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lunes, 15 de marzo de 2021

8 y 1/2: una lección de cine gracias al caos creativo de Fellini

El film, que acaba de regresar a las salas porteñas en una versión remasterizada en 4K, pudo haber sido protagonizado por Charles Chaplin o Laurence Olivier.


Con el retorno de las salas cinematográficas a la ciudad de Buenos Aires tuvo lugar también el regreso a las carteleras de Federico Fellini, uno de los nombres más importantes de la historia del cine de todos los tiempos. De aquél que redefinió para siempre al cine italiano y construyó un sueño onírico y fantástico que también cambió (o supo interpretar) la identidad de toda Italia. Porque, se sabe, ya no existirá Italia sin pensar en Fellini y tampoco podrá algún hecho grotesco en cualquier lugar del mundo, preso de surreal desmesura, no pensarse como “fellinesco”; aunque la parodia esconda en rigor la mirada pesimista del genio del cine italiano sobre la especie humana y, asimismo, un duro juicio moral sobre un cinismo cincelado en esas frívolas conductas.

Pero, ante todo, Fellini fue un director fiel a sí mismo, a sus constantes obsesivas, a sus anhelos artísticos, a sus experimentos visuales dotados de una singular poesía que escondían la mirada, que nunca dejó de ser, del pequeño provinciano deslumbrado con la gran ciudad. Remitirse a su cine es, automáticamente, evocar títulos y momentos que se confunden con la propia vida hasta convertirse en una marca indeleble. Para los más jóvenes, lejos de la cinefilia nostálgica, resulta una experiencia visual y de descubrimiento de los sentidos que, en muchos casos, promediando el medio siglo de vida de sus grandes trabajos, siguen deslumbrando con su intensa modernidad.

Allí se ubica también 8 ½, presente en la cartelera en una copia impecablemente remasterizada y que tuvo el mejor promedio de espectadores de todas las actualmente en cartel y permite el doble regocijo del retorno al cine y con un título a la medida de la pantalla grande y de la leyenda de la sala a oscuras. Tal como sucedió en un lejano 15 de febrero de 1963, en Roma, y como recordaba el no menos memorable guionista Césare Zavattini sobre su primera proyección en la salita de la productora Titanus: “...después llegó Patti, después Moravia y un minuto más tarde Pasolini, pero la luz ya se había apagado y en la pantalla aparecía sobre fondo negrísimo el título muy blanco del film de Fellini. No me aparté más, ni un milímetro siquiera. La cosa transcurría como si fuera una premiere de Chaplin. La gran sombra de Carlos Emilio Gadda pasó delante mío sustrayéndome un fotograma. Las primera imágenes fueron cosas jamás vistas: un atascamiento de autos en la Puerta Pinciana, y las caras de la gente constreñida a mirarse en la tregua desde detrás de las ventanillas, estaban esculpidas monumentalmente en el silencio”. Así fue la primera proyección privada del hoy fundamental título del cine para aquellos privilegiados espectadores.

Para Fellini, 8 ½ representaba el exorcismo de la brutal crisis creativa luego del rotundo suceso de La dolce vita, el film que nadie había querido producir y que luego produjo ganancias millonarias junto a un éxito arrollador. De allí el título, porque antes de esta película Fellini había dirigido siete películas y parte de otras realizaciones colectivas, y había decidido narrar su conflicto como creador metaforizado en el perfil de Guido Anselmi, el director de la ficción encarnado –como no podía ser de otra manera– por Marcello Mastroianni.

Desde entonces, críticos, estudiosos e investigadores han tratado de enunciar aquello que para el propio director fue imposible de explicar: dónde comienza la autobiografía y termina la fantasía, o viceversa. Una película que encierra otra película y es “la construcción en abismo”, según el teórico Christian Metz o “un complejo sistema de capas superpuestas”, de acuerdo al juicio de Angel Quintana. En cambio, lo que sí puede reconstruirse es la desmesura, los pasos caóticos, la búsqueda intuitiva desde la cual Fellini comenzaba a gestar una película y que, en este caso, incluyó a Laurence Olivier como el rostro de aquél director extraviado.

Fueron meses de viajes a Londres, llamados y contactos. Y un buen día, tal como había ocurrido con la primigenia idea de convocar a Charles Chaplin para el mismo papel, todo se desvaneció. Como en muchas de las convulsionadas instancias de sus otros filmes, nunca se sabrá a ciencia cierta en 8 ½ si Laurence Olivier se negó o Fellini se desilusionó. O a fin de cuentas, como también se debatió en su época, si sólo buscó perder tiempo hasta poder redondar la idea de la película mientras era perseguido, como siempre, por sus productores. Para Mastroianni la explicación fue más sencilla: “El motivo fue que se dio cuenta de que Olivier le venía grande como actor, y que iba a ser difícil que le diera lo que él quería; sencillamente era demasiado distinto de Federico. Yo me parecía mucho más a él: soy católico, débil, antihéroe...”.

Con todo listo y sólo un somero horizonte descriptivo del personaje comenzaron innumerables escrituras del guion, elaborado por Fellini, Ennio Flaiano, su colaborador Brunello Rondi y Tullio Pinelli, que sugirió el título La bella confusione. Ya con varias versiones, una pensión romana en la periferia de la ciudad brindó el aislamiento necesario para que Fellini y Pinelli elaboraran una versión cercana al original y que, en rigor, sólo llegó a manos de Marcello Mastroianni para ser un elemento decorativo en la cotidianeidad de un set de filmación marcado por la creación libre. A todo el resto del elenco, sólo le llegaban –en el mejor de los casos– unas hojas sueltas con algunas líneas de diálogo pero que no permitían siquiera sospechar cuál era el devenir de la obra en su conjunto. Anota Deena Boyer en su libro 200 días con Fellini, la filmación de 8 ½, que fue solo en el último minuto que Fellini decidió hacer del personaje de Mastroianni un director de cine; poco antes había comenzado a escribir una carta al productor Rizzoli anunciándole su renuncia a un proyecto que, en rigor, ya lo esperaba con todo listo. La síntesis perfecta la explicaría Claudia Cardinale: “Federico me quería rubia, Luchino me quería morocha. Con Fellini uno no tenía guion, todo es improvisación. Cuando él rodaba, todos los actores venían a verlo porque él era magia. El plató era como un circo, las gente gritaba a sus teléfonos. Él no podía rodar sin ruido. Con Visconti, lo opuesto: como haciendo teatro. No podíamos decir una palabra. Todo era muy serio”, diría sobre su experiencia simultánea en los sets de filmación de Ocho y medio e El gatopardo.

El rodaje de Ocho y medio se inició el 9 de mayo de 1962 y culminó a comienzos de octubre de ese mismo año, pero el inicio fue con guardias de seguridad y un rodaje a puertas cerradas que permitiera tener a salvo la filmación de curiosos, periodistas y ocasionales visitantes. En las jornadas del mes de mayo se rodaron las escenas del cuarto de hotel de Guido, su baño, las escenas del comedor en el hotel de Carla y algunas escenas finalmente descartas en el primer montaje. El avance era meticuloso pero lento, cuidadoso del detalle hasta la exasperación pero también como reflejo de la permanente improvisación. La única constante fue la leyenda que pegó debajo de la cámara y donde podía leerse: “Recuerda que esta es una película cómica”.


De un rodaje sin curiosos, Fellini pasó a un set por el que desfiló toda Roma, e incluso encargó a su amigo Gideon Bachmann, un corresponsal de revistas norteamericanas el cual sabía Federico que se encontraba en apremios económicos, retratar con su cámara todo lo que ocurría tras bambalinas. Las tres mil fotografías dan cuenta de un rodaje que involucraba a los personajes más variopintos de la sociedad romana y a visitas que se daban todas las tardes con figuras de la alta sociedad italiana a directores como Joseph Losey o a estrellas absolutas como Sophia Loren. Esos retratos incluso permitieron a Bachmann reconstruir la escena final de 8 ½ que tuvo dos relatos posibles. De acuerdo al guion, Guido y Luisa (Anouk Aimée) se sientan en el coche comedor de un tren con destino a Roma y en un momento, Guido levanta la vista para darse cuenta de que todos sus personajes están allí, antes de entrar en un túnel. Luego se rodó otro final, alternativo, y que fue el elegido gracias a las recomendaciones del guionista Tullio Pinelli para tratar de dar un cierre que no fuese tan oscuro. El periodista también asistió junto a Fellini y Nino Rota al visionado del primer corte de la película, de cuatro horas de duración, y que –contrariamente a lo que se cree– fue filmado con sonido directo pese a los gritos, innumerables indicaciones, e incluso los cambios en los diálogos que luego Fellini introducía en la posproducción. Otras imágenes de 8 ½ pueden verse en la espléndida muestra El centenario de Fellini en el mundo, que puede verse actualmente en el Museo Nacional de Arte Decorativo.

Dieciséis películas, un especial para TV y un ballet son la síntesis profesional de casi treinta años de amistad entre Fellini y Nino Rota, que significaron en el campo musical una presencia activa de la partitura como parte de la narración misma. Aunque Fellini explicara a Camilla Cederna que había en 8½ mucha menos música que la habitual: “Solo hay un motivo de Rota, que es una delicada marchita de circo ecuestre. Naturalmente, y con su acostumbrada gracia, Nino se ocupará de las uniones entre fragmento y fragmento, y también de muchas adaptaciones”. Empero, hoy resulta imposible pensar en 8½ sin la música que es, muy probablemente junto con las de La strada, La dolce vita y Amarcord, parte indivisible de la experiencia cinematográfica.

Sin embargo, el tema más famoso de fue compuesto para el trailer de la película y luego, cuando quedó definido ese final de pasarela circense, fue Fellini el que decidió sumarlo al film incluso sustituyendo el que había sido pensado a tales fines, la Marcia dei gladiatori del compositor checo Julius Fucik, que se integraba así a pasajes de La cabalgata de las valquirias (Wagner), El barbero de Sevilla (Rossini), Gigolette (Lehar) o el Cascanueces (Tchaikovsky), con arreglos de Rota, junto a otras de su propia autoría y que volverán a estar presentes como la nueva orquestación para Cadillac, originariamente compuesta para La dolce vita. Desde entonces la música será un protagonista más en el cine de Federico Fellini.

En ese rodaje descomunal no faltaban los perfiles de las mujeres que se integraban a la historia de Guido Anselmi como Carla (Sandra Milo), la amante ideal; Luisa (Anouk Aimée), la esposa acomplejada, y fundamentalmente Claudia (Claudia Cardinale), la mujer perfecta. También resulta inolvidable la Saraghina (Edra Gale), que evoca las pulsiones sexuales de la adolescencia. Pero ninguna de ellas la pasó demasiado bien en el rodaje. A Sandra Milo, Fellini la obligó a engordar varios kilos y llegar al set para rodar con Marcello una escena de comida: “Muy bien, Sandrina, come, bebe, di algo”, indicaba Fellini en una toma que se repitió dieciséis veces y que cada seis o siete tomas llevaba a Milo a vomitar el muslo de pollo que había vuelto a comer. Ante el desconcierto del elenco, era Mastroianni quien ponía paños fríos invitándolos a dejarse llevar por la situación.

Hace más de una década, Lina Wertmüller recordaba a este cronista su encuentro con Federico que, además, fue su ingreso al cine: “Conocer a Federico era como abrir una ventana y ver un paisaje que te gustaba mucho, pero que no sabías que podías ver de esa manera. Hasta 8 ½ yo nunca había hecho cine y siempre había estado refugiada en el teatro, pero con Federico era un placer inmenso el mundo del cine. Era extraordinario trabajar con él en el set. Muy particular, creativo y lúdico, no le importaba nada que no estuviera dentro de su juego. Todo lo que pueda decir es poco. Federico era magnífico. Me acuerdo de cuando recorríamos Italia en busca de locaciones para 8 ½ y acababa de hacer “Le tentazioni del dottor Antonio”, uno de los episodios de Boccaccio 70. La chica que cantaba “Bevete più latte, il latte fa bene” era la misma que en una escena toma helado en la terraza donde el doctor Antonio echa a una mujer. Federico tenía un amor inmenso por esa niña y ella por Federico, no podían separarse. ¿Cómo terminó la historia? La madre y la niña con nosotros de viaje, porque ninguno podía estar sin el otro”.

Ovacionada en el Festival de Cannes, donde se presentó fuera de concurso, fue premiada en el Festival de Moscú a pesar de las presiones recibidas por el Jurado Oficial de seleccionar para el lauro una película que “contribuyera a la paz y la amistad entre las naciones”. Stanley Kramer llevó la voz cantante para un premio más que merecido para el film de Fellini. Poco más tarde llegaba a Hollywood, donde se alzaba con el Oscar a la Mejor Película Extranjera, y uno más para el diseño de vestuario de Piero Gherardi. Cuando todos descontaban el Oscar al mejor guion original, sin embargo, la Academia premió a La conquista del Oeste, de Henry Hataway. A la Argentina, llegó el 8 de octubre de 1963 a los cines Opera, Premier, Ideal y otras seis salas barriales a 107 pesos de entonces, con distribución del sello Columbia.

Dos días después de la primera función privada en Titanus, Alberto Moravia publicaba en L’Expresso: “El personaje de Fellini es un erotómano, un sádico, un masoquista, un mitómano, un temeroso de la vida, un nostálgico del pecho materno, un tonto, un mistificador y un tramposo. En algunos aspectos se parece a Leopold Bloom, el héroe del Ulises de Joyce a quien Fellini muestra en varios lugares que ha leído y meditado. La película es toda introvertida, es decir, en esencia es un monólogo interior que alterna con escasos atisbos de la realidad. Fellini ilustra la neurosis de la impotencia con una precisión clínica impresionante y, quizás, a veces incluso involuntaria. [...] Los sueños de Fellini son siempre sorprendentes y, en sentido figurado, originales; nunca en los recuerdos brilla un sentimiento más delicado y más profundo.” El retrato en varias dimensiones de la voz de un genio ya era parte del legado inmortal del cine demostrando la construcción del artificio desde su mirada más íntima, pero también desde su matriz más espectacular. Una vez más de visión ineludible, 8 ½ demuestra poéticamente que el caos de un creador de ilusión le ganó a la crisis contemporánea más grande y real que tuvo el cine desde sus orígenes. Solo Fellini pudo dar a través de los tiempos tamaña lección de historia.

Pablo De Vita
Diario La Nación, 13 de febrero de 2021

lunes, 7 de julio de 2014

¡Larga vida a los cineclubes!

Reductos para cinéfilos y amantes de las proyecciones en fílmico, quedan en la ciudad varias de estas asociaciones para ver y comentar cine.

Cita obligada para los cinéfilos porteños desde hace 61 años, el Cineclub Núcleo exhibe todos los martes, en el Gaumont, los preestrenos más esperados. Además, este domingo, a las 10.15, presentará La bicicleta verde, el film multipremiado de Haifa Al-Mansour. Pero no es el único. La Rosa va por su octava temporada y ya presentó más de 160 funciones, todas en 16mm. El miércoles 23, a las 20.30 proyectará Ese oscuro objeto del deseo, de Luis Buñuel; y el sábado 26, Viridiana, de su etapa mexicana (Austria 2154). Con el mismo espíritu, el YMCA, ubicado en Reconquista 439, tiene programado un homenaje a Alain Resnais, dentro del cual, el miércoles 16, a las 20, presentará Conozco la canción. Por último, el Dynamo se distingue por sus exhibiciones de afiches y fotos de películas. El miércoles 16, a las 20, proyectará A través de un vidrio oscuro, de Bergman.

Julieta Bilik
Diario La Nación, viernes 4 de julio de 2014

sábado, 16 de noviembre de 2013

El maestro de cine

Reproducimos la entrevista a José Martínez Suárez publicada hoy en La Nación a propósito del comienzo del 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, con la satisfacción de que Josecito sea Socio Honorario de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte y el haber podido realizar este año un ciclo dedicado a todos sus largometrajes.


José Martínez Suárez recorre su infancia junto a las hermanas Legrand, su influencia en el Nuevo Cine Argentino y su labor al frente del Festival de Mar del Plata, que comienza hoy.

Por Hugo Beccacece | Para LA NACION

Es como si uno hablara con Funes, el memorioso, o con Wikipedia. José Martínez Suárez ("Josecito", como todos lo llaman) es un testigo excepcional de la cultura argentina y uno de los cineastas más importantes de la generación de 1960, que cambió la estética y la forma de producir en la Argentina, pero, a la vez, el espíritu de sus films (El crack, Dar la cara, Los chantas, Los muchachos de antes no usaban arsénico, Noches sin lunes ni soles) se entronca con la mejor tradición de la época dorada de la cinematografía local. Su influencia se extiende hasta la actualidad por medio de sus películas y de quienes fueron discípulos de su taller (los directores Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Gustavo Taretto, el ensayista David Oubiña). En 2008, cuando lo nombraron presidente del Festival Internacional de Mar del Plata, dejó de dar clases para dedicarse por completo a la nueva tarea. "Dirigirlo es el mejor trabajo de mi vida porque es el más difícil. El festival debe ser una fiesta para todos. Este año, recibimos 2500 películas y seleccionamos más de 400. En la muestra oficial, hay 16, dos son argentinas, La laguna yFantasmas de la ruta." El prestigio que recuperó el festival, cuya 28° edición se inaugura esta noche, es el producto de su conocimiento, energía e imaginación.

Martínez Suárez siempre fue curioso. Todo le interesa, pero hay dos cosas que prefiere: leer y ver cine. Su autor predilecto es Jorge Luis Borges, pero no deja de mencionar a Graham Greene, Somerset Maugham, Raymond Chandler, y a una serie de autores húngaros que no son Sándor Márai. La literatura centroeuropea es una de sus debilidades. Hace unas semanas, se publicó Estoy hecho de cine, un libro de conversaciones de Martínez Suárez con Mario Gallina, que detalla las peripecias de una vida marcada por la vocación.

- La historia de su niñez y de la de sus hermanas, Mirtha y Silvia Legrand, tiene cierto parecido con Bellísima, la película de Luchino Visconti en la que una madre [Anna Magnani] lucha para convertir en estrella a su pequeña hija.
- Hay algo de eso. Mi madre hizo que estudiáramos de todo. En Rosario, yo estaba pupilo en el Colegio del Sagrado Corazón; mis hermanas, medio pupilas en el María Auxiliadora. Además, en forma privada nos enseñaban piano, inglés, francés, zapateo americano. Mis hermanas, ya en Buenos Aires, iban a tomar clases de baile con Lida Martinoli, la primera bailarina del Colón.

- Usted, pupilo de un colegio religioso, ¿cómo se convirtió en un agnóstico?
- Porque fui a un colegio religioso. [Se ríe] Nací pared por medio del cine de la Sociedad Italiana de Villa Cañás. Mi ámbito de juegos y de fantasías era el cine. Cuando "Chiquita" y "Goldie" empezaron a hacer películas, yo me convertí en el hermano más sumiso del planeta, el que siempre estaba vestido para acompañarlas, porque el acompañamiento significaba entrar en los estudios de Argentina Sono Films, San Miguel, Lumiton, Río de la Plata. En Lumiton, ayudaba un poco en todo. Un día, me llamaron de la administración. Me dieron un sobre con sesenta pesos. Me habían tomado. Con el tiempo, fui asistente de Vatteone, Lugones, Christensen, Tinayre, Borcosque, Cahen Salaverry, Demare, Torre Nilsson, qué sé yo...

- Su primera película, El crack, es de 1960. ¿Cómo llegó a la dirección?
- En 1959, los productores se dieron cuenta de que estaban pagando mucho a hombres que se limitaban a decir "Cámara" y "Corten". Apareció un grupo más joven: Manuel Antín, Osías Wilenski, Rodolfo Kuhn, Ricardo Alventosa, Enrique Dawi, Fernando Birri, David José Kohon. En esa camada, "la generación del 60", había un grupo que seguía a la nouvelle vague francesa, y otro, del que yo era parte muy activa, que estaba más cerca del neorrealismo italiano. A mí me interesaban Rossellini, De Sica, el Fellini del comienzo, Pietro Germi, Luigi Zampa, no tanto Antonioni, no tanto Visconti.

Las películas de Martínez Suárez son corales, salvo Noches sin lunas ni soles, un policial negro en el que el protagonista es claramente Alberto de Mendoza, y todos esos films, menos Los muchachos de antes no usaban arsénico, retratan o denuncian una situación social. El crack muestra la mafia que se mueve alrededor de los jóvenes deportistas. Dar la cara, con libro de David Viñas, refleja la agitación de los jóvenes de la década de 1960, que, terminado el servicio militar, deben ocupar un lugar en el mundo. Es un notable fresco social en el que se enfrentan los estudiantes de derecha (Héctor Pellegrini) y los de la izquierda nacionalista (Luis Medina Castro), los ricos aspirantes a productores de cine de vanguardia (Pablo Moret) y los trabajadores humildes y populares (Leonardo Favio). Los muchachos de antes no usaban arsénico, en cambio, es un raro y valioso ejemplo de humor negro en el cine argentino.

- Usted siempre dijo que una clave importante de su obra es la amistad. Pero también hay otra constante: todas esas historias terminan en fracaso.
- Tengo una respuesta. Un día, en mi pueblo, cuando terminó una película con el beso del muchacho a la muchacha, cuando todo el mundo sonreía, le pregunté a mi mamá: "Y a él, al día siguiente, ¿no le pueden doler las muelas?" Tenía ocho años. Otra anécdota: mucho después de hacer Dar la cara, cada tanto, nos encontrábamos con David Viñas a tomar un café. Un día, fantaseamos con hacer la continuación de aquella película: Pablo Moret, el que había querido ser productor de cine de vanguardia, producía películas pornográficas; Medina Castro, el izquierdista, trabajaba para compañías multinacionales; Leonardo Favio heredaba el quiosco de su padre, recogía el dinero y después se iba a jugarlo a las carreras de caballos.

- La música tiene un papel muy importante en sus producciones. Tuvo a Astor Piazzolla en El crack y al "Gato" Barbieri en Dar la cara.
- A Piazzolla le hablé en las escalinatas de Alex para pedirle una composición: Tzigane Tango. En Dar la cara, lo llamé al "Gato" Barbieri. En las otras películas, trabajé con Tito Ribero. Soy un apasionado de Nino Rota. Como aprendí música, trabajé muy cerca de Tito. Me gusta tener un solo tema en mis films, con distintos desarrollos: el dramático, el humorístico, el tenebroso. Nos costó bastante dar con el tema de Los muchachos de antes no usaban arsénico. Es un ritornello. En la película, hay muchos guiños. En un momento, el personaje de Mario Soffici dice: "¿Cómo se llamaba ese muchacho que trabajaba en la película de Soffici?" Es el cine dentro del cine. Siempre hay algo así en mis films. Para que el espectador se pregunte cuál es la realidad y cuál la ficción.


- Usted es un gran admirador de Borges. ¿Nunca pensó en adaptar uno de sus cuentos o en hacer un relato biográfico?
- Espere un momento [se levanta del sillón, va a la biblioteca y toma un DVD]. Esto no lo filmé yo, lo filmaron mis alumnos. Es un corto de ocho minutos. Lo podemos ver, si no lo retraso.

En el televisor de Martínez Suárez se oye la hermosa voz de María Concepción César que dice fragmentos de Atlas, de Borges y María Kodama. Los nombres de ciudades y países remotos se suceden; en la pantalla, sólo se ven sombras, manchas de colores, sobre todo amarillas y rojas. Continúa Martínez Suárez: "Quise que el espectador se sintiera incómodo por esas manchas, por tanta incógnita. Hasta que al final, el espectador debe pedir disculpas por esa incomodidad. Lo que está viendo son las manchas que podía ver Borges. Ahora me interesa una obra de Mario Diament, Cita a ciegas, inspirada en Borges. Me gustaría filmarla. Hasta hice una adaptación. Es un proyecto. ¿Cómo se puede vivir sin proyectos?".

Publicación especial
En la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, con motivo del ciclo "José Martínez Suárez: un hombre hecho de cine", editamos un cuadernillo con los aportes de artículos exclusivos para el ciclo de Mario Gallina y Rafael Valles, además del propio Martínez Suárez. Aún quedan ejemplares que pueden retirarse los días de función.

jueves, 31 de enero de 2013

Cada vez más gente

Para alegría de todos, Fata morgana nos deparó otra vez una función a sala llena. Presentó nuestro amigo Cristian N. García.


Además, reproducimos un fragmento del artículo sobre el "circuito cinéfilo" que publicara Fernando López en La Nación, y que leímos antes de la proyección, compartiendo el espíritu cineclubístico:

"El fenómeno importa porque, créase o no, somos muchos los que todavía vamos al cine (a una función de cine, no a su sucedáneo casero) para enriquecer nuestro tiempo, no para "matarlo". En busca de espejos donde mirarnos, mirar a los otros, reconocer el mundo, emocionarnos, reflexionar, abrir los ojos a otras formas de concebir la vida, descubrir lo que hay más allá de nuestros cotidianos y estrechos horizontes, o, sencillamente, a la espera de esa rara, inesperada emoción estética que nos hará salir de la sala oscura un poco más sensibles, un poco más sabios, un poco mejores. Ya bastante cine anestésico hay por ahí para proporcionar esa distracción fugaz y vacía que nos hace olvidar de quiénes somos, dónde estamos y qué nos sucede."


martes, 29 de enero de 2013

El cine arte no sólo resiste: también contraataca

Con ese título, el diario La Nación dio cuenta en su edición de hoy sobre el fenómeno del "circuito cinéfilo" del cual formamos parte. Agradecemos la mención a Helena de Brillembourg y los invitamos a leer la nota completa aquí:  http://www.lanacion.com.ar/1549776-el-cine-arte-no-solo-resiste-tambien-contraataca

domingo, 27 de enero de 2013

Ciclo Imágenes de África, en el cineclub La Rosa

Este miércoles, a las 20, comenzará la séptima temporada del cineclub La Rosa* con el ciclo Imágenes de África. La película que lo inaugurará será Fata Morgana, del reconocido cineasta alemán Werner Herzog, famoso por el film Nosferatu, el fantasma de la noche. La experiencia sensorial que ofrece Fata Morgana merece disfrutarse en fílmico. En esta película se combinan los espejismos del Sahara, las melodías de Leonard Cohen con la particular visión del director. Está fragmentada en tres partes: "Creación", "Paraíso" y "Edad de Oro". La obra recibe su nombre por el hada Morgana, hermanastra del rey Arturo, que según la leyenda era un hada cambiante. La proyección será en 16 mm en el Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte (Austria 2154). Con entrada libre y colaboración voluntaria.

Diario La Nación, domingo 27 de enero de 2013.

* Errata: nuestra séptima temporada comenzó con La caja de Pandora. Fata Morgana será la tercera película del año. 

martes, 27 de marzo de 2012

Tabucchi, escritor crítico de su época

El notable autor de Sostiene Pereira, entre otras novelas, fue un gran defensor de los valores democráticos. Falleció el domingo en Lisboa. Lo recordaremos el 11 de abril con la proyección de la película de Roberto Faenza, con Marcello Mastroianni.

El escritor y filólogo italiano Antonio Tabucchi, conocido por su sostenida lucha en favor del sistema democrático, murió ayer, a los 68 años, como consecuencia de una larga enfermedad.

El creador del personaje que se convirtió en símbolo de la defensa de la libertad de información para los opositores de todos los regímenes antidemocráticos -protagonista de Sostiene Pereira- falleció en el hospital de la Cruz Roja de Lisboa, la ciudad de la que se enamoró en los años 60 y donde vivía durante seis meses al año. El resto del año estaba en la región italiana de Toscana, donde era profesor de Lengua y Literatura Portuguesas en la Universidad de Siena.

Según informó la esposa del escritor, María José Lancastre, su funeral será el próximo jueves en Lisboa.

El presidente de Italia, Giorgio Napolitano, lamentó anoche su muerte y lo recordó como un intelectual "comprometido civilmente y que con su atención a las tradiciones y sucesos no sólo de su país y su estilo literario, supo interpretar el espíritu europeo".

Uno de los elementos decisivos de la obra de Tabucchi es el recuerdo y su correspondiente narración: "La voz es vida, el silencio no es nada; escribir, en cambio, es como un cristal que al final permanece".

En más de una oportunidad planteó que "en la vida no hay un hilo conductor, pero el escritor lo tiende en una historia para otorgarle el sentido". Y admitió que "siempre nace primero el personaje, la voz del personaje. No creo en la literatura de un tema particular. Todos estamos un poco locos, habitados por voces, todos hablamos con nosotros mismos y hablamos en silencio, estamos acostumbrados a oír nuestra propia voz dentro de nosotros y muchas veces tenemos una memoria oral".

Tabucchi había nacido en Vecchiano, provincia de Pisa, el 24 de septiembre de 1943. Cuando era estudiante universitario, en la década del 60, viajó mucho por Europa y fue en ese período, durante una estada en Lisboa, que nació su pasión por Portugal y su cultura. Una pasión que lo llevó a convertirse en el más grande crítico y traductor al italiano de la obra de Fernando Pessoa.

Creador ilustre
Su devoción por la narrativa de Pessoa lo ayudó en el camino de su estilo propio. Y fue justamente este entusiasmo el que contribuyó a delinear Sostiene Pereira, uno de sus mayores éxitos literarios.

Escrita en 1994 y con traducciones en más de 40 países, Sostiene Pereira obtuvo los premios Super Campiello, Scanno y Jean Monnet per la Literatura Europea. El protagonista de esta novela se convirtió en el símbolo de la defensa de la libertad de información para los opositores de todos los regímenes antidemocráticos.

En esa obra se inspiró Roberto Faenza para rodar el film homónimo interpretado en 1995 por el gran actor Marcello Mastroianni.

En los años 70, Tabucchi se perfeccionó en la Escuela Normal Superior de Pisa y en 1973 enseñó Lengua y Literatura Portuguesa en Bolonia.

Su primera novela fue Plaza de Italia, en 1973. En 1984 publicó Nocturno Indio, que en cinco años se convirtió en película, de la mano de Alain Corneau, y por la cual recibió en Francia el Prix Medicis a la mejor novela extranjera.

En 1986 publicó El hilo del horizonte, que también inspiró un film, en 1993, con Claude Brasseur y la dirección del portugués Fernando Lopes.

En 1989 el presidente de Portugal le confirió la Orden Do Infante Dom Henrique y fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras por el gobierno francés. También obtuvo el premio austríaco de Literatura Europea y fue candidato por el Pen Club italiano al Nobel de Literatura.

En 1992 publicó Requiem y en 1997 escribió La cabeza perdida de Domasceno Monteiro, basada en la historia real de un hombre cuyo cuerpo fue hallado en un parque de Lisboa. Esa novela se reveló profética cuando el sargento José dos Santos confesó haber sido el asesino y fue condenado a prisión por ese delito.

En Viajes y otros viajes , publicado en 2010 y que quedará entre sus últimas obras, muestra la unicidad que cada lugar conserva también en la era de la globalización.

En la Argentina siempre quedará la nostalgia de haber intentado sin éxito que Tabucchi fuera una de las visitas ilustres de la Feria del Libro de Buenos Aires. Se hicieron gestiones en varias oportunidades, pero no se logró persuadirlo de dejar la Europa por la que tanto luchaba y, muy especialmente, Lisboa, esa ciudad que lo atrapó para siempre.

Fuente: Diario La Nación.

El recuerdo en la Biblioteca
Tabucchi será homenajeado en el Cineclub La Rosa con la proyección de Sostiene Pereira, de Roberto Faenza, el miércoles 11 de abril a las 20 horas. Como siempre, con entrada libre y colaboración voluntaria.

miércoles, 8 de febrero de 2012

El más grande

El mejor boxeador de todos los tiempos, Muhammad Ali / Cassius Clay, cumplió 70 años. En el Cineclub La Rosa le rendiremos homenaje el viernes 9 de marzo con la proyección de Cuando éramos reyes, de Leon Gast, presentada por Ezequiel Fernández Moores, autor del artículo que reproducimos a continuación.

"Cassius Clay -le grita mirándolo fijo el teniente Steven Dunkley-. ¡Ejército de tierra!" Muhammad Alí no se mueve. El campeón mundial de los pesos pesados sabe que podrá ser despojado de su corona. Y que, como le advierte el teniente, su negativa para alistarse en el ejército de Estados Unidos también puede llevarlo a la cárcel. "No iré a tirar bombas en Vietnam mientras a los «negros» de mi tierra los tratan como a perros. El verdadero enemigo de mi gente -dijo unos días más tarde- está aquí. No traicionaré a mi religión, a mi gente ni a mí mismo convirtiéndome en un juguete para esclavizar a quienes luchan por justicia, libertad e igualdad. ¿Y si voy preso qué? Ya estamos presos desde hace 400 años." El gesto, que inspiró dignidad a millones, es recordado como el más rebelde en la historia del deporte mundial. Sucedió el 28 de abril de 1967 en Houston. Su autor recibirá a partir del domingo una serie de homenajes en Louisville, su tierra natal, porque el 17 de este mes cumplirá 70 años. Estados Unidos hoy lo bendice. Pero, se lamentan varios, lo hace después de haber reescrito la historia.

En 1964, cuando Alí se paseaba de la mano de Malcolm X y sorprendía al mundo destronando a Sonny Liston en Miami, el gobierno de Estados Unidos arrestó ese verano a mil activistas de derechos civiles. El Ku Klux Klan quemó 36 iglesias. Treinta sedes fueron atacadas. Los negros, segregados en muchos estados, no debían siquiera protestar.

"¡Soy el rey! ¡Soy el más grande! ¡Cómanse sus palabras!" Eufórico en el ring por su triunfo ante Liston, Alí siguió desafiante en la conferencia de prensa. "Le voy a enseñar periodismo. ¿Quién es el más grande?" Nadie le respondió. Periodistas como Jimmy Cannon, acostumbrados a campeones como Joe Louis, que lo trataban de "Míster Cannon", no toleraban al arrogante nuevo rey de los pesos pesados. "¿Es cierto que pertenece, como miembro con carné, a los Musulmanes negros?", le preguntaron en la conferencia del día siguiente. "No tengo por qué ser lo que ustedes quieran. Soy libre de ser lo que quiera." El nuevo campeón, que tenía entonces 22 años, contó que decidió dejar el cristianismo y también "su nombre esclavo" de Cassius Marcellus Clay. Nacía Muhammad Alí.

La prédica radical de Elijah Muhammad, líder de la Nación del Islam, influyó sobre Alí. "Los negros estadounidenses -dijo Alí en 1975 a la revista Playboy - sólo seremos libres cuando tengamos nuestro propio país, nuestras propias leyes, escuelas, moneda, pasaporte? Estados Unidos será destruido. Pagará por todos los linchamientos y asesinatos de esclavos, por lo que hizo hasta hoy con los negros. Alá enviará un castigo divino." Alí afirmó en esa misma entrevista que si un blanco ponía su mano sobre una mujer musulmana debía morir. Y si era la mujer la que invitaba a esa relación también ella debía morir. Alí venía de protagonizar la mayor de sus hazañas. De vencer en Zaire a George Foreman, siete años más joven, invicto en 40 peleas, 37 ganadas por nocaut, las últimas 8 antes del segundo round. Los zaireños lo amaron. Las imágenes de When we were kings (Cuando éramos reyes), el documental que ganó un Oscar en 1997, no dejan dudas. "Pelearé por los negros de Estados Unidos que duermen en el piso, por los que no comen ni tienen futuro." Pero Alí volvió con grandes elogios hacia el gran financista de la pelea, el dictador Mobutu Sese Seko, acusado del asesinato, en 1961, de Patrice Lumumba, el ex presidente independentista al que Alí admiraba. El retorno triunfal incluyó su primera visita a la Casa Blanca, invitado por el entonces presidente Gerald Ford, viejo enemigo en los 60.

"De alguna manera -escribió Dave Zirin en el libro What's my name fool?- esta pelea histórica en Zaire marcó la declinación de la militancia de Alí." El título del libro alude a la pregunta que Alí lanzaba en 1967 a Ernie Terrell, quien había insistido en llamarlo Cassius Clay, en una de las peleas más crueles que se recuerden. "¿Cuál es mi nombre tonto?", decía Alí. Y lo golpeaba en el rostro, así hasta completar los 15 rounds, sin noquearlo, para que la tortura durara hasta el final. Cuatro meses después, Alí fue condenado por un jurado blanco a cinco años de prisión por negarse a combatir en Vietnam. La postura, inicialmente religiosa, pasó a ser un símbolo político. Despojado de su título y de su pasaporte, y prohibido de boxear durante tres años y medio, en su mejor momento, Alí se había convertido en el enemigo número uno de Estados Unidos. Negro, musulmán y antipatriota. El Congreso aprobó por 385 contra 19 votos que deshonrar la bandera sería crimen federal. Mil ciudadanos vietnamitas morían cada semana de guerra. Cien soldados estadounidenses morían por día. "Casi todos eran jóvenes hermanos negros y que un hombre mágico por fin se plantara y dijera no era un mensaje nuevo", dijo la poeta Sonia Sánchez. "Ver que Alí simplemente rechazaba el miedo dio coraje a mucha otra gente", agregó Bryant Gumbel, comentarista de TV. Hubo protestas en Guyana, Karachi, Londres y varias capitales africanas. Le escribieron Bertrand Russell y Jean Paul Sartre. Alí, elegante y carismático, era un símbolo, pero accesible y humano. En el momento más dramático, envuelto en pujas internas de los musulmanes negros y vigilado por el FBI, Alí mantuvo su humor inalterable. Y también sus trucos de magia y sus célebres poemas: "Seguiré cantando esta canción/No mataré a ningún Vietcong".

Tras la rehabilitación judicial, Alí, que volvió a pelear en medio de amenazas de bomba y del odio del establishment de Estados Unidos, no reclamó la devolución de la corona. La recuperó sobre el ring. Ese nuevo gesto lo convirtió en "The Greatest" (El más grande). Pero ya no era "más rápido que la luz". Y tampoco flotaba "como una mariposa" ni picaba "como una abeja". El parate de la suspensión, los combates violentos contra Foreman, Joe Frazier y Ken Norton, y también el prolongado final incluyeron demasiado castigo para el hombre que se jactaba de su belleza y se reía diciendo que él era "Dark Gable". Su imagen temblorosa por el Parkinson, encendiendo el pebetero en la fiesta de apertura de los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, ovacionado de pie por todo el estadio, inició el camino de la santificación. En 1999 apareció en la Bolsa de Nueva York. En 2001, Hollywood estrenó la insulsa Alí, protagonizada por Will Smith. En 2002, Alí evitó responder en la HBO sobre Al-Qaeda. "No quiero decir nada que pueda herir mis negocios y las cosas que estoy haciendo", se excusó. Viajaba para causas benéficas y para explicarle al mundo musulmán la guerra en Afganistán. En 2004 apareció en el Superbowl y en el Juego de las Estrellas del béisbol, santuarios conservadores. IBM, Gillette y Adidas hicieron campañas con Alí y Taschen publicó en 2004 el libro GOAT, sobre su vida, con tapa de cuero de Louis Vutton y a un costo de 3000 dólares. Le pidieron un texto a Thomas Hauser, una de las personas que más cerca estuvieron del campeón. Hauser escribió que no tenía sentido "santificar" a Alí. Dijo que la rebelión de Alí cobraba aún más fuerza si se contaba el recorrido completo y se contextualizaba la época de su lucha, contradicciones incluidas. Su artículo fue excluido del libro.

Tiempos distintos, Estados Unidos tiene hoy su primer presidente negro. Barack Obama recordó la resistencia de Alí de negarse a combatir en Vietnam en un artículo que firmó para USA Today el 19 de noviembre de 2009, días antes de enviar más soldados a Afganistán. En 2010, en la ESPN, hoy propiedad de Disney, el periodista Bill Simmons dijo que la vuelta al golf de Tiger Woods, tras su tratamiento por "adicción al sexo", sería "más dura" que el retorno de Alí tras su sanción por negarse a ir a la guerra. "Alguna gente -dijo una vez el propio Alí- pensó que fui un héroe y otros que me equivoqué por negarme a ir a Vietnam, pero sólo actué según mi conciencia. No fue un problema de raza, porque el gobierno tiene un sistema en el que los hijos de los ricos van a la universidad y los de los pobres van a la guerra." Pero el gran orador ya no tiene voz. Y el bailarín eximio, para muchos el mejor boxeador de todos los tiempos, sufre Parkinson. El cronograma de la semana de festejos de los próximos días por su cumpleaños número 70 está dentro del proceso de seguir reescribiendo su histórica rebelión. "Es que ocultar todo lo que fue Alí -dijo el profesor Jeffrey Sammons en el libro Muhammad Alí. El legado perdido - sirve para ocultar todo lo que fue Estados Unidos."

Ezequiel Fernández Moores
Diario La Nación, 11 de enero de 2012

lunes, 2 de enero de 2012

La risa y la tragedia

A propósito de nuestro ciclo de enero con Luis García Berlanga, reproducimos el artículo escrito por nuestro amigo Pablo De Vita con motivo del homenaje que se le hiciera en el Festival de Mar del Plata al gran director español, que con sus films renovó la cinematografía de su país.

García Berlanga, en el rodaje de Plácido (1961).

Una pareja es presa de la vorágine consumista. En un pueblo se alborotan pensando en la bienvenida a una comitiva estadounidense y en otra pequeña ciudad, en Nochebuena, los más ricos invitan a los pobres a sentarse a su mesa. También está quien acepta la labor "ejemplificadora" del verdugo y otro que conoce a una mujer cercana a la perfección. Pero en el cine de Luis García Berlanga todo resulta muy diferente a lo esperado, porque el marido de esa pareja feliz pierde su trabajo; la comitiva sigue de largo sin siquiera adivinar el recibimiento; la Nochebuena no significa necesariamente compartir el pan; el verdugo reniega de la pena capital y la mujer perfecta es, en rigor, una muñeca de goma. "Mi cine es humorístico sólo en la primera lectura: a la sonrisa inicial del espectador le sigue una mueca trágica o al menos una reflexión. Una reflexión sobre la fagocitación de ese individuo que lucha solo frente a la sociedad, que es para él una atracción seductora y también un descenso a los infiernos", dijo a La Nación, en una de sus visitas a la Argentina. Las más destacadas películas de Berlanga, fallecido hace un año, podrán verse en copias fílmicas restauradas, en la 26º edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, del 5 al 12 de noviembre. Son 10 títulos que se exhiben gracias al Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales de España (ICAA) y a la Oficina Cultural de la Embajada de España en la Argentina. Trabajos de indudable valor que prolongan la vigorosa personalidad de un artista que combinó en su cine el humor y la ternura con la crítica mordaz y el desencanto.

Berlanga había nacido en Valencia en 1921 y pertenecía a una familia politizada: su abuelo había sido diputado del Partido Liberal y su padre comenzó en esa fuerza política para luego sumarse a los republicanos del Frente Popular. Su biografía incluye estudios con los jesuitas, internados en Suiza, una carrera en Filosofía y Letras que no terminó y las armas, en la 40º División del Ejército Republicano durante la Guerra Civil y en la franquista División Azul durante la Segunda Guerra Mundial. Medio siglo después retrató en La vaquilla los días de la Guerra Civil Española pero lo hizo con su habitual tono farsesco, a través de la historia de un grupo de soldados republicanos que se adentran en territorio del bando nacional con el objetivo de raptar al animal del título para arruinarle la fiesta al enemigo y, principalmente, conseguir comida.

En 1947 ingresó en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas de Madrid. Su actividad previa lo había involucrado con la poesía, la pintura, la crítica cinematográfica y la escritura de guiones. Su asociación artística con Juan Antonio Bardem, desde su paso por la escuela, fue definitoria para la concreción de la ópera prima conjunta de los cineastas, Esa pareja feliz, con un argumento que goza de una impactante actualidad: un mísero matrimonio es elegido por una marca de jabón para ser "la pareja feliz" de un solo día y recibir, en un contexto de miseria y marginalidad, diversos regalos que supuestamente les "cambiarán la vida". Fernando Fernán Gómez compone con sagacidad a un trabajador del cine que es despedido sin causa.

¿Su estilo? "Tengo el mismo amor por el plano-secuencia que el que tiene el húngaro Miklos Jancsó. Pero eso me permite gobernar la escena en su totalidad, lo que a veces me hace pensar que el oficio del cineasta suele asemejarse al del psicoanalista", declaró Berlanga en una entrevista con este diario. Un cine con diálogos continuos, superpuestos y salpicados para construir el retrato deformante y jocoso de una realidad invariablemente amarga.

La primera película filmada bajo su entera responsabilidad fue ¡Bienvenido, Mister Marshall! (1953), que obtendría el premio especial del jurado en el Festival de Cine de Cannes y que pudo concluirse gracias al dinero que, en señal de agradecimiento, aportó un señor a quien uno de los productores había salvado de morir ahogado. El paso de la película por el festival estuvo rodeado de circunstancias tan berlanguianas como su propio guión: con intención promocional se repartieron dólares falsos con el rostro de los protagonistas en lugar del retrato de Washington y la delegación fue llevada a la comisaría acusada de falsificación. Por su parte, Edward G. Robinson, miembro del jurado, protestó por la secuencia donde una bandera estadounidense es arrastrada por el río y obligó a que el film se proyectara con el corte respectivo. El escritor Antonio Gómez Rufo, coguionista de la última película del realizador, París-Tombuctú, en una conferencia sobre "Berlanga y la censura" brindada en la Universidad de Cádiz, narró una singular anécdota: "Por si faltara algo, el estreno de la película en Madrid coincidió con la llegada del nuevo embajador de Estados Unidos que, al ver en la Gran Vía lo de ¡Bienvenido, Mister Marshall! , creyó que era algo preparado en plan de burla, y a punto estuvo de organizarse un incidente diplomático. Ese embajador aparecía en el No-Do [Noticiarios y Documentales , noticiero que se proyectaba en los cines españoles, antes del film. N. de E.] que se exhibía en una escena de la película, en un reportaje sobre la ayuda norteamericana a Europa, el famoso Plan Marshall". Éxito absoluto e innegable referencia a la situación de España, aislada de la ayuda de Estados Unidos para la reconstrucción de Europa, el film también es síntesis de ciertos tipos sociales que prevalecen en el tiempo y contiene una de las frases más célebres de la historia del cine español pronunciada por el actor José Isbert: "Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación os la voy a dar porque os la debo".

Calabuig (1956) hace foco en la relación entre la ciencia y la carrera armamentista, con un claro alegato en favor de la paz; en ¡Vivan los novios! (1970) se relata la historia de un casamiento que puede ser suspendido en razón de un fallecimiento, a no ser que se oculte a la difunta hasta después de la boda; Tamaño natural (1974) es protagonizada por un Michel Piccoli enamorado de una muñeca de goma; La escopeta nacional es la primera de la trilogía de la familia Leguineche, una esperpéntica historia rodada en 1977, con un industrial que organiza una cacería como vehículo para su pretendido ascenso social, y Todos a la cárcel (1993), su anteúltimo trabajo, traslada la acción a una prisión en el Día Internacional del Preso de Conciencia. Estas comedias también forman parte de la selección que se proyectará en Mar del Plata junto a otros títulos muy recordados. Tal es el caso de Plácido (1961), estrenada en un cine de Avenida de Mayo cinco años más tarde de su realización y que insólitamente, pese a su nominación al Oscar como mejor película extranjera, se exhibía sin publicidad y como complemento de un film de Palito Ortega. El origen de la historia fue la campaña "Siente un pobre a su mesa" ideada por el franquismo, que pretendía despertar el sentimiento de la caridad; en la película los anfitriones se encuentran más preocupados en limpiar sus conciencias que en atender a los indigentes. Una crítica a la incapacidad de remediar los problemas reales. Su título iba a ser el lema de la campaña de caridad formal promovida por el gobierno de Franco, pero la censura lo impidió y obligó a Berlanga a cambiarlo por el nombre del personaje protagónico.

Desde Plácido en adelante, con la excepción de sus dos últimas películas, el guionista español Rafael Azcona fue una figura tan necesaria como ineludible en la labor del director. Juntos estuvieron en Buenos Aires en 1967 para ultimar preparativos del rodaje de la coproducción con la Argentina de Las pirañas, que se estrenó en España con el título La boutique. También a esta dupla y a Ennio Flaiano se debe el guión de la estremecedora, cómica y negra El verdugo (1963), que obtuvo el premio de la crítica en el Festival de Venecia. El film contó con el protagónico de Nino Manfredi y su proyección tampoco estuvo exenta de escándalo. Creyéndola un panfleto político a favor de Franco, conocido entonces en el mundo con el título del film, anarquistas italianos recibieron a la comitiva arrojándoles piedras. El embajador español en Roma quiso prohibirla y en su estreno en España sufrió varios cortes de la censura. Incluso motivó la famosa frase que el Generalísimo le dedicó a su realizador: "Ya sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español".

En lejanas entrevistas, Berlanga reconocía su condición de "miembro de honor de mil cosas" y su aspiración a vivir cientos de años. De alguna forma, como sus admirados Quevedo y Valle Inclán, a quienes siguió en clave fílmica, ha conseguido que su máximo anhelo se convirtiera en realidad.

Pablo De Vita
Diario La Nación, 28 de octubre de 2011

lunes, 8 de agosto de 2011

Li Gotti, en La Nación

Reproducimos la nota publicada este fin de semana a Alfredo Li Gotti, padrino del Cineclub La Rosa, en el suplemento cultural ADN, del diario La Nación.


El sueño de la sala propia

Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos

A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.

"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".

Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."

Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."

En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.

Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.

El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."

Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).

Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.

Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es , de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."

Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.

"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."

En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.

Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011