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domingo, 23 de mayo de 2021

Hasta siempre, Alfredo

Con profundo dolor comunicamos que este domingo 23 de mayo de 2021 ha fallecido a los 95 años Alfredo Li Gotti. Fanático, coleccionista y divulgador del cine, era padrino del Cineclub La Rosa. Su sentido del humor, bonhomía y generosidad serán sinónimos por siempre de su recuerdo. Nuestras condolencias a su familia. El documental sobre su vida, disponible en esta entrada. 

Un día Roberto Ángel Gómez escuchó hablar de un hombre que había construido un cine en el fondo de su casa. Que cada fin de semana proyectaba películas para sus amigos, y los amigos de sus amigos. Que coleccionaba películas en fílmico en diversos formatos desde el 9.5 hasta el 16mm, pasando por el 8mm y el Súper 8. Ese hombre era Alfredo Li Gotti, que hablaba de su "chifladura" por el cine desde que un tío le regaló un proyector cuando era chico.

Roberto decidió hacer un documental sobre él, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, y yo lo acompañé. Desde ese momento, y como suele pasar con este tipo de películas, la relación con Alfredo no fue nunca de "filmador a filmado" sino de amistad, cariño, felicidad por su amistad, su sincero afecto y generosidad permanente. 

“El cineclub enseña y forma al espectador”, nos decía en una entrevista en la que también hablaba de su colección cinematográfica de casi mil títulos y su amor por el cine europeo: "El que más me gusta es el italiano, todo el período neorrealista y también el Fellini de 8 ½ (1963) o Amarcord (1973). Al mismo tiempo admiro mucho el realismo poético francés de los años ’30 y ’40: Marcel Carné, Jean Renoir, Julien Duvivier"

Y puesto a elegir tres films, se inclinaba, además de  8 ½ por "Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica, y Les enfants du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de Marcel Carné, que es una conjunción de todas las artes, una gran película filmada durante la ocupación alemana".

La pasión que Alfredo ponía en ver y hablar de cine también estaba al momento de compartirlo, jamás se encerró en su colección ni puso sus pies sobre ella, sino que entendía que se completaba exhibiéndola en público, desde los chicos del barrio en su niñez hasta las más de quinientas funciones dadas en el mítico Cineclub Núcleo y los más de veinte años que lo hizo en su sala, en la que empeñó todo lo que tenía para construirla y disfrutarla. Ese espacio fue reconocido por la Legislatura porteña. “Aprenda cine viendo cine”, era el lema de su espacio, en la que colaboraba también su nieto Cristian García. 

"Una sala sin espectadores no es nada, no tiene vida. Siempre digo que soy muy egoísta, porque el primero que goza del espectáculo soy yo, quien lo brinda. Y así lo hice toda mi vida, porque me gusta ver cine rodeado de la gente, no me gusta verlas solo. Con público es otra cosa, se siente la calidez del espectador", decía Alfredo. En 2008 lo nombramos "Padrino" del Cineclub La Rosa. Una copia del cuadro que lo certifica está en nuestro salón, y otro en su sala "Félix Giuliodori".  

Entusiasta del canto lírico que supo practicar en su juventud, de la ópera y de Carlos Gardel, que lo llevó a viajar a varios festivales internacionales de cine, exhibiendo una gema de su colección: los cortometrajes en los que "El mudo" interpretó por primera vez "en film sonoro" y que Li Gotti atesoraba en su colección.

Alfredo había nacido hace 95 años. Vivió una vida plena, feliz, acompañado por su familia, por sus seres queridos, y por sus películas y proyectores, que también fueron un motor permanente, viendo cine hasta los últimos días. En algún lugar se reencontrará con María Esther, su incondicional compañera, para volver a proyectar la vida juntos. 

Emiliano Penelas

Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila

Hoy, Día del Cine Nacional, dejamos disponible el documental de Roberto A. Gómez sobre Li Gotti.

lunes, 15 de marzo de 2021

8 y 1/2: una lección de cine gracias al caos creativo de Fellini

El film, que acaba de regresar a las salas porteñas en una versión remasterizada en 4K, pudo haber sido protagonizado por Charles Chaplin o Laurence Olivier.


Con el retorno de las salas cinematográficas a la ciudad de Buenos Aires tuvo lugar también el regreso a las carteleras de Federico Fellini, uno de los nombres más importantes de la historia del cine de todos los tiempos. De aquél que redefinió para siempre al cine italiano y construyó un sueño onírico y fantástico que también cambió (o supo interpretar) la identidad de toda Italia. Porque, se sabe, ya no existirá Italia sin pensar en Fellini y tampoco podrá algún hecho grotesco en cualquier lugar del mundo, preso de surreal desmesura, no pensarse como “fellinesco”; aunque la parodia esconda en rigor la mirada pesimista del genio del cine italiano sobre la especie humana y, asimismo, un duro juicio moral sobre un cinismo cincelado en esas frívolas conductas.

Pero, ante todo, Fellini fue un director fiel a sí mismo, a sus constantes obsesivas, a sus anhelos artísticos, a sus experimentos visuales dotados de una singular poesía que escondían la mirada, que nunca dejó de ser, del pequeño provinciano deslumbrado con la gran ciudad. Remitirse a su cine es, automáticamente, evocar títulos y momentos que se confunden con la propia vida hasta convertirse en una marca indeleble. Para los más jóvenes, lejos de la cinefilia nostálgica, resulta una experiencia visual y de descubrimiento de los sentidos que, en muchos casos, promediando el medio siglo de vida de sus grandes trabajos, siguen deslumbrando con su intensa modernidad.

Allí se ubica también 8 ½, presente en la cartelera en una copia impecablemente remasterizada y que tuvo el mejor promedio de espectadores de todas las actualmente en cartel y permite el doble regocijo del retorno al cine y con un título a la medida de la pantalla grande y de la leyenda de la sala a oscuras. Tal como sucedió en un lejano 15 de febrero de 1963, en Roma, y como recordaba el no menos memorable guionista Césare Zavattini sobre su primera proyección en la salita de la productora Titanus: “...después llegó Patti, después Moravia y un minuto más tarde Pasolini, pero la luz ya se había apagado y en la pantalla aparecía sobre fondo negrísimo el título muy blanco del film de Fellini. No me aparté más, ni un milímetro siquiera. La cosa transcurría como si fuera una premiere de Chaplin. La gran sombra de Carlos Emilio Gadda pasó delante mío sustrayéndome un fotograma. Las primera imágenes fueron cosas jamás vistas: un atascamiento de autos en la Puerta Pinciana, y las caras de la gente constreñida a mirarse en la tregua desde detrás de las ventanillas, estaban esculpidas monumentalmente en el silencio”. Así fue la primera proyección privada del hoy fundamental título del cine para aquellos privilegiados espectadores.

Para Fellini, 8 ½ representaba el exorcismo de la brutal crisis creativa luego del rotundo suceso de La dolce vita, el film que nadie había querido producir y que luego produjo ganancias millonarias junto a un éxito arrollador. De allí el título, porque antes de esta película Fellini había dirigido siete películas y parte de otras realizaciones colectivas, y había decidido narrar su conflicto como creador metaforizado en el perfil de Guido Anselmi, el director de la ficción encarnado –como no podía ser de otra manera– por Marcello Mastroianni.

Desde entonces, críticos, estudiosos e investigadores han tratado de enunciar aquello que para el propio director fue imposible de explicar: dónde comienza la autobiografía y termina la fantasía, o viceversa. Una película que encierra otra película y es “la construcción en abismo”, según el teórico Christian Metz o “un complejo sistema de capas superpuestas”, de acuerdo al juicio de Angel Quintana. En cambio, lo que sí puede reconstruirse es la desmesura, los pasos caóticos, la búsqueda intuitiva desde la cual Fellini comenzaba a gestar una película y que, en este caso, incluyó a Laurence Olivier como el rostro de aquél director extraviado.

Fueron meses de viajes a Londres, llamados y contactos. Y un buen día, tal como había ocurrido con la primigenia idea de convocar a Charles Chaplin para el mismo papel, todo se desvaneció. Como en muchas de las convulsionadas instancias de sus otros filmes, nunca se sabrá a ciencia cierta en 8 ½ si Laurence Olivier se negó o Fellini se desilusionó. O a fin de cuentas, como también se debatió en su época, si sólo buscó perder tiempo hasta poder redondar la idea de la película mientras era perseguido, como siempre, por sus productores. Para Mastroianni la explicación fue más sencilla: “El motivo fue que se dio cuenta de que Olivier le venía grande como actor, y que iba a ser difícil que le diera lo que él quería; sencillamente era demasiado distinto de Federico. Yo me parecía mucho más a él: soy católico, débil, antihéroe...”.

Con todo listo y sólo un somero horizonte descriptivo del personaje comenzaron innumerables escrituras del guion, elaborado por Fellini, Ennio Flaiano, su colaborador Brunello Rondi y Tullio Pinelli, que sugirió el título La bella confusione. Ya con varias versiones, una pensión romana en la periferia de la ciudad brindó el aislamiento necesario para que Fellini y Pinelli elaboraran una versión cercana al original y que, en rigor, sólo llegó a manos de Marcello Mastroianni para ser un elemento decorativo en la cotidianeidad de un set de filmación marcado por la creación libre. A todo el resto del elenco, sólo le llegaban –en el mejor de los casos– unas hojas sueltas con algunas líneas de diálogo pero que no permitían siquiera sospechar cuál era el devenir de la obra en su conjunto. Anota Deena Boyer en su libro 200 días con Fellini, la filmación de 8 ½, que fue solo en el último minuto que Fellini decidió hacer del personaje de Mastroianni un director de cine; poco antes había comenzado a escribir una carta al productor Rizzoli anunciándole su renuncia a un proyecto que, en rigor, ya lo esperaba con todo listo. La síntesis perfecta la explicaría Claudia Cardinale: “Federico me quería rubia, Luchino me quería morocha. Con Fellini uno no tenía guion, todo es improvisación. Cuando él rodaba, todos los actores venían a verlo porque él era magia. El plató era como un circo, las gente gritaba a sus teléfonos. Él no podía rodar sin ruido. Con Visconti, lo opuesto: como haciendo teatro. No podíamos decir una palabra. Todo era muy serio”, diría sobre su experiencia simultánea en los sets de filmación de Ocho y medio e El gatopardo.

El rodaje de Ocho y medio se inició el 9 de mayo de 1962 y culminó a comienzos de octubre de ese mismo año, pero el inicio fue con guardias de seguridad y un rodaje a puertas cerradas que permitiera tener a salvo la filmación de curiosos, periodistas y ocasionales visitantes. En las jornadas del mes de mayo se rodaron las escenas del cuarto de hotel de Guido, su baño, las escenas del comedor en el hotel de Carla y algunas escenas finalmente descartas en el primer montaje. El avance era meticuloso pero lento, cuidadoso del detalle hasta la exasperación pero también como reflejo de la permanente improvisación. La única constante fue la leyenda que pegó debajo de la cámara y donde podía leerse: “Recuerda que esta es una película cómica”.


De un rodaje sin curiosos, Fellini pasó a un set por el que desfiló toda Roma, e incluso encargó a su amigo Gideon Bachmann, un corresponsal de revistas norteamericanas el cual sabía Federico que se encontraba en apremios económicos, retratar con su cámara todo lo que ocurría tras bambalinas. Las tres mil fotografías dan cuenta de un rodaje que involucraba a los personajes más variopintos de la sociedad romana y a visitas que se daban todas las tardes con figuras de la alta sociedad italiana a directores como Joseph Losey o a estrellas absolutas como Sophia Loren. Esos retratos incluso permitieron a Bachmann reconstruir la escena final de 8 ½ que tuvo dos relatos posibles. De acuerdo al guion, Guido y Luisa (Anouk Aimée) se sientan en el coche comedor de un tren con destino a Roma y en un momento, Guido levanta la vista para darse cuenta de que todos sus personajes están allí, antes de entrar en un túnel. Luego se rodó otro final, alternativo, y que fue el elegido gracias a las recomendaciones del guionista Tullio Pinelli para tratar de dar un cierre que no fuese tan oscuro. El periodista también asistió junto a Fellini y Nino Rota al visionado del primer corte de la película, de cuatro horas de duración, y que –contrariamente a lo que se cree– fue filmado con sonido directo pese a los gritos, innumerables indicaciones, e incluso los cambios en los diálogos que luego Fellini introducía en la posproducción. Otras imágenes de 8 ½ pueden verse en la espléndida muestra El centenario de Fellini en el mundo, que puede verse actualmente en el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Dieciséis películas, un especial para TV y un ballet son la síntesis profesional de casi treinta años de amistad entre Fellini y Nino Rota, que significaron en el campo musical una presencia activa de la partitura como parte de la narración misma. Aunque Fellini explicara a Camilla Cederna que había en 8½ mucha menos música que la habitual: “Solo hay un motivo de Rota, que es una delicada marchita de circo ecuestre. Naturalmente, y con su acostumbrada gracia, Nino se ocupará de las uniones entre fragmento y fragmento, y también de muchas adaptaciones”. Empero, hoy resulta imposible pensar en 8½ sin la música que es, muy probablemente junto con las de La strada, La dolce vita y Amarcord, parte indivisible de la experiencia cinematográfica.

Sin embargo, el tema más famoso de fue compuesto para el trailer de la película y luego, cuando quedó definido ese final de pasarela circense, fue Fellini el que decidió sumarlo al film incluso sustituyendo el que había sido pensado a tales fines, la Marcia dei gladiatori del compositor checo Julius Fucik, que se integraba así a pasajes de La cabalgata de las valquirias (Wagner), El barbero de Sevilla (Rossini), Gigolette (Lehar) o el Cascanueces (Tchaikovsky), con arreglos de Rota, junto a otras de su propia autoría y que volverán a estar presentes como la nueva orquestación para Cadillac, originariamente compuesta para La dolce vita. Desde entonces la música será un protagonista más en el cine de Federico Fellini.

En ese rodaje descomunal no faltaban los perfiles de las mujeres que se integraban a la historia de Guido Anselmi como Carla (Sandra Milo), la amante ideal; Luisa (Anouk Aimée), la esposa acomplejada, y fundamentalmente Claudia (Claudia Cardinale), la mujer perfecta. También resulta inolvidable la Saraghina (Edra Gale), que evoca las pulsiones sexuales de la adolescencia. Pero ninguna de ellas la pasó demasiado bien en el rodaje. A Sandra Milo, Fellini la obligó a engordar varios kilos y llegar al set para rodar con Marcello una escena de comida: “Muy bien, Sandrina, come, bebe, di algo”, indicaba Fellini en una toma que se repitió dieciséis veces y que cada seis o siete tomas llevaba a Milo a vomitar el muslo de pollo que había vuelto a comer. Ante el desconcierto del elenco, era Mastroianni quien ponía paños fríos invitándolos a dejarse llevar por la situación.

Hace más de una década, Lina Wertmüller recordaba a este cronista su encuentro con Federico que, además, fue su ingreso al cine: “Conocer a Federico era como abrir una ventana y ver un paisaje que te gustaba mucho, pero que no sabías que podías ver de esa manera. Hasta 8 ½ yo nunca había hecho cine y siempre había estado refugiada en el teatro, pero con Federico era un placer inmenso el mundo del cine. Era extraordinario trabajar con él en el set. Muy particular, creativo y lúdico, no le importaba nada que no estuviera dentro de su juego. Todo lo que pueda decir es poco. Federico era magnífico. Me acuerdo de cuando recorríamos Italia en busca de locaciones para 8 ½ y acababa de hacer “Le tentazioni del dottor Antonio”, uno de los episodios de Boccaccio 70. La chica que cantaba “Bevete più latte, il latte fa bene” era la misma que en una escena toma helado en la terraza donde el doctor Antonio echa a una mujer. Federico tenía un amor inmenso por esa niña y ella por Federico, no podían separarse. ¿Cómo terminó la historia? La madre y la niña con nosotros de viaje, porque ninguno podía estar sin el otro”.

Ovacionada en el Festival de Cannes, donde se presentó fuera de concurso, fue premiada en el Festival de Moscú a pesar de las presiones recibidas por el Jurado Oficial de seleccionar para el lauro una película que “contribuyera a la paz y la amistad entre las naciones”. Stanley Kramer llevó la voz cantante para un premio más que merecido para el film de Fellini. Poco más tarde llegaba a Hollywood, donde se alzaba con el Oscar a la Mejor Película Extranjera, y uno más para el diseño de vestuario de Piero Gherardi. Cuando todos descontaban el Oscar al mejor guion original, sin embargo, la Academia premió a La conquista del Oeste, de Henry Hataway. A la Argentina, llegó el 8 de octubre de 1963 a los cines Opera, Premier, Ideal y otras seis salas barriales a 107 pesos de entonces, con distribución del sello Columbia.

Dos días después de la primera función privada en Titanus, Alberto Moravia publicaba en L’Expresso: “El personaje de Fellini es un erotómano, un sádico, un masoquista, un mitómano, un temeroso de la vida, un nostálgico del pecho materno, un tonto, un mistificador y un tramposo. En algunos aspectos se parece a Leopold Bloom, el héroe del Ulises de Joyce a quien Fellini muestra en varios lugares que ha leído y meditado. La película es toda introvertida, es decir, en esencia es un monólogo interior que alterna con escasos atisbos de la realidad. Fellini ilustra la neurosis de la impotencia con una precisión clínica impresionante y, quizás, a veces incluso involuntaria. [...] Los sueños de Fellini son siempre sorprendentes y, en sentido figurado, originales; nunca en los recuerdos brilla un sentimiento más delicado y más profundo.” El retrato en varias dimensiones de la voz de un genio ya era parte del legado inmortal del cine demostrando la construcción del artificio desde su mirada más íntima, pero también desde su matriz más espectacular. Una vez más de visión ineludible, 8 ½ demuestra poéticamente que el caos de un creador de ilusión le ganó a la crisis contemporánea más grande y real que tuvo el cine desde sus orígenes. Solo Fellini pudo dar a través de los tiempos tamaña lección de historia.

Pablo De Vita
Diario La Nación, 13 de febrero de 2021

lunes, 8 de agosto de 2011

Li Gotti, en La Nación

Reproducimos la nota publicada este fin de semana a Alfredo Li Gotti, padrino del Cineclub La Rosa, en el suplemento cultural ADN, del diario La Nación.


El sueño de la sala propia

Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos

A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.

"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".

Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."

Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."

En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.

Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.

El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."

Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).

Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.

Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es , de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."

Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.

"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."

En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.

Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011

viernes, 8 de enero de 2010

Alfredo Li Gotti: “El cineclub enseña y forma al espectador”

“Iba con los proyectores y las películas a todos lados”, dice entre risas quien proyecta cine desde chico. Comenzó con los vecinos del barrio, pasó por clubes, asociaciones, bibliotecas, cineclubes y en cuanto lugar pudiera difundir su "berretín" por el cine. Desde 1988 tiene su propia sala en la casa donde vive desde hace más de medio siglo. Allí, entre afiches, proyectores y películas, conversamos con el padrino del Cineclub La Rosa.


- Alfredo, ¿por qué siguen siendo importantes los cineclubes?
- No es lo mismo ver una película que ir a un cineclub. El cineclub enseña y forma al espectador, ayuda a mostrar distintas películas de un director, seguir temas o movimientos de la historia del cine. Yo di cine desde siempre. Iba con los proyectores y películas a todos lados. Luego, entre 1980 y 1996 di más de quinientas funciones para Núcleo, muchas de ellas en mi propia sala, “Félix Giuliodori” (llamada así en homenaje a un gran amigo mío coleccionista de cine), que se inauguró en 1988, y desde hace ocho años programo mis propios ciclos, con la colaboración de mi nieto Cristian. Allí teníamos un eslogan que decía “Aprenda cine viendo cine”.

En el cineclub hay una preparación y un debate posterior. Así se aprende mucho, porque hay personas que ven lo que otros no. Una película tiene que verse dos o tres veces para disfrutarla del todo. No puede verse una sola vez, aquél que dice “ya la ví” en realidad no terminó de comprender la obra.

Y también considero que un cineclub puede servir para rescatar aquellas películas que han pasado desapercibidas, esas que están fuera del circuito y tienen mucho valor, contemporáneas o clásicas.

- ¿Qué cambia de una película cuando se la ve con público?
- Una sala sin espectadores no es nada, no tiene vida. Siempre digo que soy muy egoísta, porque el primero que goza del espectáculo soy yo, quien lo brinda. Y así lo hice toda mi vida, porque me gusta ver cine rodeado de la gente, no me gusta verlas solo. Con público es otra cosa, se siente la calidez del espectador. El proyector, la pantalla y el espectador le dan vida a una película, sino el cine pierde esa comunicación. Una lo goza más si comparte con otras personas que gustan del mismo espectáculo que uno ofrece. De hecho, hay películas que no las he visto porque no he tenido a alguien a mi lado que haya gustado de ellas.

- ¿Qué cine prefiere?
- El que más me gusta es el italiano, todo el período neorrealista y también el Fellini de 8 ½ (1963) o Amarcord (1973). Al mismo tiempo admiro mucho el realismo poético francés de los años ’30 y ’40: Marcel Carné, Jean Renoir, Julien Duvivier. Todavía cuando veo esas películas me siguen conmoviendo, a pesar de haber sido criticadas por ser filmes crudos, amargos. Jacques Prévert, gran poeta, fue uno de los guionistas de esa época.

En general, prefiero el drama íntimo, las películas de carácter social, eso me conmueve. El hombre de carne y hueso, los problemas sociales, políticos, existenciales.

Otra corriente que me encanta es la de Europa del Este de los ’50 y ’60, especialmente los polacos. Allí hay grandes películas y grandes directores como Andrzej Wajda, Roman Polanski y Krzysztof Kieslowski. Lo tienen todo, no sólo la técnica. Hay que reconocer que es un cine extraordinario.

Y por supuesto el ruso, principalmente Sergei Eisenstein. El díptico que hizo con Sergei Prokofiev, la forma en que lleva el ritmo del montaje y la música en Iván el terrible (Ivan Groznyy I, 1944) y su continuación, La conspiración de los boyardos (Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor, 1946), son dos joyas.

- ¿Por qué hay que ver los clásicos?
- Porque el clásico perdura a través del tiempo. Hay películas que hoy se estrenan y dentro de dos o tres años desaparecen, nadie las vuelve a ver. Los clásicos, en cambio, son los que crearon el cine, y por eso se pueden seguir disfrutando. Por eso pienso además que es muy importante mostrar el cine mudo, que hoy se ha perdido un poco. Era todo imagen, cine puro, como el que realizaba F.W. Murnau (nota: en el Cineclub La Rosa proyectamos Amanecer [Sunrise, 1927] con música en vivo) era uno de los grandes, a mi juicio el mayor director alemán, lástima que se murió tan joven.


- Nombró muchas, pero si tuviera que elegir tres películas que lo hayan impactado, gustado o emocionado, cuáles no podrían faltar.
- Una sería Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica. Otra que le tengo mucho cariño es 8 ½ (1963) de Federico Fellini, y la tercera sería Les enfants du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de Marcel Carné, que es una conjunción de todas las artes, una gran película filmada durante la ocupación alemana. En la Argentina, que se conoció con el título Sombras del paraíso, fue mutilada, se proyectó en una versión de 90 minutos cuando la original dura tres horas. Yo la tengo completa en 16mm.

- ¿Cómo se imagina el futuro de los cineclubes?
- Yo soy de los que aman el cine y los cineclubes, pero no sé si les veo mucho futuro. Creo que de a poco se va muriendo la pasión por el cine, y si bien es una cuestión económica, ya que sale más barato comprar una película trucha que pagar una salida al cine de toda una familia, pasan generaciones sin saber lo que es ir a una sala. Además, en otra época había muchos más cines, en cada barrio había tres o cuatro, los estrenos llegaban del centro a las pocas semanas, la gente se acostumbraba a ir a ver dos funciones seguidas… eran otros tiempos. Hoy el televisor achica todo. Hay cintas que deben verse en pantalla grande. El cine está hecho para ver en las salas. Cuando veo una película en un televisor siento que pruebo las películas, pero no las gozo. El verdadero goce está acá, en la sala.

En la casa uno puede pausar las películas, hablar por teléfono o comer. Ni hablar de lo que pasa en las salas que venden pochocho. Eso es algo que yo vi mucho antes de que llegue a la Argentina cuando viajé al Festival de Toronto, Canadá. No podía creerlo, “cómo va a estar un tipo comiendo pochoclo mientras ve una película”, pensaba. Al poco tiempo lo estaban vendiendo también acá…

- Pero así como un cineclub ayuda a descubrir una filmografía o un determinado tipo de cine, ¿no podría colaborar con la recuperación de esos espectadores que el cine comercial pierde?
- Sí, es posible, y también podría ayudar a recuperar una cultura cinéfila. El que va a un cineclub no va sólo a ver una película, va a mucho más que eso: a que le cuenten un poco de qué se trata la película, quién es el director, dentro de qué estilo se encuentra, la época. Yo trabajo mucho sobre eso, escribo, busco información, es parte de lo que uno le brinda al espectador, para que se lleve algo más que ver una película.

Entrevista de Emiliano Penelas
Programador del Cineclub La Rosa


La película de Alfredo
El cineasta Roberto Ángel Gómez está finalizando la edición de un documental llamado Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila.

El largometraje, que se filmó a lo largo de dos años, cuenta la vida y el amor de Alfredo por el séptimo arte y se introduce en el descubrimiento del particular mundo que existe dentro del coleccionismo cinematográfico. Seguramente en algún momento, luego de su estreno, la podremos compartir en el Cineclub La Rosa.

Las fotografías que ilustran esta nota son gentileza de Vanesa Pereira y fueron tomadas durante el rodaje del documental.