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lunes, 1 de agosto de 2016

¿Soy linda?

Celebramos las 200 funciones del Cineclub La Rosa con la primera proyección del ciclo dedicado a la alemana Doris Dörrie, en la que demuestra su talento en un fresco que tiene en un grupo heterogéneo de mujeres el motor de una historia de una vitalidad desbordante. Será el 10 de agosto a las 20:30 horas, en Austria 2154. Con entrada libre y colaboración voluntaria.


Miércoles 10 de agosto - 20:30 horas
¿SOY LINDA?
(¿Bin ich schön?, Alemania / España, 1998, color, 117 minutos)
Dirección: Doris Dörrie.
Guión: Doris Dörrie, Rolf Basedow y Ruth Stadler.
Fotografía: Theo Bierkens.
Montaje: Inez Regnier.
Música: Roman Bunka.
Elenco: Franka Potente, Steffen Wink, Anica Dobra, Iris Berben, Senta Berger, Gottfried John, Joachim Król, Heike Makatsch, Oliver Naegele, Otto Sander, Maria Schrader y Juan Diego Botto.


Un fresco con múltiples historias y personajes, que recorren el camino que va de la fría y eficiente Munich a los soleados, imprevisibles paisajes de Sevilla. Nadie como Doris Dörrie para hacer de un momento trágico un paso cómico y, al mismo tiempo, de la comedia una pequeña tragedia.

Desde Franka Potente hasta Maria Schrader, no falta nadie. El elenco parece un seleccionado del mejor cine alemán.


Si hay un elemento constitutivo de ¿Soy linda? es su permanente capacidad de sorpresa. Pero las sorpresas que maneja Dörrie no son producto de un efecto, de una manipulación calculada, sino más bien de la naturaleza abierta del material, de la posibilidad de que de un personaje salga espontáneamente otro, y de allí una vinculación con un tercero, hasta ir descubriendo, junto con la realizadora, que hay todo un mundo allí afuera, que merece ser filmado, en toda su perplejidad.

Como en casi toda su obra, los personajes centrales de ¿Soy linda? son mujeres. Ellas son el motor, la energía constante del film, empezando por Linda (Franka Potente, la protagonista de Corre, Lola, corre), que vagabundea por las rutas del sur de España haciéndose pasar por sordomuda. O Francisa (Anica Dobra), que acepta un matrimonio absurdo con tal de olvidar al hombre que ama verdaderamente. O Unna (la siempre gloriosa Senta Berger), que a pesar de su asumida convicción de gran burguesa nunca pudo olvidar el apasionado romance que vivió durante su juventud en Sevilla, con un alemán que se quedó allí para siempre (Otto Sander, uno de los ángeles caídos de Las alas del deseo) y que, como si quisiera dejar de crecer, se volvió amnésico.


Estos son sólo algunos de una galería casi interminable de personajes, entre los cuales no se puede dejar de mencionar al que compone el gran Gottfried John (ex Fassbinder troupe), un galán veterano, muy seguro de sí mismo y de cómo manejar a sus conquistas, hasta que su joven amante decide cortarse la venas en el impecable baño en suite del sacrosanto dormitorio conyugal. Allí, en ese episodio, que es uno de los mejores de un film lleno de hallazgos, se revela la singular capacidad de Dörrie –en esto, nadie como ella– para hacer de un momento trágico un paso cómico y, al mismo tiempo, de la comedia una pequeña tragedia, en la que nunca es ajeno el amor.

En estos feroces, desconcertantes cambios de tono –que son la marca del cine de Dörrie desde los tiempos de En la mitad del corazón (1983), su primer largo– está también el sistema narrativo de su obra, que funciona a pinceladas, como si fuera una serie de bocetos que no tienen la necesidad de ceñirse a una estructura dramática convencional. Así funcionaba ya, en parte, Nadie me quiere (1994), que el año pasado permitió redescubrir a Dörrie para el público argentino. Ahora ¿Soy linda? demuestra que la directora decidió levantar la apuesta, para contar en múltiples historias siempre una, la misma: aquella que dice que el corazón tiene razones que la razón desconoce".

Luciano Monteagudo
Diario Página/12, 5 de mayo de 2000


Temporada X / Función 200
Cineclub La Rosa
Austria 2154

jueves, 28 de julio de 2016

Ciclo "Doris Dörrie"

Segundo ciclo del año en el Cineclub La Rosa dedicado a una de las más importantes directoras alemanas, Doris Dörrie, con dos de sus películas más emblemáticas: ¿Soy linda? y Sabiduría garantizada. Como siempre, con entrada libre y colaboración voluntaria en Austria 2154.



Doris Dörrie nació el 26 de mayo de 1955 en Hannover, Alemania. Estudió en los Estados Unidos mientras se mantenía presentando películas en el Instituto Goethe de Nueva York, y en la UFF- Universidad de Televisión y Cine de Munich. 

Muchos de sus films se basan en sus propios guiones, que a su vez son adaptaciones de sus libros. Tiene publicados varios libros de cuentos, novelas cortas y siete libros infantiles.

Su especial mirada sobre los conflictos hombre-mujer y su reflexión sobre el yo, se dejan ver desde sus primeros films, siendo la directora alemana con mayor suceso de las últimas décadas. Una constante en su filmografía es la construcción de la propia identidad a través de la confrontación con culturas extrañas.

En ¿Soy linda? diversas mujeres comparten a la incomunicación como denominador común y  Sabiduría Garantizada muestra las peripecias de dos hermanos alemanes aburguesados en Tokio.

En 2001 incursiona en el teatro, dirigiendo en la Opera de Berlín Così fan tutte de Mozart en colaboración con Daniel Barenboim. A esta le siguieron en 2003 Turandot con Kent Pagano, en 2005 Madame Butterfly con David Stahl y Rigoletto con Zubin Mehta (su original adaptación sitúa la acción en El planeta de los simios), y en 2006 con la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo y la dirección de Ivor Bolton, La finta giardiniera (esta vez la adaptación sitúa la acción en un vivero, con una planta carnívora que evoca al film La tiendita del horror).



Miércoles 10 de agosto - 20:30 horas
¿SOY LINDA?
(¿Bin ich schön?, Alemania / España, 1998, color, 117 minutos)
Dirección: Doris Dörrie.
Elenco: Franka Potente, Steffen Wink, Anica Dobra, Iris Berben, Senta Berger, Gottfried John, Joachim Król, Heike Makatsch, Oliver Naegele, Otto Sander, Maria Schrader y Juan Diego Botto.

La película trata de 16 personas cuyos destinos se entrelazan. La historia tiene lugar en Munich y Sevilla. Las vidas de los personajes están marcadas por celos y aventuras amorosas, problemas matrimoniales y bodas, anhelos y deseos secretos. Lo que los personajes tienen en común son la tristeza y el anhelo de una vida diferente. No son capaces de desprenderse del pasado o lamentan la pérdida de una persona querida.

"Nadie como Doris Dörrie para hacer de un momento trágico un paso cómico y, al mismo tiempo, de la comedia una pequeña tragedia. Desde Franka Potente hasta Maria Schrader, no falta nadie. El elenco parece un seleccionado del mejor cine alemán" (Luciano Monteagudo, Página/12).


Miércoles 31 de agosto - 20:30 horas
SABIDURÍA GARANTIZADA
(Erleuchtung garantiert, Alemania, 1999, color, 109 minutos)
Dirección: Doris Dörrie.
Elenco: Uwe Ochsenknecht, Gustav-Peter Wöhler, Petra Zieser, Ulrike Kriener, Anica Dobra, Heiner Lauterbach

Gustav y Uwe son dos hermanos y ambos están pasando una profunda crisis existencial. Gustav, experto en feng shui, desea vivir en un templo Zen dispuesto a encontrar la paz interior. Destrozado tras la separación con su mujer, Uwe decide acompañarle a su hermano a Japón para olvidar sus malas experiencias...

lunes, 17 de enero de 2011

El muerto que canta

Con motivo de la proyección de Vidriera Hitchcock (viernes 21 de enero a las 20 horas), rescatamos este artículo escrito por Rodrigo Fresán para el diario Página/12 un día como hoy, pero de 1999...


Parte John Lennon, parte Syd Barret, parte Bob Dylan, parte Ray Davies completamente Robyn Hitchcock... Este músico de músicos era, hasta hace poco, un saludable fenómeno de culto. En el nuevo film de Jonathan El silencio de los inocentes Demme amenaza con volverlo un poquito más famoso. Pero no hay que preocuparse demasiado: pocas probabilidades de que un tipo que escribe canciones sobre el cáncer y lobotomías le gane a Celine Dion.

En el film Storefront Hitchcock -saludable retorno de Jonathan Demme al documental rock de ideas luego de su celebrado Stop Making Sense junto a los Talking Heads allá lejos y hace tiempo-, el músico inglés aparece, con la indolencia de un maniquí animado, instalado en la vidriera de un negocio de la calle 14 de New York, acompañado por una guitarra, hablando, cantando, guardando silencio, volviendo a hablar. Diciendo cosas como: “Esta es una de las canciones más alegres que he escrito. Se llama ‘The Yip Song’ y trata sobre la muerte de mi padre. Era pintor y novelista. Murió de cáncer”. Y entonces el músico inglés arranca con ganas y una sonrisa. Y, de acuerdo, es una melodía saltarina y feliz por más que los versos digan y canten cosas como “La septicemia siempre vence / Límpianos ahora con tu mueca sanadora / En coma por arriba, en coma por abajo / La sangre es preciosa, ¿sí o no? / Yo creo en la cirugía, eso es un hecho / Creo en hacerla fácil / Creo en la cirugía, pero nunca actúo / Creo en hacerla fácil / Este viejo, ya se fue; ya se fue y lo siento tanto”. Adentro, en el pequeño set que ha armado Demme, el público -escondido- sigue el ritmo entusiasmado; afuera alguien pone su cara contra el vidrio para ver qué es lo que está pasando ahí adentro. Y están pasando muchas cosas. Conozcan a Robyn Hitchcock.

EL TEMA
Ya se dijo: el tema favorito de Robyn Hitchcock -tema de sus canciones, tema de conversación, tema de lo que sea- es LA MUERTE. Con mayúsculas. A no confundirse: no el miedo a la muerte o a morir. LA MUERTE. Y punto. Final. Y principio. Desde el principio -desde principios de los 70- fue así, desde sus años liderando la banda psicodélica y underground inglesa. The Soft Boys. Tres álbumes imprescindibles de lo que hoy es considerado, para el nuevo brit-pop, lo que The Velvet Underground fue para la música de garaje norteamericana. A Can of Bees (1979), el magistral Underwater Moonlight (1980), Invisible Hits (1983), y The Soft Boys 1976-81, recopilación de grandes éxitos y rarezas. Ahí, ya aparecen canciones como “A Sandra le están extirpando su cerebro” o “Sólo las piedras permanecen”. Más tarde, solista o en banda, otros títulos terminales: “Nunca dejes de sangrar”, “Cuando yo estaba muerto”, “Entonces eres polvo”, “¿Dónde vas cuando te mueres?”, “Mi esposa y mi esposa muerta”, “Devorada por su propia cena”, “Hágase más oscuridad”, “Señor Mortal”, “Una calavera, un portafolios, y una larga botella roja de vino”, “Quita tu cuchillo de mi espalda”, “Suena formidable estar muerto”. Pero, atención, la música de Hitchcock no es depresiva ni deprimente. Todo lo contrario. Suenan, sí, formidables estas canciones sobre estar muerto. Música que -por atemporal- difícil que se ponga de moda. Allí adentro conviven el primer Pink Floyd de Syd Barret, los últimos Beatles de John Lennon, el Bob Dylan con perpetua visión de futuro y la nostalgia progresista de Ray “The Kinks” Davies. Surrealismo realista. Y, antes que nada y después de todo, la idea sustantiva de que todos nos vamos a morir. Temprano o tarde. “Mi música no está diseñada para los niños. Está diseñada para adultos como niños. Y en cuanto a mi obsesión con la muerte... Es la única cosa de la que nunca podrás escaparte y, al mismo tiempo, la única cosa que nunca llegaremos a conocer bien. La clase de regalo de Navidad que nadie quiere abrir para averiguar que hay ahí adentro. Otros, en cambio, no pueden esperar a arrancarle el papel y ver de qué se trata. Así de fascinante y intimidante es el asunto. Así que no puedo pensar en algo que sea más atractivo que la muerte. Todas las religiones se concentran en la muerte. Y, por supuesto, la muerte mientras estamos vivos es la forma en que nos relacionamos con nuestras inseguridades. Uno no necesita de la religión cuando es joven porque tiene a sus padres. Pero entonces uno crece y empieza a prestarle atención, y tal vez reconciliarse, con la idea de que quizá nuestra vida termine de golpe, en el próximo minuto. Por eso, lo mío es la muerte. Y el tiempo. Y el sexo. Tenemos la muerte y, por lo tanto, tenemos que ocuparnos de reemplazarnos a nosotros mismos. Si no existiera la muerte, probablemente no existiría el sexo. Por eso el sexo siempre está ahí. Va a ser lo último en irse. La gente va a estar fornicando durante el fin del mundo. Bien por ellos. Tomamosa la ley de la gravedad como un hecho y el hambre y la empatía y la pasta de dientes. En cambio yo, que soy una persona básicamente insegura de todo salvo de mis propios apetitos y mi propia muerte, tal vez me las arregle para irradiar eso en mis canciones. Mi obra es, por lo tanto, discretamente corrosiva. Muy despacio yo voy carcomiendo la estructura del mundo tal como se lo conoce y se lo acepta. Es mi pequeño grano de arena para descubrir qué es lo que hay debajo de toda esa arena.”


LA CANCION
La canción más representativa -su canción favorita, además- de Robyn Hitchcock se llama “Airscape”. Aparece en Element of Light -luminoso opus 1986 de R.H. junto a su banda The Egyptians- y es la puesta en letra y música de una epifanía o satori o lo que ustedes prefieran. La sentida descripción de la playa de la Isla de Wight. “La isla con forma de diamante de la que vengo yo”, explica Hitchcock en uno de los monólogos introductorios a sus canciones que constituyen buena parte del atractivo de Hitchcok en vivo (del mismo modo que los libritos de sus compacts se ven siempre enaltecidos por sus cuadros, dibujos y cuentos) que el reciente compact Storefront Hitchcock: Music from the Jonathan Demme Movie ha convertido en algo portátil y posible a la vez que demuestra la necesidad de registros live para la justa apreciación de los méritos de un artista.

“‘Airscape’ trata sobre las playas de esa isla donde quiero que se esparzan mis cenizas cuando yo muera. Mi lugar favorito en el mundo y el sitio a donde he estado yendo todos los veranos a lo largo de mi vida. Allí puedo sentir el paso del tiempo como algo palpable. Puedo verlo en los acantilados, en las diferentes capas de roca como si se tratara de una torta gigante que se ha venido cocinando a lo largo de millones de años. Siglos y siglos de acumulación de tierra y polvo y arena. Uno puede medir lo infinito en esa playa y el modo en que tu pequeña y humilde existencia puede llegar a modificarlo o no. Cada año camino por esa playa, un poco más viejo y un poco más gordo... y la cuestión es que la arena también erosiona. El suelo es muy blando allí, se deshace y la playa pierde unos metros más y el océano avanza. Así que nada me cuesta imaginarme, cuando miro mar adentro, que por ahí solían caminar las personas, personas que ahora no son más que fantasmas caminando sobre médanos fantasmas cubiertos por las olas.”

LA FELICIDAD
Lo que no implica que Robyn Hitchcock no sea un tipo feliz y que sus canciones -ya se lo dijo, no importa que traten del cáncer de su padre- no sean felices. Claro que la felicidad de Hitchcock no es ja ja ja ja sino -diferencia fundamental- je je je je. La felicidad de Hitchcock pasó por sitios diferentes y pocos frecuentados en el rock de siempre y de aquí y ahora. Aun así, señas particulares reconocibles: unavoz nasal en el centro exacto entre Lennon y Dylan, melodías cristalinas que pueden remitir a The Byrds pero, también, a cierto desaforado burlesque inglés del Soho. El tipo de música que le gustaba a Jack el Destripador pero también a Sherlock Holmes, seguro. Hitchcock se sabe antiguo pero no anticuado. Mejor proustiano, como Ray Davies. Y la coherencia y solidez de una línea de conducta le alcanza y le sobra para llevar un buen pasar y la vida sin tensiones de un saludable fenómeno de culto admirado por una estable legión de fans, buena parte de la crítica y hasta bandas com R.E.M. que -sintiéndose en deuda- consistió en funcionarle como músicos de sesión a la altura de 1991 y Perspex Island, uno de los mejores trabajos de Hitchcock. Pero lo viejo de Hitchcock y lo nuevo de Hitchcock no ofrece muchos cambios. Hitchcock siempre es bueno.

“Nunca trato de hacer algo nuevo. Ni siquiera escucho mucha música nueva y mi ropa sigue siendo del tipo que usaba y se usaba en los 60. Es gracioso, supongo que estoy pagando el precio de haber sido un adicto terminal a la moda durante mi adolescencia. Ahora permanezco detenido en el pasado. No tengo complicaciones y tampoco soy uno de esos iracundos a destiempo. Me divierto. Pienso en todo lo que admiro a Dylan pero también pienso en cómo destruyó la diversión trayendo tanta furia a la música popular. No sé, miro mi colección de discos y pienso que me gustaría escuchar un poco de música que no fuera tan enojada. Así están las cosas ahora, de Dylan a Radiohead. Prefiero un poco de soul o las canciones de Cole Porter. Algo que no esté tan teñido de malevolencia. De acuerdo, alguien tenía que hacerlo, pero la música pop blanca nunca se repuso de toda esa furia liberada por Bob. Y a mí me cuesta tanto enojarme.”


LA MELANCOLIA
Pero a Hitchcock poco y nada le cuesta ponerse melancólico entendiendo a la melancolía como una de las Bellas Artes, aquello que hace al hombre superior al resto del reino animal exceptuando a los siempre melancólicos cuadrúpedos de Disney. Pero es poco probable que los estudios de Mickey Mouse le encarguen canción a Hitchcock. Para eso está Elton John quien, seguro, le arrancó para siempre la oportunidad a Hitchcock de pergeñar sentido réquiem-pop sobre Lady Di. Algo sobre hierros retorcidos y princesa en fuga y noches y estrellas y morir en París. La melancolía en Hitchcock no es la melancolía de Lennon a la altura de “In My Life”, pero sí la de “A Day in the Life”. La melancolía en Hitchcock no es el reproche clasista de Ray Davis en Arthur pero si la cariñosa elegía por un pasado irrecuperable del mismo músico a la altura Village Green Preservation Society.

Cuatro álbumes solistas configuran la indispensable Tetralogía Hitchcock de Decadencia, Muerte y Regeneración: I Often Dream of Trains (1984), Eye (1990), You and Oblivion (1995), y Moss Elixir (1996). Allí -lejos de su banda y de casi todo- Hitchcock canta sobre trenes que ya no corren, edificios que ya no están, los deseos de haber sido una linda chica, la luz sacra de las catedrales y los ventanales de los hoteles, la buena conducta de los ojos y la mala disciplina de ciertas miradas, los atardeceres en las novelas de Raymond Chandler y las noches en los cuadros de De Chirico, la vertiginosa lentitud del amor y la velocidad inerte de las cosas. Quienes no quieran arriesgar tanto de golpe y prefieran una suerte de menú degustación con un poquito de todo, ahí está el práctico y antológico nunca-grandes éxitos que es Uncorrected Personality Traits: The Robyn Hitchcock Collection o se puede pasear sin prisa por su web-site oficial The Museum of Robyn Hitchcock donde -a la altura del guardarropa- se nos informa que nuestro héroe fue “concebido en Estocolmo, 1952, para nacer al año siguiente en Paddington, Londres”, se nos advierte que el museo todavía está en construcción, que todos los visitantes son bienvenidos y que la historia continúa.

LA PELICULA
O, también, buscar y encontrar Storefront Hitchcock en su disquería amiga. En CD y en vinilo. Porque son dos álbumes diferentes. El primero es simple pero complejo. El segundo es doble y obedece a la necesidad confesa de Hitchcock de que “desde el Blonde on Blonde de Dylan que tengo ganas de tener mi propio disco doble”. Los dos -juntos o por separado- ponen de manifiesto aquello que el músico siempre dijo: “Para mí tocar mis canciones en vivo es un poco como soñar en público con los ojos bien abiertos”. Y ahora todo eso -los cangrejos, los tomates, los dioses egipcios, los sapos, las enfermedades, las avispas, los amores malditos y la bendición del sexo- están en la película de Jonathan Demme. El director -fan de siempre- y el músico se conocieron en un show y se hicieron amigos. Rápido. “Nunca me habían ofrecido hacer una película”, dice Hitchcock, “Así que me pareció que lo más educado era aceptar”. La puesta de Storefront Hitchcock es engañosamente sencilla pero casi brutalmente reveladora: un músico con guitarra eléctrica o acústica en la vidriera de un negocio cantando a solas -a veces acompañado por otra guitarra o un violín-, un frente a cuatro cámaras y un público invisible. A veces de día, otras de noche. Los contrapuntos visuales a las canciones son contados pero decisivos: una lamparita, las fechas de nacimiento y muerte del padre de Hitchcock. Hay clásicos como su “Glass Hotel” o el “The Wind Cries Mary” de Hendrix, pero también novedades compuestas a medida: “1974” -el año en que Hitchcock empezó a tocar profesionalmente en los pubs de Cambridge- es una obra maestra instantánea donde se habla de la época “donde todo se detuvo, el año en que la revolución alcanzó la inercia”, o el aguerrido “Let’s Go Thundering” o antiguos susurros como “I’m Only You” donde una sentida canción de amor divino es presentada con un monólogo anticlerical donde insiste en ser “una persona eminentemente espiritual. Creo firmemente en Dios. Pero la manipulación ejercida por la religión organizada siempre me pareció algo peligrosamente cercano a la pornografía”. Allí, más adelante, canta y dice: “Soy un espejo rajado de lado a lado” y, a la altura del estribillo: “A veces cuando estoy solo nena, soy nada más que tú”. De eso se trata y de eso trata el mundo según Robyn Hitchcock. La posibilidad de no dejar de ser uno mismo para, primero, intentar convertirse en aquello que más se ama. Una vez conseguido esto, el cielo o el infierno son el límite. Muchos -el psicodélico Syd Barret devenido carné de electroshock- se pierden por el camino o, en el mejor de los casos, terminan haciendo el ridículo. Lo raro, lo que lo vuelve imprescindible, es que este músico nombre de bandido justiciero y apellido de siniestro director de cine se mueve con gracia, no pierde el equilibrio, canta sus sueños, sin que eso lo prive de cerrar el negocio -puede oírse en el compact antes del final- con una conversación donde Hitchcock se pregunta de dónde habrá salido ese pelo en su comida kosher. Lo que, seguramente, no demorará en inspirar alguna canción sobre los pelos, las playas, los muertos, el todo y la nada.

Esas cosas.
 
Rodrigo Fresán
Radar, Diario Página/12, 17 de enero de 1999

miércoles, 30 de junio de 2010

Los mercaderes y el templo

Algunos lo critican por sensacionalista, otros por manipulador, otros por simplista, pero lo cierto es que Michael Moore parece haberse convertido en el radiólogo más humano de su país: la violencia en Bowling for Columbine, la mentira política en Fahrenheit 9/11, el desamparo estatal en Sicko. Tras la explosión de la burbuja inmobiliaria y el crac del sistema financiero, estrena Capitalismo: una historia de amor, un documental que retoma lo mejor de su obra y vuelve al escenario de su primer documental.


Por Hugo Salas

Desde el estreno de su primera película, Roger & Me, en 1989, Michael Moore se convirtió en un referente indudable dentro del universo cinematográfico, lo que incluso llevó a que se intentara sumarlo a la industria del entretenimiento con la serie televisiva The Awful Truth, 24 desiguales episodios emitidos entre 1999 y 2000. El éxito comercial de Bowling for Columbine (2002), totalmente desusado para los parámetros de un cine que podríamos llamar “documental”, no tardó en granjearle tanto entusiastas como detractores. Mientras que algunos lo consideran un activista decidido, valiente e incluso uno de los pocos representantes del periodismo independiente dentro de los Estados Unidos, capaz de llegar a grandes segmentos de la población, muchos críticos y colegas lo tildan –palabras más, palabras menos– de payaso egocéntrico capaz de distorsionar la verdad sólo para ajustarse a su discurso activista, al tiempo que otro grupo, más sofisticado, lo acusa de ingenuidad ideológica y voluntarismo político.

La incomodidad que supo generar en el público estadounidense con Fahrenheit 9/11 (2004), sobre las consecuencias e implicancias políticas de la célebre serie de atentados, en un momento en que ese público –en su gran mayoría– no estaba muy dispuesto a discutir tales temas, no se vio para nada aliviada por el tratamiento ciertamente hiperbólico y en ocasiones falaz que dio en Sicko (2007) a la problemática del sistema de salud y su relación con las industrias farmacológicas y de seguros. Tal vez esto explique por qué su película siguiente, Captain Mike across America (2007), sobre la creciente conciencia política entre los jóvenes universitarios, no tuvo siquiera estreno comercial en nuestro país.

En efecto, hizo falta la gran crisis del sistema financiero y el negociado de las hipotecas para que Moore volviera a lo mejor de Roger & Me, dejando de lado la preocupación por el impacto que sesgara su producción desde Bowling for Columbine. Sin renunciar al sentido del humor paródico y la protesta del solitario hombrecito enojado que han constituido desde siempre su sello distintivo, Capitalismo: una historia de amor (2009) lo muestra en su mejor faceta, una que obliga a analizar nuevamente el sentido de su cine en la industria contemporánea.

Desde sus primeras imágenes, la película parte de una idea que probablemente irrite a los pensamientos más sutiles: el paralelismo entre el Imperio Romano y la actualidad política de Estados Unidos. Se trata, sin duda, de una visión peregrina que hace flaca justicia a la historia, pero a decir verdad tampoco se la toma demasiado en serio, como lo prueba el empleo del absurdo en el montaje paralelo que propone entre la película pedagógica sobre historia antigua y las imágenes periodísticas de hoy. El sentido de la secuencia, en realidad, no parece ser el de ilustrar una idea (como sí se hará con otras más adelante) sino meramente hacer reír, permitirse un chiste, establecer un lazo de comunicación y complicidad con el espectador.

Este, como tantos otros procedimientos, forma parte del repertorio que le ha valido al director el mote de “manipulador” entre los partidarios de un purismo documentalista según el cual estas imágenes deben dejar ver al espectador “por su propia cuenta” algo que se materializaría ante su mirada en la transparencia misma de la realidad capturada por la cámara (idea que comparten con cierto realismo ampliamente extendido en el ámbito cinematográfico). Créase o no, entre quienes esto sostienen se cuentan también quienes lo acusan de “ingenuo” en su pensamiento político, por pretender (como lo ha hecho siempre) deslindar la democracia, en tanto sistema político, del capitalismo; de allí, dicen, el sesgo individualista y liberal de su cine. Una y otra imputación, sin embargo, parten de un error fundamental: suponer que Moore hace cine documental, un cine que sólo pretenda acercar al espectador una visión analítica y como mucho bienintencionada del mundo.

A decir verdad, después de más de 20 años de carrera, el señor merece algo más que el beneficio de la duda. De hecho, su modelo no es siquiera fácilmente transferible a otras realidades, contextos ni propósitos que aquellos para los que fuera ideado. Ocurre que, antes que “documental”, entendiendo por ello una expresión que meramente registra y da cuenta, la producción de Moore se alinea directa y decididamente en el campo del cine político, y quizá sea uno de los pocos continuadores, en la actualidad, del cine de agitación y propaganda tan extendido durante fines de los años ’60 y la década de los ’70, de Francia (con los prestigiosos Cinétracts y el emblemático grupo Dziga Vertov de Godard-Gorin) a la Argentina (con La hora de los hornos, Los traidores y Operación Masacre).

Al igual que en sus célebres predecesores, Moore parte de análisis sesgados y voluntariamente parciales de la realidad para llegar a consignas que provoquen la reacción y la acción política directa del público. Esto resulta palmario en el final de Capitalismo..., donde luego de una de las clásicas intervenciones solitarias de Moore (que rodea algunas de las principales instituciones financieras de Wall Street con la conocida faja de escena del crimen y les grita por megáfono a sus directivos que se entreguen), su voz en off dice directamente a los espectadores, como grupo, que ya está cansado de hacer estas cosas solo y les pide que se le sumen, y que por favor lo hagan rápido. Desde ya, este llamamiento puede parecer tibio o pequeño al lado del fuego purificador de la revolución que se reclamaba en los ’70, pero cabe reconocer también que mientras aquel cine le hablaba a una sociedad donde la insurrección civil y la acción directa eran realidades vivas y palpables, hace ya dos décadas que Moore viene intentando hacer agitación y propaganda con el cine en el lugar menos pensado, en el marco de una sociedad donde la noción misma de desobediencia civil llegó a igualarse en la complicidad con el terrorismo.

Es cierto: su modelo de “cineasta solo contra el mundo” está imbuido de individualismo liberal de la cabeza a los pies, y sus análisis –a veces inmediatos y palpables– evitan las grandes complejidades macroestructurales de los problemas que plantea. Pero antes de tildarlo meramente de ingenuo conviene hacerse una pregunta: ¿era posible otro modelo de cine político en Estados Unidos? Si su intención no era, como suele ocurrir muchas veces, hablarles a los ya convencidos, ni ilustrar sobre las ventajas de otro modelo de vida a quienes tenían en su poder los muy escasos carnets del Partido Socialista estadounidense, sino antes bien sumar, convencer, persuadir a un público probablemente manipulado por otro discurso ideológico... ¿tan ingenuos resultan los procedimientos destinados a generar empatía, complicidad e identificación?

Por otra parte, queda analizar la base de su discurso actual. Durante sus dos horas de duración, Capitalismo... en efecto deslinda la noción de democracia del sistema capitalista, tal como es entendido en la actualidad (como capitalismo financiero); incluso llega a decir que el gran capital funciona como una mafia que ha suplantado al Estado, para ligar entonces la idea de una verdadera democracia a los propósitos del estado de bienestar, tal como fuera entendido y presentado en los discursos de Roosevelt (trabajo, salario digno, vivienda, salud, educación y jubilaciones), permitiéndose incluso señalar, a raíz de la candidatura de Obama y el miedo que los medios intentaron instalar, que los estadounidenses pobres –muchos más que los ricos– ya no parecen tenerle tanto miedo a la palabra “socialismo”, como así también el re-surgimiento del cooperativismo como modelo de producción. Es verdad, no llama a la revolución bolchevique, la destrucción de la propiedad privada de los medios de producción, la reforma agraria, ni la constitución de los soviets; pero, a decir verdad, no hay muchas izquierdas, en ningún lugar del mundo, que alienten lejos de la retórica partidaria programas más extremos que éste, y mucho menos en Estados Unidos.

En el medio de este alegato, Moore no vacila en destruir la sólida ligadura entre el discurso cristiano y el capitalismo que se construyera durante la administración Bush, y para eso trae a su película al discurso religioso, con curas de cuerpo presente señalando que otra organización económica es posible y que el capitalismo es moral y cristianamente condenable. Es más: con un obispo dando la eucaristía a los trabajadores en una fábrica tomada. ¿Debemos inferir de ello que Moore es un gordo ingenuote estadounidense y además un chupacirios, traidor de la clase obrera que pretende sumergirla en el opio por antonomasia? ¿O que se trata de un activista que, reconociendo la influencia del discurso religioso sobre aquellas personas a las que trata de convencer, en vez de desestimarlo, recurre a él? Desde ya, su propuesta no queda exenta de los debates éticos que subyacen a la acción política, pero merece mayor análisis que la condescendencia desde el debate de café.

Publicado en el suplemento Radar, Página/12, domingo 13 de junio de 2010

miércoles, 10 de marzo de 2010

Ciclo homenaje a Teo Kofman

Comienza la Temporada 2010 del Cineclub La Rosa con dos funciones en homenaje al director argentino Teo Kofman. Proyectaremos su premiada ópera prima, Perros de la noche, presentada por el autor de la novela, Enrique Medina, y luego Adiós a los niños, de Louis Malle, en 16 mm junto al Cineclub Dynamo y con el auspicio de la Embajada de Francia.

(Foto gentileza José María Marcos)

Teo Kofman fue director, director asistente y docente. Y una gran persona que supo transmitir siempre no sólo sus conocimientos cinematográficos, sino también sinceridad, afecto y amistad, que se tradujo en la enorme pena que causó en el medio y en todos los que lo conocimos su temprana e inesperada pérdida.

Asistente en infinidad de largos nacionales, luego de un largo proceso de búsqueda de financiación, en 1986 llegó a estrenar su ópera prima, Perros de la noche, basada en la novela homónima de Enrique Medina, quien la presentará en el Cineclub La Rosa, Austria 2154, el viernes 9 de abril a las 20 horas.

Para completar el ciclo, el sábado 10 a las 20 veremos fragmentos de una entrevista a Teo Kofman junto al largometraje Adiós a los niños, de Louis Malle, uno de los directores que Kofman siempre mencionaba como referente, y en particular esta sutil historia de la Segunda Guerra Mundial. Será proyectada en 16 mm, en una función conjunta con el Cineclub Dynamo bajo el auspicio de la Embajada de Francia.

Junto a Osvaldo Pugliese

Teo Kofman
Nacido el 3 de diciembre de 1940 en Mar del Plata, fue criado en La Paternal, junto a su querido Argentinos Jrs.

Licenciado en Artes Audiovisuales de la Universidad Nacional de La Plata, Plata, a su extensa trayectoria en la industria cinematográfica sumó su larga carrera docente. Fue titular de Diseño Audiovisual III en la Carrera de Imagen y Sonido de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA, donde posteriormente se desarrolló como Investigador. Trabajó además como profesor en la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica del INCAA y en otras instituciones privadas.

Entre sus trabajos como director pueden citarse Perros de la noche (1986), Los corruptores (1987, co-producción entre Argentina y Brasil), un largometraje con Julio Bocca (no estrenado), la miniserie El jardín de los infiernos (Canal 9) y el cortometraje, Ricardo Feliu... de aquí y de allá (2009).

Recibió el Premio Nacional por el libro cinematográfico (producción 1983-1986), otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación, dependiente del Ministerio de Educación y Justicia; Cóndor de Plata al mejor guión adaptado, otorgado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina; Premio Argentores a la mejor obra en su género, otorgado por la Sociedad de Autores de la Argentina; y Premio Mutisia Dorada al mejor director, todos por Perros de la noche.

Como ayudante y asistente de dirección participó en diversos films: La boutique (estrenada en la Argentina con el título Las Pirañas), de Luis García Berlanga; Digan lo que digan, de Mario Camus; Turismo de carretera y La hora de María y el Pájaro de Oro, ambas de Rodolfo Kuhn; Paula contra la mitad más uno, de Néstor Paternostro; Los golpes bajos, de Mario Sábato; La Patagonia rebelde, de Héctor Olivera; Proceso a la infamia y La Isla, de Alejandro Doria; Sentimental, de Sergio Renán; MomentosSeñora de Nadie, de María Luisa Bemberg; y El exilio de Gardel, de Pino Solanas, entre otros.

En el área de investigación se destacan sus trabajos Historia del Cine Sonoro. Algunos aspectos económicos y culturales de la cinematografía argentina (Universidad Nacional de La Plata, 2002) e Introducción a la realización cinematográfica (INCCA, 2008). Falleció en Buenos Aires el 18 de noviembre de 2009.

martes, 3 de noviembre de 2009

Una pasión que sigue brillando en la noche

Reproducimos un artículo publicado hoy en el diario Página/12 en el cual se hace referencia a nuestro Cineclub, con declaraciones del director, Emiliano Penelas, y del diputado porteño Raúl Puy, quien a instancias nuestras presentó un proyecto de fomento a la actividad en la Legislatura porteña.



Proyectan en espacios poco convencionales, subsisten con el aporte de sus socios o la colaboración a la gorra. Pero a pesar de ser parte esencial del circuito cultural porteño, los cineclubes de la ciudad están legalmente a la intemperie.

Funcionan en casas tomadas, en habitaciones especialmente acondicionadas o en salas oficiales. Algunos proyectan películas de dudosa legalidad; otros preestrenan superproducciones. Sirven café, tortas, copas de vino. Cobran cuota mensual, bono contribución o simplemente pasan la gorra. Los hay especializados en clásicos, los hay vanguardistas. Antiguos reductos para entendidos, los cineclubes son un muestrario de emprendimientos que pugnan entre crisis y nuevos hábitos de consumo por diversificar la estancada variedad de oferta. “Buscamos formar un público que pueda romper con los hábitos audiovisuales adquiridos por la imposición del mercado cinematográfico estadounidense, y que pueda estar abierto a otras culturas poco difundidas”, señala Ernesto Flomenbaum, al mando del cineclub TEA, que ideó en 1988.

Sin embargo, pese a lo arraigados que están en el circuito cultural, resulta difícil establecer con exactitud cuántos de estos emprendimientos hay en Capital Federal. “Aparecen y desaparecen con gran velocidad, e incluso hay propuestas que no se asientan”, afirma el delegado de la regional Buenos Aires, una de las diez que conforman la Federación Argentina de Cineclubes (FACC), Carlos Müller, quien además programa sus propios ciclos en el cineclub Dynamo.

Siempre al margen de la parafernalia comercial y alejada de los parámetros de exhibición tradicional, este movimiento encuentra su génesis en 1928, cuando el entonces crítico León Klimovsky (décadas después también director y guionista) comenzó a idear lo que un año más tarde sería el Cine Club Buenos Aires. Desde la surrealista Un perro andaluz hasta los primeros dibujos animados de un por entonces ignoto Walt Disney, este espacio exhibió decenas de films destinados a ser clásicos. El proyector se apagó cuando culminó la temporada de 1931, y al año siguiente ya no se encendió. La calidad del material exhibido fue insuficiente ante la escasez de público y la falta de archivo propio.

Pero Klimovsky aprendió (y aprehendió) la lección y dedicó los años posteriores a coleccionar films y a pensar una ingeniería financiera junto su nuevo socio, otro cinéfilo tanto o más apasionado que él, Elías Lapzesón. Los números cerraron en 1937 y fundaron el Cine Arte. Entre los miles de espectadores que concurrieron al cine Baby (hoy teatro ND/Ateneo) y luego a la sala Cine Arte –construida en 1941 gracias al éxito de las de 160 funciones proyectadas durante cuatro temporadas– estaba Salvador Sammaritano. La cinefilia de este quinceañero quedó huérfana cuando las salas comerciales y la economía indómita e impredecible de la posguerra provocaron que el binomio cerrara definitivamente su espacio en 1945.

Pasó menos de una década para que el vicio de aquel adolescente deviniera en profesión. En agosto de 1954, el entonces estudiante de abogacía encabezó un “núcleo de jóvenes amigos del cine”, tal como rezaba el programa, que alistó un viejo Kodascope y proyectó el film mudo La carreta, del norteamericano James Cruze. Era la primera función de las casi 7200 que tiene el Núcleo en su haber.

El Núcleo cuenta con el apoyo fundamental del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, que los domingos y martes le cede una sala del antiguo Gaumont –hoy Espacio Incaa Km 0– para sus ciclos de retrospectivas y preestrenos, respectivamente. “Nosotros subsistimos con la cuota de los socios. Si bien pagamos los impuestos cinematográficos y nos hacemos cargo de los gastos durante la función, el grueso del costo es el espacio”, explica Alejandro Sammaritano, director desde 2001, cuando su padre Salvador enfermó. Carlos Affur, mandamás del Buenos Aires Mon Amour (BAMA), comparte la visión de su colega: “El lugar es fundamental, te allana gran parte del camino”.

El siguiente escollo es la inversión y la futura rentabilidad, o no, del proyecto. Affur afirma que el acondicionamiento del departamento de San Telmo donde se instalaron hace un año les demandó entre 10 mil y 15 mil dólares, que lentamente recuperan con el bono contribución que cobran en cada función.

Sin embargo, el riesgo económico podría reducirse si la Legislatura porteña diera luz verde al proyecto de ley presentado por el diputado de Diálogo por Buenos Aires, Raúl Puy, que contempla la creación de un Registro Unico de Cineclubes y el otorgamiento de un subsidio anual por un “valor similar a cinco remuneraciones mínimas del personal de planta permanente del Ministerio de Cultura”. Según el Centro Documental de Información y Archivo Legislativo (Cedom), esta iniciativa se presentó en octubre de 2008 y fue girada en noviembre a las comisiones de Cultura, y de Presupuesto, Hacienda, Administración Financiera y Política Tributaria, ya que implica la erogación de dinero por parte del Estado.

“Dentro del concepto macrista de la cultura será muy difícil que la traten”, vaticina Emiliano Penelas, asesor del funcionario y programador de los cineclubes La Rosa y de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en sintonía con el pensamiento de Puy: “Mi impresión es que no va a ser tratado en la actual Cámara. Creo que no le están dando la importancia que merece”, se queja el legislador. A dos meses de la renovación de las Cámaras y comisiones, aún descansa en Cultura.

“Ideamos este proyecto basándonos en la Ley de Protección y Fomento de Bibliotecas Populares”, agrega el también director de fotografía, en referencia a la normativa sancionada en 2006 y reglamentada un año después, que otorga a esos espacios autónomos una suma anual para la compra de material bibliográfico y desarrollo de actividades sociales.

El proyecto de Puy busca “la protección, el desarrollo y el fomento”, según reza su fundamento, pero deja de lado la forma y el contenido de las proyecciones, dos aspectos que conforman una tendencia que genera posiciones encontradas entre los miembros del movimiento: la exhibición de películas ilegales.

“El público sigue privilegiando ver cine en el cine antes que en un televisor o la computadora”, reflexiona el rosarino Alfredo Scaglia, presidente de la FACC y director del cineclub de su ciudad, cuando se lo consulta vía mail sobre la piratería. Amada por quienes no imaginan la divulgación del cine sin ella, odiada por los puristas que aún creen en la sublimación que produce una sala a oscuras, el fílmico y la inmensidad de la pantalla blanca donde repentinamente se dibuja una historia en movimiento, la descarga de películas de Internet es para todos una realidad latente.

Ante esa competencia, los cineclubistas coinciden en señalar la importancia del programador, cuyos criterios de elección le dan a cada espacio una impronta propia y distintiva. Desde el BAMA y su apuesta por las óperas primas que circulan por festivales hasta La Gomera y sus ciclos de animación y cine oriental, una programación lógica y coherente forja un séquito de seguidores incondicionales ávidos por una plusvalía que complemente la visión de una película. “El cineclub tiene una función cultural de difusión, discusión y enriquecimiento de la apreciación del cine dirigida al espectador común”, señala Flomenbaum. Pero esta diversificación es quizás utópica ante los infinitos vericuetos de la burocracia. Sin reconocimiento por parte del Instituto de Cine y desamparados ante la ausencia de un marco jurídico que organice y regularice la actividad, algunos sienten que esa falta de apoyo los ubica al margen de la ley.

“Queremos abastecernos de películas que no encuentran un lugar en la cartelera comercial, ser un lugar alternativo y no un espacio clandestino. Es importante lograr un reconocimiento, ya que así tenemos un crecimiento bastante acotado”, se quejan desde el BAMA. Para el delegado porteño de la FACC, Carlos Müller, el mayor problema no es la subsistencia sino “la dificultad para asentar el movimiento y para saber cuáles son las reglas de la exhibición alternativa”. De allí que la Federación planee un encuentro en el inminente Festival de Mar del Plata, con varias entidades de todo el país. “Estamos analizando cómo podemos insertarnos en la ley de Cine. Tenemos que presentarle alguna propuesta interesante al Incaa para que nos considere. Estamos recorriendo un camino trabajoso, pero bien posible”, se esperanza el dirigente.

Sin embargo, hay muchos cineclubes que difícilmente consigan amparo bajo el paraguas judicial. Ejemplo paradigmático es un espacio que funciona en una casa tomada en Barracas. Allí, a cambio de una colaboración a voluntad, se ofrecen las películas que están en la cartelera comercial bajadas de Internet. El delegado porteño sabe que el Incaa difícilmente apoye una iniciativa semejante. “No le vamos a decir a un cineclub que queda afuera de la Federación. Todos los cineclubes son bienvenidos y tienen nuestro apoyo, pero no podemos pretender que la ley de Cine los incluya también a ellos –asegura Müller–. El Instituto tiene intereses con los distribuidores y exhibidores. Además, la entrada en el circuito legal implica el abono de un impuesto cinematográfico que no todos están dispuestos a hacer. Por eso pensamos en la categorización de las membresías, estableciendo una diferencia entre las plenas y las adherentes. La FACC no puede imponerles a nuestros miembros el cobro de una entrada mínima o que pasen determinada película”, concluye el programador del Dynamo.

Entre debates y discusiones internas, con los bolsillos vaciados de dinero pero cargados de voluntad, compartiendo café o vino, al aire libre o en salas comerciales, mientras existan películas que merezcan difusión, que disparen ideas y reflexiones, los proyectores seguirán imaginando verdades a 24 fotogramas por segundo.

Por Ezequiel Boetti
Diario Página/12, martes 3 de noviembre de 2009.