela de Rubén Tizziani.

 

NOCHES SIN LUNAS NI SOLES
(Idem, Argentina, 1984, color, 97 minutos)
Dirección: José A. Martínez Suárez
Guión: José A. Martínez Suárez y Rubén Tizziani, basada en la novela de Tizziani.
Fotografía: Alberto Basail.
Música: Roberto Lar.
Elenco: Alberto de Mendoza, Luisina Brando, Lautaro Murúa, Arturo Maly, Cacho Espíndola, Boy Olmi, Guillermo Battaglia, José María Gutiérrez, Diana Ingro, Rudy Chernicoff y Eva Franco.

Un delincuente huye para ayudar a un amigo de toda la vida, gravemente enfermo. El policía que lo persigue sabe que detrás puede haber un botín oculto. Grandes actuaciones, un sólido guión y una realización magistral hacen de esta película uno de los mejores policiales del cine argentino.

Bien narrada y con galería de personajes incomparables, más un guión sólido y el paisaje suburbano de lo cotidiano, desgraciadamente Martínez Suárez no filmó más. Luisina Brando nunca lució tan sensual, y no nos privó de un desnudo para el recuerdo.

Proyectada en dos ocasiones: Temporada IV / Función 63, cuando Martínez Suárez fue distinguido como Socio Honorario de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, y Temporada VII / Función 152

Este fue el texto que envió José la noche en que proyectamos la película por segunda vez.

viernes, 5 de febrero de 2021

Fahrenheit 451

Basado en el clásico de Ray Bradbury, narra un futuro en el que los bomberos en vez de apagar incendios queman libros. 


FAHRENHEIT 451
(Idem, Gran Bretaña, 1966, color, 112 minutos)
Dirección: François Truffaut.
Guión: François Truffaut y Jean-Louis Richard, sobre la novela de Ray Bradbury.
Fotografía: Nicolas Roeg.
Música: Bernard Herrmann.
Elenco: Julie Christie, Oskar Werner, Cyril Cusack, Anton Diffring, Jeremy Spenser y Alex Scott.

Historia de una sociedad en donde la palabra escrita está prohibida, los bomberos se encargan de quemar libros, la televisión aboba y a los rebeldes sólo les queda convertirse en hombres libro, memorizando sus obras y pasándolas verbalmente de generación en generación, como los antiguos rapsodas, los recitadores ambulantes de la antigua Grecia.

Guy Montag, un disciplinado bombero encargado de quemar libros, conoce a una revolucionaria maestra que se atreve a leer. De pronto, se encuentra transformado en un fugitivo, obligado a escoger no sólo entre dos mujeres, sino entre su seguridad personal y su libertad intelectual.

Fue proyectada en nuestra Temporada III - Función 39.

viernes, 29 de enero de 2021

Viernes de cine on line

En tiempos sin salas, y sin posibilidad de organizar funciones en la Biblioteca, desde el Cineclub La Rosa proponemos una película para ver on line cada viernes a partir de febrero.  

En principio, serán películas que ya programamos alguna vez en nuestra sala, relacionadas con el mundo literario, y además que estén disponibles en la web libremente. 

Las películas se irán actualizando cada viernes por la noche, y ya quedarán disponibles en el blog en tanto sigan estando vigentes en los servidores a los que han sido subidas originalmente. Esperemos que les guste la propuesta.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Proyectemos un mejor 2021

Se va el año que nadie quiso, que no olvidaremos, pero no querremos repetir. Le decimos chau, y con fuerza intentaremos dar vuelta la página de esta novela de pandemia para proyectar juntos, en esa película que imaginamos mejor, un 2021 diferente. 

Que el año próximo sea próspero, o al menos haga el esfuerzo por superar al que se va, que no será poco. 

Con los mejores deseos de parte de todos los que componemos el Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte y el Cineclub La Rosa.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Sarmiento en el cine

Reproducimos la nota que con motivo del último Día del Maestro, nuestro amigo Pablo De Vita publicó en el diario La Prensa.

Pese a que se conservan varias fotografías con su rostro, seguramente los más famosos perfiles fotográficos de Domingo Faustino Sarmiento sean con su uniforme militar (1852), de sus épocas de gobernador de la provincia de San Juan (1862-1864), y como Presidente de la Nación (entre 1868 y 1974), cuando posó para el afamado retrato con la banda presidencial en 1873 o aquella en la que, con uniforme militar, visita la Exposición Universal de París de 1867. Pero por su tenebroso detalle, común entonces pero incomprensible hoy en tiempos de selfies, sea una de las más famosas la foto post mortem del 11 de Septiembre de 1888 donde se lo observa en un escenario acondicionado por el fotógrafo paraguayo Manuel de San Martín que lo captó en su inmortalidad sentado en su sillón de trabajo.

Fue posible gracias a la colaboración del médico Alejandro Candelón y del diplomático Martín García Mérou, quienes trasladaron el cuerpo de la habitación donde, efectivamente, había ocurrido el deceso y contribuyeron a acondicionar su estampa para las largas horas de exposición que demandaba obtener el daguerrotipo.

Poco más de dos años antes había tenido lugar la primera proyección del cinematógrafo Lumiere, el 18 de Julio de 1896 en el Teatro Odeón, y a tan sólo un año de que hubieran llegado al país las primeras cámaras Gaumont con las que comenzaron los tímidos registros pioneros moría Sarmiento. Eso seguramente explica que, a diferencia de sus contemporáneos Bartolomé Mitre o Julio A. Roca, el auténtico Domingo Faustino Sarmiento no haya sido retratado por el cinematógrafo.

Pero a través de escuelas, actos, monumentos y celebraciones fue consustanciándose en el imaginario popular la estampa de ese último Sarmiento, macizo y entrado en años, con la mirada hilvanada a fuego en el horizonte por la tempestad del espíritu. Era ese -y no otro- el que podía ser evocado en el cine cuando ya el retrato directo no era posible. Ese encuentro va a suceder en 1944 con la épica de Lucas Demare Su mejor alumno, luego de la fundacional La guerra gaucha también producida por Artistas Argentinos Asociados. Los guionistas Ulyses Petit de Murat y Homero Manzi delinearon los contornos de la historia a partir de Vida de Dominguito de Sarmiento, añadiéndole la vertiente historiográfica sobre el propio autor del libro hasta que llega al viejo Congreso para su jura como Presidente de la Nación pero con la vibrante batalla de Curupaytí donde pierde la vida su hijo como vértice del drama.

El film expone a un personaje patrio de modo nada solemne y permite al espectador consustanciarse con la “parte humana” de uno de los grandes hombres de la Patria. La mímesis -perfecta, exquisita y contundente- del gran Enrique Muiño con el perfil del prócer, confirmó aquél contorno acuñado de tantos retratos escolares. Se sumaron Ángel Magaña como Dominguito, un gran Orestes Caviglia como un no menos exacto Bartolomé Mitre y hasta la eterna madre del cine argentino María Esther Buschiazzo como, no podía ser de otro modo, Doña Paula Albarracín. Tuvo todos los premios, comenzando con el fervor del público en el cine Ambassador de la calle Lavalle que quería “ver a Sarmiento”, ese que tanto había gravitado en el imaginario de su niñez. El film tuvo su estreno en una función a beneficio de los damnificados por el terremoto de San Juan a la que concurrió el presidente Farrell y estuvo veinte semanas en cartel. Ya había tenido lugar cuatro años antes el estreno de Huella, dirigida por Luis Moglia Barth, donde Hugo Mac Dougall y Manzi se basaron en un fragmento de Facundo, libro inaugural de la literatura argentina en la pluma de Sarmiento que sería revisitado con mayor o menor cercanía en diferentes retratos sobre su personaje central desde el primigenio cine mudo argentino.

Sarmiento personaje volvió al cine en 1949, gracias a el reflexivo perfil que le otorgó Juan Bono, esta vez en la no menos extraordinaria Almafuerte donde visitaba a un esforzado Pedro Bonifacio Palacios que delineó Narciso Ibánez Menta. Pero ya Sarmiento era un nombre repetido en Sucesos Argentinos en el reflejo del guardapolvo blanco de los actos escolares o en los viajes de la Fragata, como aquél a través del Río Paraná rumbo a Rosario para celebrar el Día de la Bandera en la emisión número 496 de 1948 o el Noticiario Panamericano con Por la ruta de Sarmiento de 1955. Pero Sarmiento continuaba siendo Enrique Muiño para el cine como confirmará su breve aparición en ese rol para Escuela de Campeones en una síntesis que rescataba los orígenes del deporte de balón pie cuando Sarmiento ocupaba el sillón de Rivadavia. Curiosidades del destino si La vida del gran Sarmiento, película sobre el guión de Bendahan de Vega, hubiese llegado a término el primer Sarmiento del cine quedaría asociado a Juan Bono, el primero que se acercó a ese rol trunco pero al que volverá además de Almafuerte en El grito sagrado, con la reconciliación con Mariquita Sánchez de Thompson, o en el exilio a Chile en El amor nunca muere, todas en la lente de Luis César Amadori.

El nuevo cine argentino, primero con Murúa y Torre Nilsson en los sesenta y luego con los jóvenes contemporáneos de hoy, realizará múltiples relecturas del tradicional “perfil sarmientino” desde 1420, la aventura de educar a Después de Sarmiento, haciendo foco en las virtudes y carencias del modelo educativo. Pero aún quedará un nuevo Sarmiento, el de un actor sanjuanino llamado Boy Segovia. En Sarmiento, un acto inolvidable vuelve a ser personaje, escapando de la fantasmagórica imagen final de 1888 y trasladarse como portero de una escuela para dejar limpio el patio en un juego que permite, una vez más, las cercanías y diferencias entre aquél pasado de próceres inmaculados y un presente donde todo entra en cuestión.

Pablo De Vita
Diario La Prensa, 11 de septiembre de 2020
El autor es crítico cinematográfico, profesor universitario y periodista cultural. Investigador del Instituto de Artes del Espectáculo de la UBA, integra el Museo del Cine y la comisión directiva del Centro PEN de Argentina. Es Académico de Número de la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación.

viernes, 19 de junio de 2020

Welles y compañía

Llegó el maestro Orson Welles, de la mano de La Marca Editora, pero no vino solo. Está muy bien acompañado por clásicos que se suman al catálogo de cine de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte.


Los libros de la colección "Biblioteca de la mirada" abarcan teoría y estética del arte en todas sus dimensiones: imagen, guión, fotografía, sonido, curaduría y comunicación. Todo de la mano de autores referentes en la academia y en la práctica de cada una de sus áreas.


Recordemos que la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, también gracias al Cineclub La Rosa, posee en su catálogo un amplio sector dedicado a libros de cine.