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lunes, 8 de agosto de 2011

Li Gotti, en La Nación

Reproducimos la nota publicada este fin de semana a Alfredo Li Gotti, padrino del Cineclub La Rosa, en el suplemento cultural ADN, del diario La Nación.


El sueño de la sala propia

Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos

A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.

"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".

Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."

Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."

En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.

Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.

El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."

Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).

Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.

Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es , de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."

Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.

"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."

En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.

Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011

viernes, 8 de enero de 2010

Alfredo Li Gotti: “El cineclub enseña y forma al espectador”

“Iba con los proyectores y las películas a todos lados”, dice entre risas quien proyecta cine desde chico. Comenzó con los vecinos del barrio, pasó por clubes, asociaciones, bibliotecas, cineclubes y en cuanto lugar pudiera difundir su "berretín" por el cine. Desde 1988 tiene su propia sala en la casa donde vive desde hace más de medio siglo. Allí, entre afiches, proyectores y películas, conversamos con el padrino del Cineclub La Rosa.


- Alfredo, ¿por qué siguen siendo importantes los cineclubes?
- No es lo mismo ver una película que ir a un cineclub. El cineclub enseña y forma al espectador, ayuda a mostrar distintas películas de un director, seguir temas o movimientos de la historia del cine. Yo di cine desde siempre. Iba con los proyectores y películas a todos lados. Luego, entre 1980 y 1996 di más de quinientas funciones para Núcleo, muchas de ellas en mi propia sala, “Félix Giuliodori” (llamada así en homenaje a un gran amigo mío coleccionista de cine), que se inauguró en 1988, y desde hace ocho años programo mis propios ciclos, con la colaboración de mi nieto Cristian. Allí teníamos un eslogan que decía “Aprenda cine viendo cine”.

En el cineclub hay una preparación y un debate posterior. Así se aprende mucho, porque hay personas que ven lo que otros no. Una película tiene que verse dos o tres veces para disfrutarla del todo. No puede verse una sola vez, aquél que dice “ya la ví” en realidad no terminó de comprender la obra.

Y también considero que un cineclub puede servir para rescatar aquellas películas que han pasado desapercibidas, esas que están fuera del circuito y tienen mucho valor, contemporáneas o clásicas.

- ¿Qué cambia de una película cuando se la ve con público?
- Una sala sin espectadores no es nada, no tiene vida. Siempre digo que soy muy egoísta, porque el primero que goza del espectáculo soy yo, quien lo brinda. Y así lo hice toda mi vida, porque me gusta ver cine rodeado de la gente, no me gusta verlas solo. Con público es otra cosa, se siente la calidez del espectador. El proyector, la pantalla y el espectador le dan vida a una película, sino el cine pierde esa comunicación. Una lo goza más si comparte con otras personas que gustan del mismo espectáculo que uno ofrece. De hecho, hay películas que no las he visto porque no he tenido a alguien a mi lado que haya gustado de ellas.

- ¿Qué cine prefiere?
- El que más me gusta es el italiano, todo el período neorrealista y también el Fellini de 8 ½ (1963) o Amarcord (1973). Al mismo tiempo admiro mucho el realismo poético francés de los años ’30 y ’40: Marcel Carné, Jean Renoir, Julien Duvivier. Todavía cuando veo esas películas me siguen conmoviendo, a pesar de haber sido criticadas por ser filmes crudos, amargos. Jacques Prévert, gran poeta, fue uno de los guionistas de esa época.

En general, prefiero el drama íntimo, las películas de carácter social, eso me conmueve. El hombre de carne y hueso, los problemas sociales, políticos, existenciales.

Otra corriente que me encanta es la de Europa del Este de los ’50 y ’60, especialmente los polacos. Allí hay grandes películas y grandes directores como Andrzej Wajda, Roman Polanski y Krzysztof Kieslowski. Lo tienen todo, no sólo la técnica. Hay que reconocer que es un cine extraordinario.

Y por supuesto el ruso, principalmente Sergei Eisenstein. El díptico que hizo con Sergei Prokofiev, la forma en que lleva el ritmo del montaje y la música en Iván el terrible (Ivan Groznyy I, 1944) y su continuación, La conspiración de los boyardos (Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor, 1946), son dos joyas.

- ¿Por qué hay que ver los clásicos?
- Porque el clásico perdura a través del tiempo. Hay películas que hoy se estrenan y dentro de dos o tres años desaparecen, nadie las vuelve a ver. Los clásicos, en cambio, son los que crearon el cine, y por eso se pueden seguir disfrutando. Por eso pienso además que es muy importante mostrar el cine mudo, que hoy se ha perdido un poco. Era todo imagen, cine puro, como el que realizaba F.W. Murnau (nota: en el Cineclub La Rosa proyectamos Amanecer [Sunrise, 1927] con música en vivo) era uno de los grandes, a mi juicio el mayor director alemán, lástima que se murió tan joven.


- Nombró muchas, pero si tuviera que elegir tres películas que lo hayan impactado, gustado o emocionado, cuáles no podrían faltar.
- Una sería Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica. Otra que le tengo mucho cariño es 8 ½ (1963) de Federico Fellini, y la tercera sería Les enfants du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de Marcel Carné, que es una conjunción de todas las artes, una gran película filmada durante la ocupación alemana. En la Argentina, que se conoció con el título Sombras del paraíso, fue mutilada, se proyectó en una versión de 90 minutos cuando la original dura tres horas. Yo la tengo completa en 16mm.

- ¿Cómo se imagina el futuro de los cineclubes?
- Yo soy de los que aman el cine y los cineclubes, pero no sé si les veo mucho futuro. Creo que de a poco se va muriendo la pasión por el cine, y si bien es una cuestión económica, ya que sale más barato comprar una película trucha que pagar una salida al cine de toda una familia, pasan generaciones sin saber lo que es ir a una sala. Además, en otra época había muchos más cines, en cada barrio había tres o cuatro, los estrenos llegaban del centro a las pocas semanas, la gente se acostumbraba a ir a ver dos funciones seguidas… eran otros tiempos. Hoy el televisor achica todo. Hay cintas que deben verse en pantalla grande. El cine está hecho para ver en las salas. Cuando veo una película en un televisor siento que pruebo las películas, pero no las gozo. El verdadero goce está acá, en la sala.

En la casa uno puede pausar las películas, hablar por teléfono o comer. Ni hablar de lo que pasa en las salas que venden pochocho. Eso es algo que yo vi mucho antes de que llegue a la Argentina cuando viajé al Festival de Toronto, Canadá. No podía creerlo, “cómo va a estar un tipo comiendo pochoclo mientras ve una película”, pensaba. Al poco tiempo lo estaban vendiendo también acá…

- Pero así como un cineclub ayuda a descubrir una filmografía o un determinado tipo de cine, ¿no podría colaborar con la recuperación de esos espectadores que el cine comercial pierde?
- Sí, es posible, y también podría ayudar a recuperar una cultura cinéfila. El que va a un cineclub no va sólo a ver una película, va a mucho más que eso: a que le cuenten un poco de qué se trata la película, quién es el director, dentro de qué estilo se encuentra, la época. Yo trabajo mucho sobre eso, escribo, busco información, es parte de lo que uno le brinda al espectador, para que se lleve algo más que ver una película.

Entrevista de Emiliano Penelas
Programador del Cineclub La Rosa


La película de Alfredo
El cineasta Roberto Ángel Gómez está finalizando la edición de un documental llamado Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila.

El largometraje, que se filmó a lo largo de dos años, cuenta la vida y el amor de Alfredo por el séptimo arte y se introduce en el descubrimiento del particular mundo que existe dentro del coleccionismo cinematográfico. Seguramente en algún momento, luego de su estreno, la podremos compartir en el Cineclub La Rosa.

Las fotografías que ilustran esta nota son gentileza de Vanesa Pereira y fueron tomadas durante el rodaje del documental.