Reproducimos la entrevista a José Martínez Suárez publicada hoy en La Nación a propósito del comienzo del 28º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, con la satisfacción de que Josecito sea Socio Honorario de la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte y el haber podido realizar este año un ciclo dedicado a todos sus largometrajes.
José Martínez Suárez recorre su infancia junto a las hermanas Legrand, su influencia en el Nuevo Cine Argentino y su labor al frente del Festival de Mar del Plata, que comienza hoy.
Por Hugo Beccacece | Para LA NACION
Es como si uno hablara con Funes, el memorioso, o con Wikipedia. José Martínez Suárez ("Josecito", como todos lo llaman) es un testigo excepcional de la cultura argentina y uno de los cineastas más importantes de la generación de 1960, que cambió la estética y la forma de producir en la Argentina, pero, a la vez, el espíritu de sus films (El crack, Dar la cara, Los chantas, Los muchachos de antes no usaban arsénico, Noches sin lunes ni soles) se entronca con la mejor tradición de la época dorada de la cinematografía local. Su influencia se extiende hasta la actualidad por medio de sus películas y de quienes fueron discípulos de su taller (los directores Juan José Campanella, Lucrecia Martel, Gustavo Taretto, el ensayista David Oubiña). En 2008, cuando lo nombraron presidente del Festival Internacional de Mar del Plata, dejó de dar clases para dedicarse por completo a la nueva tarea. "Dirigirlo es el mejor trabajo de mi vida porque es el más difícil. El festival debe ser una fiesta para todos. Este año, recibimos 2500 películas y seleccionamos más de 400. En la muestra oficial, hay 16, dos son argentinas, La laguna yFantasmas de la ruta." El prestigio que recuperó el festival, cuya 28° edición se inaugura esta noche, es el producto de su conocimiento, energía e imaginación.
Martínez Suárez siempre fue curioso. Todo le interesa, pero hay dos cosas que prefiere: leer y ver cine. Su autor predilecto es Jorge Luis Borges, pero no deja de mencionar a Graham Greene, Somerset Maugham, Raymond Chandler, y a una serie de autores húngaros que no son Sándor Márai. La literatura centroeuropea es una de sus debilidades. Hace unas semanas, se publicó Estoy hecho de cine, un libro de conversaciones de Martínez Suárez con Mario Gallina, que detalla las peripecias de una vida marcada por la vocación.
- La historia de su niñez y de la de sus hermanas, Mirtha y Silvia Legrand, tiene cierto parecido con Bellísima, la película de Luchino Visconti en la que una madre [Anna Magnani] lucha para convertir en estrella a su pequeña hija.
- Hay algo de eso. Mi madre hizo que estudiáramos de todo. En Rosario, yo estaba pupilo en el Colegio del Sagrado Corazón; mis hermanas, medio pupilas en el María Auxiliadora. Además, en forma privada nos enseñaban piano, inglés, francés, zapateo americano. Mis hermanas, ya en Buenos Aires, iban a tomar clases de baile con Lida Martinoli, la primera bailarina del Colón.
- Usted, pupilo de un colegio religioso, ¿cómo se convirtió en un agnóstico?
- Porque fui a un colegio religioso. [Se ríe] Nací pared por medio del cine de la Sociedad Italiana de Villa Cañás. Mi ámbito de juegos y de fantasías era el cine. Cuando "Chiquita" y "Goldie" empezaron a hacer películas, yo me convertí en el hermano más sumiso del planeta, el que siempre estaba vestido para acompañarlas, porque el acompañamiento significaba entrar en los estudios de Argentina Sono Films, San Miguel, Lumiton, Río de la Plata. En Lumiton, ayudaba un poco en todo. Un día, me llamaron de la administración. Me dieron un sobre con sesenta pesos. Me habían tomado. Con el tiempo, fui asistente de Vatteone, Lugones, Christensen, Tinayre, Borcosque, Cahen Salaverry, Demare, Torre Nilsson, qué sé yo...
- Su primera película, El crack, es de 1960. ¿Cómo llegó a la dirección?
- En 1959, los productores se dieron cuenta de que estaban pagando mucho a hombres que se limitaban a decir "Cámara" y "Corten". Apareció un grupo más joven: Manuel Antín, Osías Wilenski, Rodolfo Kuhn, Ricardo Alventosa, Enrique Dawi, Fernando Birri, David José Kohon. En esa camada, "la generación del 60", había un grupo que seguía a la nouvelle vague francesa, y otro, del que yo era parte muy activa, que estaba más cerca del neorrealismo italiano. A mí me interesaban Rossellini, De Sica, el Fellini del comienzo, Pietro Germi, Luigi Zampa, no tanto Antonioni, no tanto Visconti.
Las películas de Martínez Suárez son corales, salvo Noches sin lunas ni soles, un policial negro en el que el protagonista es claramente Alberto de Mendoza, y todos esos films, menos Los muchachos de antes no usaban arsénico, retratan o denuncian una situación social. El crack muestra la mafia que se mueve alrededor de los jóvenes deportistas. Dar la cara, con libro de David Viñas, refleja la agitación de los jóvenes de la década de 1960, que, terminado el servicio militar, deben ocupar un lugar en el mundo. Es un notable fresco social en el que se enfrentan los estudiantes de derecha (Héctor Pellegrini) y los de la izquierda nacionalista (Luis Medina Castro), los ricos aspirantes a productores de cine de vanguardia (Pablo Moret) y los trabajadores humildes y populares (Leonardo Favio). Los muchachos de antes no usaban arsénico, en cambio, es un raro y valioso ejemplo de humor negro en el cine argentino.
- Usted siempre dijo que una clave importante de su obra es la amistad. Pero también hay otra constante: todas esas historias terminan en fracaso.
- Tengo una respuesta. Un día, en mi pueblo, cuando terminó una película con el beso del muchacho a la muchacha, cuando todo el mundo sonreía, le pregunté a mi mamá: "Y a él, al día siguiente, ¿no le pueden doler las muelas?" Tenía ocho años. Otra anécdota: mucho después de hacer Dar la cara, cada tanto, nos encontrábamos con David Viñas a tomar un café. Un día, fantaseamos con hacer la continuación de aquella película: Pablo Moret, el que había querido ser productor de cine de vanguardia, producía películas pornográficas; Medina Castro, el izquierdista, trabajaba para compañías multinacionales; Leonardo Favio heredaba el quiosco de su padre, recogía el dinero y después se iba a jugarlo a las carreras de caballos.
- La música tiene un papel muy importante en sus producciones. Tuvo a Astor Piazzolla en El crack y al "Gato" Barbieri en Dar la cara.
- A Piazzolla le hablé en las escalinatas de Alex para pedirle una composición: Tzigane Tango. En Dar la cara, lo llamé al "Gato" Barbieri. En las otras películas, trabajé con Tito Ribero. Soy un apasionado de Nino Rota. Como aprendí música, trabajé muy cerca de Tito. Me gusta tener un solo tema en mis films, con distintos desarrollos: el dramático, el humorístico, el tenebroso. Nos costó bastante dar con el tema de Los muchachos de antes no usaban arsénico. Es un ritornello. En la película, hay muchos guiños. En un momento, el personaje de Mario Soffici dice: "¿Cómo se llamaba ese muchacho que trabajaba en la película de Soffici?" Es el cine dentro del cine. Siempre hay algo así en mis films. Para que el espectador se pregunte cuál es la realidad y cuál la ficción.
- Usted es un gran admirador de Borges. ¿Nunca pensó en adaptar uno de sus cuentos o en hacer un relato biográfico?
- Espere un momento [se levanta del sillón, va a la biblioteca y toma un DVD]. Esto no lo filmé yo, lo filmaron mis alumnos. Es un corto de ocho minutos. Lo podemos ver, si no lo retraso.
En el televisor de Martínez Suárez se oye la hermosa voz de María Concepción César que dice fragmentos de Atlas, de Borges y María Kodama. Los nombres de ciudades y países remotos se suceden; en la pantalla, sólo se ven sombras, manchas de colores, sobre todo amarillas y rojas. Continúa Martínez Suárez: "Quise que el espectador se sintiera incómodo por esas manchas, por tanta incógnita. Hasta que al final, el espectador debe pedir disculpas por esa incomodidad. Lo que está viendo son las manchas que podía ver Borges. Ahora me interesa una obra de Mario Diament, Cita a ciegas, inspirada en Borges. Me gustaría filmarla. Hasta hice una adaptación. Es un proyecto. ¿Cómo se puede vivir sin proyectos?".
Publicación especial
En la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte, con motivo del ciclo "José Martínez Suárez: un hombre hecho de cine", editamos un cuadernillo con los aportes de artículos exclusivos para el ciclo de Mario Gallina y Rafael Valles, además del propio Martínez Suárez. Aún quedan ejemplares que pueden retirarse los días de función.
Mostrando entradas con la etiqueta entrevista. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta entrevista. Mostrar todas las entradas
sábado, 16 de noviembre de 2013
jueves, 19 de septiembre de 2013
Martínez Suárez habla de "Dar la cara"
Reproducimos la entrevista de Sergio Wolf y Fernando Martín Peña incluida en el libro Generaciones 60 90, Malba, Buenos Aires, 2003.
-Dado que El crack, su primer film, fue un fracaso comercial, ¿cómo logró levantar una producción tan compleja como la de Dar la cara?
-Dado que El crack, su primer film, fue un fracaso comercial, ¿cómo logró levantar una producción tan compleja como la de Dar la cara?
José Martínez Suárez: -Me llaman por teléfono y nos encontramos con David Viñas y un muchacho que se llamaba Ernst Kehoe Wilson, que tenía letreros luminosos en la 9 de Julio. David tenía un guión que se llamaba Salvar la cara, habían visto El crack y consideraban que yo podía dirigir con potencia esa otra propuesta. Trabajamos mucho con David, que en ese momento vivía en San Fernando. Conformamos un equipo, con oficinas en Riobamba y Santa Fe, Alberto Parrilla fue nuevamente el jefe de producción, hicimos el rodaje en escenarios naturales y fue muy dificultoso. Sobre el final nos quedamos sin dinero y tuvimos que parar, hasta que Parrilla consiguió el aporte de un hombre vinculado a la industria de la carne. Según me contaba Parrilla este hombre iba metiendo la mano en un barril, sacaba dinero y le decía: "Vaya contando, vaya contando...".
El guión permitía abordar tres clase sociales y tres escenarios muy diferenciados entre sí: el grupo del universitario, el de la industria del cine y el del ciclista, que es de una clase social inferior. Había un gran horizonte para trabajar. Podía quedar muy poco afuera de esa "pintura". No hay buenas películas sobre un mal libro ni malas películas sobre un buen libro. El libro era de gran solidez, y lo digo porque había un segmento que casi desconocía: el universitario. Yo no lo soy. David me dio las pautas. Siempre hablo con conocimiento de causa. Por eso, al tomar el personaje de Beto, que es corredor de bicicletas, buscamos al chico Carlos Sarlenga, campeón de velocidad, para asesorar. Leonardo Favio iba con él cada mañana en bicicleta hasta el Tigre desde Sarmiento al 1900, ida y vuelta. Por eso, cuando tuvimos que rodar, Leonardo no se subió a la bicicleta como lo haríamos nosotros, sino como profesional. Se había afeitado las piernas, porque a los corredores los pelos les producen infecciones. Así fue que los personajes tuvieron un tratamiento verosímil.
-La novela es posterior al film, ¿verdad?
JMS: -Sí. Mientras la hicimos, Dar la cara fue sólo un guión. Después hubo un concurso en la editorial Sudamericana y David me comenta entonces la posibilidad de la publicación. Por eso yo soy autor de una película sobre novela que no he leído nunca. Es posible que la novela haya salido antes del estreno, pero en todo caso fue después del rodaje.
-Hace algunos años usted tuvo la idea de retomar los personajes.
JMS: -Sí, hará unos quince años. Quedó en idea. Al fin y al cabo esa es la propuesta de Priestley en El tiempo y los Conway: qué son, qué quisieron ser y qué fueron.
-¿Cómo estaba planteada esa continuación?
JMS: -El padre de Beto Cattani murió y él se quedó con el kiosko de Carlos Pellegrini al 400. Dejó el ciclismo, claro. Luis Medina Castro abandonó sus ideas políticas y se dedicó a atender la propuestas económicas de las empresas importantes del centro de Santa Fe. Carbó siguió trabajando en los estudios del padre, medio retirado, haciendo un cine absolutamente innecesario. Ojo que esta es una visión personal mía y nada más, ¿eh? Son criaturas de David así que es posible que él tenga otras ideas. Pero, en lo que a mí respecta, en ninguno de los tres fructifican las aspiraciones juveniles.
-¿Por qué se le ocurrieron esos destinos?
JMS: -No sé. Será porque la vida me ha transmitido una cierta desesperanza. La mayoría de los amigos de mi juventud, con quienes habíamos tenido esos sueños, no pudieron cumplirlos, fueron absorbidos por el mecanismo cotidiano, por una forma de vida en la que aquellos sueños se desvanecieron.
-Bueno pero, por lo que usted plantea, sería como pensar que los personajes caen presos de las mismas cosas que cuestionaban en sus propios padres.JMS: -La respuesta es que sí, con la salvedad de que a los padres les había tocado vivir otras circunstancias.
Es inusual, en el cine argentino, que las paradojas redunden en una obra marcada por la personalidad. Al revés: lo frecuente es que deriven en inconsistencias, ambigüedades, o indescriptibles e indescifrables cambios de rumbo y contradicciones finalmente insalvables, que terminan por alejar a los proyectos originales de aquello en que se convirtieron al filmarse. En los films de Martínez Suárez la constatación de la paradoja multiplica los sentidos, enriquece la revisión de su obra al punto de transformarla en una de las más singulares del trágico devenir de nuestro cine.
La paradoja crucial radica en la doble adscripción de Martínez Suárez al "cine de estudios" y a la "Generación del '60". Pero no hay un antes y un después en estos aprendizajes, saberes y filiaciones. No es que hubo un referente inicial que después cambió por otro. Ambos cohabitan y cohabitaron desde el comienzo, intersectándose e influyéndose, y esa cualidad es la que impide colocar los films del autor en un territorio u otro, dejándolos en una zona solitaria y quizá equidistante de ambos, como si lo que revelaran es que el alumno busca construir su propio saber y su propio universo ficcional en vez de querer mostrarse como quien sólo ha "aprendido la lección".
Son aislados los casos de cineastas argentinos que, como Martínez Suárez, pudieron procesar así aprendizajes e influencias como un modo de orientar su producción estética sin que deje de constar ese hilo conductor que los conecta con tradiciones y experiencias: quizá Luis Saslavsky, o Leonardo Favio, o Hugo Santiago, o Adolfo Aristarain sean de los pocos que lograron escapar de ese laberinto. El problema, entonces, no es que haya nexos con ciertos tipos de cine sino cómo se ponen en juego dichos nexos.
Y aunque la adscripción a los "estudios" -y más específicamente a Lumiton, entendida como la casa de su aprendizaje- es tan manifiesta como la adscripción "generacional", esta doble condición de afectos y elecciones, esta aparente tensión o batalla va a plantearse en el modo de poner en escena sus historias. No es que los datos biográficos expliquen sus películas, sino a la inversa: las propuestas cinematográficas de sus películas demuestran que esa doble condición no sólo es biográfica sino vital.
(...) Como si profundizara ciertas aristas dramáticas insinuadas en El crack, en Dar la cara (1962) Martínez Suárez concreta su obra más compleja. La denuncia del complot y la intención de inventar "otras" reglas de juego que las impuestas por los "mayores", amplían el horizonte que esbozara El crack. Ya no es lo pequeño como sinécdoque o alusión a cuestiones mayores, sino la ambición de totalidad. Totalidad es la palabra fundamental: de la diversidad de clases al problema de los padres -reales y simbólicos-, del deseo libertario al eje campo-ciudad.
De algún modo, este film sintetiza un cambio de imaginario: si el imaginario social de los '30 puede pensarse a través de Los tres berretines (Susini-Lumiton, 1933), al cruzar el fútbol con el tango y el cine, el de los '60 puede pensarse a través de Dar la cara, al articular el aporte con la universidad y el cine. Es que Dar la cara es el reverso de films sorprendentemente complementarios como El jefe (Ayala, 1959) y Los venerables todos (Antin, 1962), o de la emblemática Los jóvenes viejos (Kuhn, 1962). En ellas prevalecía ese tic "generacional" del relato minucioso de lo que le ocurre a un grupo. Es verdad que Martínez Suárez y su guionista David Viñas idearon una historia de grupo, pero esquivaron toda alegoría y situaron sus tres historias en un marco muy definido. Marco definido social -tres clases-, histórica -1958- y políticamente -la lucha por la enseñanza laica o libre, la inserción argentina en el mundo-, y estos rasgos distinguen al film de sus contemporáneos. Aquí no hay un laboratorio donde se investiga fríamente el microcosmos de un grupo, sino un relato que se empecina en dar cuenta del destino de una generación y tal vez una nación. Por eso es que puede hablarse de totalidad: por las decisiones de "enfoque narrativo" descriptas, con las que se corresponden -sin querer hacer un juego de palabras- las decisiones de "enfoque visual" al emplear casi invariablemente la profundidad de campo, fruto del neorrealismo y de la influencia que Orson Welles ejerció desde siempre sobre Martínez Suárez.
Esa totalidad es asimismo geográfica, aspecto que sí relaciona Dar la cara con otros films de la "Generación". Al igual que Los de la mesa 10 (Feldman, 1960) o Alias Gardelito (Murúa, 1961) o Prisioneros de una noche (Kohon, 1962), Dar la cara define con precisión un espacio urbano que tiene una incidencia decisiva sobre Beto, Mariano, Bernardo y los otros. No son sólo los personajes quienes "descubren" ciertos sitios de la ciudad, sino que es también el espectador quien realiza esta trasposición, en tanto el cine argentino nunca había reparado en ellos. La calle dejó de ser el espacio apacible de la concordia y el encuentro barrial y -aun coexistiendo con los chicos jugando a la pelota y el diariero- devino topografía beligerante, ámbito de lucha e incomodidad. La circulación de los activos personajes de Dar la cara no tiene paz, en tanto el relevamiento urbano que efectúan es un desplazamiento tras su propio lugar, delineando un circuito que los encierra y a un tiempo los contiene, y que será tematizado de modo notable por Martínez Suárez en su último film: Noches sin lunas ni soles. En ella los espacios, en vez de expandirse como en Dar la cara, se contraían, conforme a la encerrona que cercaba al protagonista en un barrio de Palermo jamás mejor representado.
El guión permitía abordar tres clase sociales y tres escenarios muy diferenciados entre sí: el grupo del universitario, el de la industria del cine y el del ciclista, que es de una clase social inferior. Había un gran horizonte para trabajar. Podía quedar muy poco afuera de esa "pintura". No hay buenas películas sobre un mal libro ni malas películas sobre un buen libro. El libro era de gran solidez, y lo digo porque había un segmento que casi desconocía: el universitario. Yo no lo soy. David me dio las pautas. Siempre hablo con conocimiento de causa. Por eso, al tomar el personaje de Beto, que es corredor de bicicletas, buscamos al chico Carlos Sarlenga, campeón de velocidad, para asesorar. Leonardo Favio iba con él cada mañana en bicicleta hasta el Tigre desde Sarmiento al 1900, ida y vuelta. Por eso, cuando tuvimos que rodar, Leonardo no se subió a la bicicleta como lo haríamos nosotros, sino como profesional. Se había afeitado las piernas, porque a los corredores los pelos les producen infecciones. Así fue que los personajes tuvieron un tratamiento verosímil.
-La novela es posterior al film, ¿verdad?
JMS: -Sí. Mientras la hicimos, Dar la cara fue sólo un guión. Después hubo un concurso en la editorial Sudamericana y David me comenta entonces la posibilidad de la publicación. Por eso yo soy autor de una película sobre novela que no he leído nunca. Es posible que la novela haya salido antes del estreno, pero en todo caso fue después del rodaje.
-Hace algunos años usted tuvo la idea de retomar los personajes.
JMS: -Sí, hará unos quince años. Quedó en idea. Al fin y al cabo esa es la propuesta de Priestley en El tiempo y los Conway: qué son, qué quisieron ser y qué fueron.
-¿Cómo estaba planteada esa continuación?
JMS: -El padre de Beto Cattani murió y él se quedó con el kiosko de Carlos Pellegrini al 400. Dejó el ciclismo, claro. Luis Medina Castro abandonó sus ideas políticas y se dedicó a atender la propuestas económicas de las empresas importantes del centro de Santa Fe. Carbó siguió trabajando en los estudios del padre, medio retirado, haciendo un cine absolutamente innecesario. Ojo que esta es una visión personal mía y nada más, ¿eh? Son criaturas de David así que es posible que él tenga otras ideas. Pero, en lo que a mí respecta, en ninguno de los tres fructifican las aspiraciones juveniles.
-¿Por qué se le ocurrieron esos destinos?
JMS: -No sé. Será porque la vida me ha transmitido una cierta desesperanza. La mayoría de los amigos de mi juventud, con quienes habíamos tenido esos sueños, no pudieron cumplirlos, fueron absorbidos por el mecanismo cotidiano, por una forma de vida en la que aquellos sueños se desvanecieron.
-Bueno pero, por lo que usted plantea, sería como pensar que los personajes caen presos de las mismas cosas que cuestionaban en sus propios padres.JMS: -La respuesta es que sí, con la salvedad de que a los padres les había tocado vivir otras circunstancias.
Es inusual, en el cine argentino, que las paradojas redunden en una obra marcada por la personalidad. Al revés: lo frecuente es que deriven en inconsistencias, ambigüedades, o indescriptibles e indescifrables cambios de rumbo y contradicciones finalmente insalvables, que terminan por alejar a los proyectos originales de aquello en que se convirtieron al filmarse. En los films de Martínez Suárez la constatación de la paradoja multiplica los sentidos, enriquece la revisión de su obra al punto de transformarla en una de las más singulares del trágico devenir de nuestro cine.
La paradoja crucial radica en la doble adscripción de Martínez Suárez al "cine de estudios" y a la "Generación del '60". Pero no hay un antes y un después en estos aprendizajes, saberes y filiaciones. No es que hubo un referente inicial que después cambió por otro. Ambos cohabitan y cohabitaron desde el comienzo, intersectándose e influyéndose, y esa cualidad es la que impide colocar los films del autor en un territorio u otro, dejándolos en una zona solitaria y quizá equidistante de ambos, como si lo que revelaran es que el alumno busca construir su propio saber y su propio universo ficcional en vez de querer mostrarse como quien sólo ha "aprendido la lección".
Son aislados los casos de cineastas argentinos que, como Martínez Suárez, pudieron procesar así aprendizajes e influencias como un modo de orientar su producción estética sin que deje de constar ese hilo conductor que los conecta con tradiciones y experiencias: quizá Luis Saslavsky, o Leonardo Favio, o Hugo Santiago, o Adolfo Aristarain sean de los pocos que lograron escapar de ese laberinto. El problema, entonces, no es que haya nexos con ciertos tipos de cine sino cómo se ponen en juego dichos nexos.
Y aunque la adscripción a los "estudios" -y más específicamente a Lumiton, entendida como la casa de su aprendizaje- es tan manifiesta como la adscripción "generacional", esta doble condición de afectos y elecciones, esta aparente tensión o batalla va a plantearse en el modo de poner en escena sus historias. No es que los datos biográficos expliquen sus películas, sino a la inversa: las propuestas cinematográficas de sus películas demuestran que esa doble condición no sólo es biográfica sino vital.
(...) Como si profundizara ciertas aristas dramáticas insinuadas en El crack, en Dar la cara (1962) Martínez Suárez concreta su obra más compleja. La denuncia del complot y la intención de inventar "otras" reglas de juego que las impuestas por los "mayores", amplían el horizonte que esbozara El crack. Ya no es lo pequeño como sinécdoque o alusión a cuestiones mayores, sino la ambición de totalidad. Totalidad es la palabra fundamental: de la diversidad de clases al problema de los padres -reales y simbólicos-, del deseo libertario al eje campo-ciudad.
De algún modo, este film sintetiza un cambio de imaginario: si el imaginario social de los '30 puede pensarse a través de Los tres berretines (Susini-Lumiton, 1933), al cruzar el fútbol con el tango y el cine, el de los '60 puede pensarse a través de Dar la cara, al articular el aporte con la universidad y el cine. Es que Dar la cara es el reverso de films sorprendentemente complementarios como El jefe (Ayala, 1959) y Los venerables todos (Antin, 1962), o de la emblemática Los jóvenes viejos (Kuhn, 1962). En ellas prevalecía ese tic "generacional" del relato minucioso de lo que le ocurre a un grupo. Es verdad que Martínez Suárez y su guionista David Viñas idearon una historia de grupo, pero esquivaron toda alegoría y situaron sus tres historias en un marco muy definido. Marco definido social -tres clases-, histórica -1958- y políticamente -la lucha por la enseñanza laica o libre, la inserción argentina en el mundo-, y estos rasgos distinguen al film de sus contemporáneos. Aquí no hay un laboratorio donde se investiga fríamente el microcosmos de un grupo, sino un relato que se empecina en dar cuenta del destino de una generación y tal vez una nación. Por eso es que puede hablarse de totalidad: por las decisiones de "enfoque narrativo" descriptas, con las que se corresponden -sin querer hacer un juego de palabras- las decisiones de "enfoque visual" al emplear casi invariablemente la profundidad de campo, fruto del neorrealismo y de la influencia que Orson Welles ejerció desde siempre sobre Martínez Suárez.
Esa totalidad es asimismo geográfica, aspecto que sí relaciona Dar la cara con otros films de la "Generación". Al igual que Los de la mesa 10 (Feldman, 1960) o Alias Gardelito (Murúa, 1961) o Prisioneros de una noche (Kohon, 1962), Dar la cara define con precisión un espacio urbano que tiene una incidencia decisiva sobre Beto, Mariano, Bernardo y los otros. No son sólo los personajes quienes "descubren" ciertos sitios de la ciudad, sino que es también el espectador quien realiza esta trasposición, en tanto el cine argentino nunca había reparado en ellos. La calle dejó de ser el espacio apacible de la concordia y el encuentro barrial y -aun coexistiendo con los chicos jugando a la pelota y el diariero- devino topografía beligerante, ámbito de lucha e incomodidad. La circulación de los activos personajes de Dar la cara no tiene paz, en tanto el relevamiento urbano que efectúan es un desplazamiento tras su propio lugar, delineando un circuito que los encierra y a un tiempo los contiene, y que será tematizado de modo notable por Martínez Suárez en su último film: Noches sin lunas ni soles. En ella los espacios, en vez de expandirse como en Dar la cara, se contraían, conforme a la encerrona que cercaba al protagonista en un barrio de Palermo jamás mejor representado.
jueves, 31 de enero de 2013
Herzog sobre "Fata morgana"
Adjuntamos un fragmento del libro Herzog on Herzog, en el que el director alemán, en diálogo con Paul Cronin, habla sobre Fata morgana.
- Filmó Fata Morgana antes de También los Enanos empezaron pequeños, pero esperó un par de años para estrenarla. ¿Por qué?
- En ese momento no sentí que Fata Morgana fuese inaccesible, todo lo contrario. La película no está allí para decirte qué pensar. No la estructuré para meterte ideas en la cabeza. Quizás más que en cualquier otra película que haya hecho, Fata Morgana necesita el complemento de la audiencia, por lo que todas las sensaciones, pensamientos e interpretaciones son bienvenidas. Hoy, 40 años después está mucho más viva y vigente para el público. Es como algo que no han visto nunca antes, y creo que todos tienen su propia interpretación del film.
Pero inmediatamente después de finalizar la película sentí que la gente iba a ridiculizarla. Sentí que Fata Morgana era frágil como una telaraña y no lo consideré un trabajo suficientemente fuerte como para estrenarlo.
Una de las razones quizás sea lo horroroso que la pasamos mientras la filmamos. Siempre sentí que a veces es mejor mantener tu trabajo en secreto, entregárselo a los amigos antes de morir, pedir que sea pasado de amigo a amigo, y nunca permitiendo que se haga público. Sólo después de que haya sido transmitido a varias generaciones el film puede ser estrenado. Mantuve la película sin estrenar durante dos años, pero fui sinuosamente engañado por mis amigos Lotte Eisner y Henri Langlois quienes tomaron prestada una copia y la entregaron al Festival de Cine de Cannes. Cuando finalmente fue estrenada fue un gran éxito entre los jóvenes que habían tomado diversas drogas y fue vista como uno de los primeros filmes de arte psicodélico europeos, lo cual, por supuesto, no tiene ningún tipo de relación en absoluto.
- Amos Vogel denominó a la película como “Un juego cósmico de palabras en el cinéma verité”. ¿Fue al desierto con un guión, o sus intenciones fueron documentar lo que encontrara?
-N unca busco historias para contar, más bien ellas me sorprenden, y supe que había algo que necesitaba filmar en África. Aquellos paisajes primordiales y arquetípicos del desierto me fascinaron desde mi primera visita al continente. Pero Fata Morgana se convirtió pronto en una extremadamente difícil ordalía, algo que contagió la sensación general de También los Enanos Empezaron Pequeños, que fue realizada casi inmediatamente después de finalizar Fata Morgana. Aunque fui bastante cauteloso en África, siempre pareció que me iría mal allí. No soy una de esas personas nostálgicas del tipo Kilimanjaro de Hemingway que aman rastrear animales a través de la maleza con un arma de elefante mientras son abanicadas por los nativos. África es un lugar que siempre me ha dejado de alguna manera asustado, un sentimiento del cual no me desprenderé debido a las experiencias que tuve allí de joven. Lo que experimenté en el rodaje de Fata Morgana, tristemente, no fue diferente. Mi plan era ir al sur del Sahara a filmar una especie de historia de ciencia ficción sobre extraterrestres del planeta Andrómeda, una estrella fuera de nuestra galaxia, que llegaban a un planeta muy extraño. No es la tierra, sino un lugar recientemente descubierto dónde las personas viven esperando una inminente catástrofe, una colisión con el sol que ocurrirá en dieciséis años. La idea era que después de que ellos filmaran un reporte sobre el lugar, nosotros, cineastas humanos, descubríamos su material y lo editábamos en una especie de película de investigación similar a un despertar por primera vez. Con esto terminado, seríamos capaces de ver exactamente cómo los extraterrestres perciben el planeta.
Pero desde el primer día de rodaje decidí desechar esta idea. Los espejismos se habían apoderado de mí y los aspectos visionarios del paisaje del desierto fueron mucho más poderosos que cualquier otra idea previa que haya tenido para el film, así que eché a la basura la historia, abrí mis ojos y oídos y sólo filmé los espejismos del desierto. No hice preguntas, dejé que sucediera. Mis reacciones a lo que veía a mí alrededor fueron como las de un bebé de dieciocho meses explorando el mundo. Fue como si me despertara luego de una noche de borrachera y experimentara un momento de total claridad. Todo lo que tenía que hacer era capturar las imágenes que viera en el desierto y tendría mi película. Todavía quedan en ella algunos aspectos de la ciencia ficción. Por ejemplo, la manera en que, a pesar de estar obviamente filmada en la tierra, la película no muestra necesariamente la belleza, la armonía y el horror de nuestro mundo, más bien una utopía (o distopía) de belleza, armonía y horror. Cuando ves Fata Morgana, observas los paisajes avergonzados de nuestro mundo, una idea que se repite a lo largo de mi trabajo, desde El enigma de Gaspar Hauser a Pilgrimage.
- ¿Qué es en realidad un “fata morgana”?
- “Fata morgana” significa espejismo. La primera escena del film consiste en ocho tomas de ocho aviones diferentes aterrizando uno tras otro. Tuve la sensación de que el público que para el sexto o séptimo aterrizaje continuase viendo, se quedaría hasta el final. Esta escena inicial clasifica al público, es una especie de prueba. Mientras el día se hace más caluroso y el aire se vuelve cada vez más seco, las imágenes se hacen más borrosas, más impalpables. Algo visionario se inserta (algo como un sueño febril) que se queda con nosotros durante toda la película. Éste fue el motif de Fata Morgana: capturar cosas que no son reales, ni siquiera realmente allí.
En el desierto puedes, en efecto, filmar espejismos. Por supuesto, no puedes filmar alucinaciones que aparecen sólo dentro de tu mente, pero los espejismos son completamente diferentes. Un espejismo es un reflejo de espejo sobre un objeto que existe y puedes ver, pero no tocar. Es un efecto similar al de tomarse una fotografía de uno mismo en el espejo del baño. No estás realmente allí, en el reflejo, pero puedes fotografiarte a ti mismo. El mejor ejemplo que puedo darte fueron las escenas que rodamos del micro en el horizonte. Es una imagen extraña; el micro parece estar casi flotando en el agua, y la gente parece deslizarse, no caminar. El calor ese día fue increíble. Estábamos tan sedientos y sabíamos que algunos autobuses tenían suministros de hielo a bordo, así que detuvimos la cámara y nos precipitamos allí. Pero no encontramos un solo rastro de nada. No había ningún autobús. No había nada allí, nunca lo había habido, y sin embargo habíamos sido capaces de filmarlo. Así que debía haber un autobús en algún lugar, quizás a 100 o 300 millas de distancia, que era visible para nosotros por las capas de aire caliente que reflejan la imagen existente real.
- ¿Cómo fue filmar en el medio del Sahara con poco dinero y un equipo tan pequeño?- En el camino a África salimos de Marsella y dormimos todos en los dos autos que teníamos porque no podíamos pagar un hotel. Y había verdaderos problemas técnicos para filmar en el desierto. Las emulsiones del material virgen comenzaban a derretirse con el calor y durante las tormentas de arena era absolutamente imposible mantener las cámaras totalmente selladas y libres de arena. Nos pasábamos días enteros limpiándolas después y buscando maneras de mantener el material virgen fresco.
Las tomas de travelling de todos esos paisajes las hicimos desde el techo de nuestra van VW. Algunas tomaron mucho trabajo porque pasábamos días alisando el terreno antes de empezar a filmar. Necesitábamos muchas zonas alisadas (algo que teníamos que hacer con este calor increíble) porque sentí que una sola toma de travelling de seis minutos diría mucho más que tres tomas de dos minutos. Así que Jorg Schmidt-Reitwein estaría filmando y yo conduciendo. Me pareció que era importante aprender a moverme con el ritmo y la sensualidad del paisaje porque me di cuenta rápidamente que lo que podemos llamar cámara “mecánica” no funcionaba en el desierto.
Toda la maquinaria que se ve en el desierto parte de un depósito abandonado argelino. Me gusta la desolación y los restos de civilización que había allí, cosas que sumaron a aquella idea de ciencia ficción. Nos encontraríamos tirada en el medio del desierto, una mezcladora de cemento o algo similar, a 100 millas de distancia del mayor establecimiento o ciudad. Te paras frente a estas cosas y son absolutamente impresionantes. ¿Fueron antiguos astronautas quienes pusieron esas cosas allí? ¿O fueron hechas por el hombre? De ser así, ¿qué demonios hacen allí? Encontramos tantas cosas absurdas... Pero hay algo primordial, misterioso… sensual del desierto. No es solo el paisaje, se trata de una forma de vida. La soledad es lo más abrumador. Hay una calidad silenciosa para todo. Mi tiempo en el desierto es parte de una búsqueda que aún no ha terminado para mí, y aunque íbamos en auto, fue como si lo hubiésemos hecho a pie.
- Una vez que desechó el guión, ¿tuvo algún plan para la filmación, alguna estructura? - Ninguna, simplemente filmamos lo que quisimos, sin ninguna idea coherente sobre lo que haríamos con el material una vez de vuelta en casa. Durante el rodaje de Flying Doctors, había empezado a filmar algunas secuencias para Fata Morgana en Tanzania y Kenya con el fotógrafo Thomas Mauch. Luego fuimos a Uganda con la intención de filmar a John Okello, el hombre que unos años antes había escenificado una rebelión en Zanzíbar y a los 28 años de edad se había autoproclamado Mariscal de campo. Él fue también la mente maestra detrás de las atrocidades cometidas contra la población árabe de allí. Estuve, de hecho en contacto con Okello por un tiempo. El quería que tradujera y publicara su libro, algo que gratamente no hice, aunque nombré Okello a un personaje de Aguirre un par de años después. Okello nos daría increíbles discursos llenos de sus histéricas y atroces fantasías mediante el sistema de parlantes de su avión, el clima y el sabor que fueron una fuerte influencia en el lenguaje que utiliza Aguirre. Resultó que Okello había estado preso en Uganda durante el último año y medio y la policía se interesó en nuestro material. Nos la arreglamos para mantenerlo y huir del país.
Regresé a casa luego de Flying doctors y luego partí al Sahara en dos autos, inicialmente con esta idea de la ciencia ficción, y tres hombres: Hans Dieter Sauer, quien había estudiado geofísica y había cruzado el Sahara varias veces, el fotógrafo Gunther Freyse y el cámara Schmidt-Reitwein. Acabé haciendo la grabación del sonido, pero en nuestro primer día en la ruta, apenas fuera de Munich, tuvimos que abrir el capó de la camioneta y accidentalmente lo cerré en la mano de Schmidt-Reitwein. Le rompí los huesos de su dedo en catorce pedazos y necesitaba un alambre de acero especial para fijar todo en su lugar. Todo empezó de manera muy desafortunada.
El primer lugar que filmamos fueron las salinas de Chott Djerid y luego fuimos al sur de las montañas Hoggar en el medio del desierto argelino, antes de dirigirnos al sur de la República de Níger. Para el momento en que llegamos al sur del Sahara, las condiciones eran más dificultosas porque era el inicio de la temporada de lluvias con lodo, tormentas de arena y aún peligros peores.
Pero también era la temporada más calurosa, y era el único momento en el que podíamos filmar los espejismos, así que no tuvimos más remedio que aceptar estos desafíos feroces de la naturaleza.
Después de eso nos fuimos a Costa de Marfil a filmar en una laguna, que es donde la procesión y los cantos que más tarde utilicé en También los Enanos Empezaron pequeños fueron filmados. Luego quise regresar a Uganda a filmar en las montañas Ruwenzori donde hay una especie de paisaje prehistórico. Tres o cuatrocientos metros arriba hay una misteriosa vegetación que puede ser comparada con una de la era de los dinosaurios. No podíamos cruzar por Nigeria a causa de la guerra civil que asolaba allí, así que se puso de manifiesto que no íbamos a llegar a Uganda. Eventualmente decidimos ir al Congo, y terminamos viajando a Camerún en barco y luego al sureste por tierra. Casi inmediatamente después de llegar a Camerún, las cosas se nos fueron completamente de las manos.
- Deduzco que un poco antes de su llegada cinco alemanes habían sido atrapados en el medio de problemas entre la República Centroafricana y las provincias orientales de los congoleños y fueron muertos cerca de la frontera de Uganda.- Si, hubo un fallido golpe de Estado en Camerún unas semanas antes de nuestra llegada. Los cuatro fuimos arrestados porque Schmidt-Reitwein tuvo la mala suerte de tener un nombre similar al de un mercenario alemán que las autoridades estaban buscado y que había sido declarado a muerte en ausencia. Fuimos arrojados a una pequeña celda con otros seis hombres. Fuimos muy maltratados. No quiero entrar en detalles, pero la situación se fue de control y Schmidt-Reitwein y yo contrajimos malaria y esquistosomiasis, un parásito en la sangre. Cuando finalmente salimos, había todavía una orden en todo el país sobre nosotros, ya sea a propósito o por descuido, los oficiales se olvidaron de cancelarla, así que cada vez que pasábamos por una ciudad fuimos arrestados. Paramos de filmar sólo cuando estuvimos totalmente exhaustos, y después de llegar a Bangui, en la República Centroafricana, tomamos un avión de regreso a Alemania. Habíamos estado en el desierto por tres meses. Dos meses más tarde estaba de vuelta en Lanzarote, en las Islas Canarias comenzando a trabajar en También los enanos empezaron pequeños, que es donde finalmente terminé el rodaje de Fata Morgana.
Hoy Fata Morgana me resulta muy frenética, como si una gran catástrofe estuviese a la vuelta de la esquina en cada escena. Creo que nuestras experiencias le otorgaron vida a Fata Morgana, pero a diferencia de los sentimientos de ira y amargura que llevé a la locación donde rodamos Los enanos..., no creo que nuestras experiencias en África hayan afectado el sentimiento general en un solo cuadro de Fata Morgana, al menos no de manera oscura. Más bien, aprendí a luchar por sacar algo creativo de la peor serie de circunstancias que he encontrado, que viene con algo claro, transparente y puro.
- ¿Quién es la gente que aparece en el film? ¿Los conoció en el camino?- Nada fue planeado, nos tropezamos con ellos, incluidos la mujer que toca el piano y el chico de gafas en la batería. Lo filmamos en un burdel de Lanzarote durante Los enanos... Ella es la Madame, el es el alcahuete que estaba a cargo de la disciplina y no paraba de golpear a las prostitutas que no tenían suficientemente satisfechos a los clientes. Mirando atrás, probablemente haya incluido esa secuencia porque la película es sobre gente en ruinas en lugares en ruinas, y esa escena habló de una terrible tristeza y desesperación.
Creo que fue en la República de Níger, donde nos encontramos con la enfermera parada en el charco con los niños, enseñándoles a decir «Blitzkrieg ista Wahnsinn" ["La guerra es una locura"]. Siempre pensé que el hombre que lee la carta que saca del bolsillo fue muy conmovedor. Era un alemán que vivía muy pobremente en Argelia. Había sido un legionario extranjero que luchó para los franceses contra los revolucionarios argelinos, pero en un momento durante la guerra había desertado y cambiado de bando. Realmente me gustó la actitud de dignidad que tuvieron los aldeanos que lo alimentaron y lo cuidaron, en el mundo musulmán hay gente como ésta, de mucha grandeza. En el momento en que lo conocimos se había, prácticamente, enloquecido y había estado llevando consigo una carta que había sido escrita quince años antes por su madre. Cuando se lo pedí, la leyó muy orgullosamente a la cámara. Se puede ver que está por los suelos; la guardó bajo su camisa por tanto tiempo. El hombre de los reptiles era de Suiza y claramente había estado al sol durante mucho tiempo. Era el dueño del pequeño hotel donde estuvimos durante la filmación de Los enanos... En ese momento era el único hotel de la isla, algo inconcebible hoy cuando ves en lo que se ha convertido el lugar. Está totalmente destruido y arruinado por el turismo. Para mi ya no existe más.
- ¿Así que la estructura de tres partes del film fue concebida durante el montaje?- Sí, llevamos a casa el material y empezamos a ver lo que teníamos. Por supuesto, no habíamos tenido la oportunidad de ver nada durante la filmación, así que el montaje de Fata Morgana significó un proceso mucho más importante para mí del que suele ser en el resto de mis películas.
La estructura de tres partes -La creación, Paraíso y La edad de oro- fueron establecidas una vez que el rodaje había finalizado. Miré el material y dije, por ejemplo “Sí, esto pertenece a la primera parte, esto a la última”. Algunas imágenes las organicé yo, otras parecieron organizarse por sí mismas. No puedo explicarlo realmente.
Para la voz en off de “La creación”, adapté un texto tomado de algo con lo que me había encontrado mientras viví en México, el libro sagrado de los indios quiché, el Popol Vuh, uno de los trabajos más hermosos que he leído. Consiste en varios pasajes de las hazañas heroicas de las primeras migraciones. Los episodios sobre la creación explican que fue tal la falla que los Dioses empezaron de nuevo, creo que cuatro veces, y al final tuvieron que aniquilar a toda la gente que ellos mismos habían creado. Florian Fricke, un colaborador de confianza de muchos años, que hizo la música de muchas de mis películas, formó una banda llamada Popol Vuh como una especie de homenaje al libro. Cuando me senté a ver el material, sentí que el texto del Popol Vuh correspondía a las imágenes que estaba observando, así que tomé los mitos de la creación de los libros y los alteré ligeramente para la voz en off del primer tercio del film. Las otras dos secciones tienen textos que yo mismo escribí.
Fata Morgana es una película que llevo en mi corazón porque dos personas extraordinarias colaboraron conmigo. Una de ellas fue Lotte Eisner, quien hizo la voz en off original en alemán y de quien hablaré más adelante. Viajé a su apartamento de París y lo grabé con un Nagra en una sola toma, sin ensayos. La otra persona fue Amos Vogel, quien refinó la traducción en inglés que hice de la voz en off. Amos es un hombre extraordinario, un verdadero visionario y que ha sido un mentor y consejero en los últimos años.
Traducción: Cristian N. García
- Filmó Fata Morgana antes de También los Enanos empezaron pequeños, pero esperó un par de años para estrenarla. ¿Por qué?
- En ese momento no sentí que Fata Morgana fuese inaccesible, todo lo contrario. La película no está allí para decirte qué pensar. No la estructuré para meterte ideas en la cabeza. Quizás más que en cualquier otra película que haya hecho, Fata Morgana necesita el complemento de la audiencia, por lo que todas las sensaciones, pensamientos e interpretaciones son bienvenidas. Hoy, 40 años después está mucho más viva y vigente para el público. Es como algo que no han visto nunca antes, y creo que todos tienen su propia interpretación del film.
Pero inmediatamente después de finalizar la película sentí que la gente iba a ridiculizarla. Sentí que Fata Morgana era frágil como una telaraña y no lo consideré un trabajo suficientemente fuerte como para estrenarlo.
Una de las razones quizás sea lo horroroso que la pasamos mientras la filmamos. Siempre sentí que a veces es mejor mantener tu trabajo en secreto, entregárselo a los amigos antes de morir, pedir que sea pasado de amigo a amigo, y nunca permitiendo que se haga público. Sólo después de que haya sido transmitido a varias generaciones el film puede ser estrenado. Mantuve la película sin estrenar durante dos años, pero fui sinuosamente engañado por mis amigos Lotte Eisner y Henri Langlois quienes tomaron prestada una copia y la entregaron al Festival de Cine de Cannes. Cuando finalmente fue estrenada fue un gran éxito entre los jóvenes que habían tomado diversas drogas y fue vista como uno de los primeros filmes de arte psicodélico europeos, lo cual, por supuesto, no tiene ningún tipo de relación en absoluto.
- Amos Vogel denominó a la película como “Un juego cósmico de palabras en el cinéma verité”. ¿Fue al desierto con un guión, o sus intenciones fueron documentar lo que encontrara?
-N unca busco historias para contar, más bien ellas me sorprenden, y supe que había algo que necesitaba filmar en África. Aquellos paisajes primordiales y arquetípicos del desierto me fascinaron desde mi primera visita al continente. Pero Fata Morgana se convirtió pronto en una extremadamente difícil ordalía, algo que contagió la sensación general de También los Enanos Empezaron Pequeños, que fue realizada casi inmediatamente después de finalizar Fata Morgana. Aunque fui bastante cauteloso en África, siempre pareció que me iría mal allí. No soy una de esas personas nostálgicas del tipo Kilimanjaro de Hemingway que aman rastrear animales a través de la maleza con un arma de elefante mientras son abanicadas por los nativos. África es un lugar que siempre me ha dejado de alguna manera asustado, un sentimiento del cual no me desprenderé debido a las experiencias que tuve allí de joven. Lo que experimenté en el rodaje de Fata Morgana, tristemente, no fue diferente. Mi plan era ir al sur del Sahara a filmar una especie de historia de ciencia ficción sobre extraterrestres del planeta Andrómeda, una estrella fuera de nuestra galaxia, que llegaban a un planeta muy extraño. No es la tierra, sino un lugar recientemente descubierto dónde las personas viven esperando una inminente catástrofe, una colisión con el sol que ocurrirá en dieciséis años. La idea era que después de que ellos filmaran un reporte sobre el lugar, nosotros, cineastas humanos, descubríamos su material y lo editábamos en una especie de película de investigación similar a un despertar por primera vez. Con esto terminado, seríamos capaces de ver exactamente cómo los extraterrestres perciben el planeta.
Pero desde el primer día de rodaje decidí desechar esta idea. Los espejismos se habían apoderado de mí y los aspectos visionarios del paisaje del desierto fueron mucho más poderosos que cualquier otra idea previa que haya tenido para el film, así que eché a la basura la historia, abrí mis ojos y oídos y sólo filmé los espejismos del desierto. No hice preguntas, dejé que sucediera. Mis reacciones a lo que veía a mí alrededor fueron como las de un bebé de dieciocho meses explorando el mundo. Fue como si me despertara luego de una noche de borrachera y experimentara un momento de total claridad. Todo lo que tenía que hacer era capturar las imágenes que viera en el desierto y tendría mi película. Todavía quedan en ella algunos aspectos de la ciencia ficción. Por ejemplo, la manera en que, a pesar de estar obviamente filmada en la tierra, la película no muestra necesariamente la belleza, la armonía y el horror de nuestro mundo, más bien una utopía (o distopía) de belleza, armonía y horror. Cuando ves Fata Morgana, observas los paisajes avergonzados de nuestro mundo, una idea que se repite a lo largo de mi trabajo, desde El enigma de Gaspar Hauser a Pilgrimage.
- ¿Qué es en realidad un “fata morgana”?
- “Fata morgana” significa espejismo. La primera escena del film consiste en ocho tomas de ocho aviones diferentes aterrizando uno tras otro. Tuve la sensación de que el público que para el sexto o séptimo aterrizaje continuase viendo, se quedaría hasta el final. Esta escena inicial clasifica al público, es una especie de prueba. Mientras el día se hace más caluroso y el aire se vuelve cada vez más seco, las imágenes se hacen más borrosas, más impalpables. Algo visionario se inserta (algo como un sueño febril) que se queda con nosotros durante toda la película. Éste fue el motif de Fata Morgana: capturar cosas que no son reales, ni siquiera realmente allí.
En el desierto puedes, en efecto, filmar espejismos. Por supuesto, no puedes filmar alucinaciones que aparecen sólo dentro de tu mente, pero los espejismos son completamente diferentes. Un espejismo es un reflejo de espejo sobre un objeto que existe y puedes ver, pero no tocar. Es un efecto similar al de tomarse una fotografía de uno mismo en el espejo del baño. No estás realmente allí, en el reflejo, pero puedes fotografiarte a ti mismo. El mejor ejemplo que puedo darte fueron las escenas que rodamos del micro en el horizonte. Es una imagen extraña; el micro parece estar casi flotando en el agua, y la gente parece deslizarse, no caminar. El calor ese día fue increíble. Estábamos tan sedientos y sabíamos que algunos autobuses tenían suministros de hielo a bordo, así que detuvimos la cámara y nos precipitamos allí. Pero no encontramos un solo rastro de nada. No había ningún autobús. No había nada allí, nunca lo había habido, y sin embargo habíamos sido capaces de filmarlo. Así que debía haber un autobús en algún lugar, quizás a 100 o 300 millas de distancia, que era visible para nosotros por las capas de aire caliente que reflejan la imagen existente real.
- ¿Cómo fue filmar en el medio del Sahara con poco dinero y un equipo tan pequeño?- En el camino a África salimos de Marsella y dormimos todos en los dos autos que teníamos porque no podíamos pagar un hotel. Y había verdaderos problemas técnicos para filmar en el desierto. Las emulsiones del material virgen comenzaban a derretirse con el calor y durante las tormentas de arena era absolutamente imposible mantener las cámaras totalmente selladas y libres de arena. Nos pasábamos días enteros limpiándolas después y buscando maneras de mantener el material virgen fresco.
Las tomas de travelling de todos esos paisajes las hicimos desde el techo de nuestra van VW. Algunas tomaron mucho trabajo porque pasábamos días alisando el terreno antes de empezar a filmar. Necesitábamos muchas zonas alisadas (algo que teníamos que hacer con este calor increíble) porque sentí que una sola toma de travelling de seis minutos diría mucho más que tres tomas de dos minutos. Así que Jorg Schmidt-Reitwein estaría filmando y yo conduciendo. Me pareció que era importante aprender a moverme con el ritmo y la sensualidad del paisaje porque me di cuenta rápidamente que lo que podemos llamar cámara “mecánica” no funcionaba en el desierto.
Toda la maquinaria que se ve en el desierto parte de un depósito abandonado argelino. Me gusta la desolación y los restos de civilización que había allí, cosas que sumaron a aquella idea de ciencia ficción. Nos encontraríamos tirada en el medio del desierto, una mezcladora de cemento o algo similar, a 100 millas de distancia del mayor establecimiento o ciudad. Te paras frente a estas cosas y son absolutamente impresionantes. ¿Fueron antiguos astronautas quienes pusieron esas cosas allí? ¿O fueron hechas por el hombre? De ser así, ¿qué demonios hacen allí? Encontramos tantas cosas absurdas... Pero hay algo primordial, misterioso… sensual del desierto. No es solo el paisaje, se trata de una forma de vida. La soledad es lo más abrumador. Hay una calidad silenciosa para todo. Mi tiempo en el desierto es parte de una búsqueda que aún no ha terminado para mí, y aunque íbamos en auto, fue como si lo hubiésemos hecho a pie.
- Una vez que desechó el guión, ¿tuvo algún plan para la filmación, alguna estructura? - Ninguna, simplemente filmamos lo que quisimos, sin ninguna idea coherente sobre lo que haríamos con el material una vez de vuelta en casa. Durante el rodaje de Flying Doctors, había empezado a filmar algunas secuencias para Fata Morgana en Tanzania y Kenya con el fotógrafo Thomas Mauch. Luego fuimos a Uganda con la intención de filmar a John Okello, el hombre que unos años antes había escenificado una rebelión en Zanzíbar y a los 28 años de edad se había autoproclamado Mariscal de campo. Él fue también la mente maestra detrás de las atrocidades cometidas contra la población árabe de allí. Estuve, de hecho en contacto con Okello por un tiempo. El quería que tradujera y publicara su libro, algo que gratamente no hice, aunque nombré Okello a un personaje de Aguirre un par de años después. Okello nos daría increíbles discursos llenos de sus histéricas y atroces fantasías mediante el sistema de parlantes de su avión, el clima y el sabor que fueron una fuerte influencia en el lenguaje que utiliza Aguirre. Resultó que Okello había estado preso en Uganda durante el último año y medio y la policía se interesó en nuestro material. Nos la arreglamos para mantenerlo y huir del país.
Regresé a casa luego de Flying doctors y luego partí al Sahara en dos autos, inicialmente con esta idea de la ciencia ficción, y tres hombres: Hans Dieter Sauer, quien había estudiado geofísica y había cruzado el Sahara varias veces, el fotógrafo Gunther Freyse y el cámara Schmidt-Reitwein. Acabé haciendo la grabación del sonido, pero en nuestro primer día en la ruta, apenas fuera de Munich, tuvimos que abrir el capó de la camioneta y accidentalmente lo cerré en la mano de Schmidt-Reitwein. Le rompí los huesos de su dedo en catorce pedazos y necesitaba un alambre de acero especial para fijar todo en su lugar. Todo empezó de manera muy desafortunada.
El primer lugar que filmamos fueron las salinas de Chott Djerid y luego fuimos al sur de las montañas Hoggar en el medio del desierto argelino, antes de dirigirnos al sur de la República de Níger. Para el momento en que llegamos al sur del Sahara, las condiciones eran más dificultosas porque era el inicio de la temporada de lluvias con lodo, tormentas de arena y aún peligros peores.
Pero también era la temporada más calurosa, y era el único momento en el que podíamos filmar los espejismos, así que no tuvimos más remedio que aceptar estos desafíos feroces de la naturaleza.
Después de eso nos fuimos a Costa de Marfil a filmar en una laguna, que es donde la procesión y los cantos que más tarde utilicé en También los Enanos Empezaron pequeños fueron filmados. Luego quise regresar a Uganda a filmar en las montañas Ruwenzori donde hay una especie de paisaje prehistórico. Tres o cuatrocientos metros arriba hay una misteriosa vegetación que puede ser comparada con una de la era de los dinosaurios. No podíamos cruzar por Nigeria a causa de la guerra civil que asolaba allí, así que se puso de manifiesto que no íbamos a llegar a Uganda. Eventualmente decidimos ir al Congo, y terminamos viajando a Camerún en barco y luego al sureste por tierra. Casi inmediatamente después de llegar a Camerún, las cosas se nos fueron completamente de las manos.
- Deduzco que un poco antes de su llegada cinco alemanes habían sido atrapados en el medio de problemas entre la República Centroafricana y las provincias orientales de los congoleños y fueron muertos cerca de la frontera de Uganda.- Si, hubo un fallido golpe de Estado en Camerún unas semanas antes de nuestra llegada. Los cuatro fuimos arrestados porque Schmidt-Reitwein tuvo la mala suerte de tener un nombre similar al de un mercenario alemán que las autoridades estaban buscado y que había sido declarado a muerte en ausencia. Fuimos arrojados a una pequeña celda con otros seis hombres. Fuimos muy maltratados. No quiero entrar en detalles, pero la situación se fue de control y Schmidt-Reitwein y yo contrajimos malaria y esquistosomiasis, un parásito en la sangre. Cuando finalmente salimos, había todavía una orden en todo el país sobre nosotros, ya sea a propósito o por descuido, los oficiales se olvidaron de cancelarla, así que cada vez que pasábamos por una ciudad fuimos arrestados. Paramos de filmar sólo cuando estuvimos totalmente exhaustos, y después de llegar a Bangui, en la República Centroafricana, tomamos un avión de regreso a Alemania. Habíamos estado en el desierto por tres meses. Dos meses más tarde estaba de vuelta en Lanzarote, en las Islas Canarias comenzando a trabajar en También los enanos empezaron pequeños, que es donde finalmente terminé el rodaje de Fata Morgana.
Hoy Fata Morgana me resulta muy frenética, como si una gran catástrofe estuviese a la vuelta de la esquina en cada escena. Creo que nuestras experiencias le otorgaron vida a Fata Morgana, pero a diferencia de los sentimientos de ira y amargura que llevé a la locación donde rodamos Los enanos..., no creo que nuestras experiencias en África hayan afectado el sentimiento general en un solo cuadro de Fata Morgana, al menos no de manera oscura. Más bien, aprendí a luchar por sacar algo creativo de la peor serie de circunstancias que he encontrado, que viene con algo claro, transparente y puro.
- ¿Quién es la gente que aparece en el film? ¿Los conoció en el camino?- Nada fue planeado, nos tropezamos con ellos, incluidos la mujer que toca el piano y el chico de gafas en la batería. Lo filmamos en un burdel de Lanzarote durante Los enanos... Ella es la Madame, el es el alcahuete que estaba a cargo de la disciplina y no paraba de golpear a las prostitutas que no tenían suficientemente satisfechos a los clientes. Mirando atrás, probablemente haya incluido esa secuencia porque la película es sobre gente en ruinas en lugares en ruinas, y esa escena habló de una terrible tristeza y desesperación.
Creo que fue en la República de Níger, donde nos encontramos con la enfermera parada en el charco con los niños, enseñándoles a decir «Blitzkrieg ista Wahnsinn" ["La guerra es una locura"]. Siempre pensé que el hombre que lee la carta que saca del bolsillo fue muy conmovedor. Era un alemán que vivía muy pobremente en Argelia. Había sido un legionario extranjero que luchó para los franceses contra los revolucionarios argelinos, pero en un momento durante la guerra había desertado y cambiado de bando. Realmente me gustó la actitud de dignidad que tuvieron los aldeanos que lo alimentaron y lo cuidaron, en el mundo musulmán hay gente como ésta, de mucha grandeza. En el momento en que lo conocimos se había, prácticamente, enloquecido y había estado llevando consigo una carta que había sido escrita quince años antes por su madre. Cuando se lo pedí, la leyó muy orgullosamente a la cámara. Se puede ver que está por los suelos; la guardó bajo su camisa por tanto tiempo. El hombre de los reptiles era de Suiza y claramente había estado al sol durante mucho tiempo. Era el dueño del pequeño hotel donde estuvimos durante la filmación de Los enanos... En ese momento era el único hotel de la isla, algo inconcebible hoy cuando ves en lo que se ha convertido el lugar. Está totalmente destruido y arruinado por el turismo. Para mi ya no existe más.
- ¿Así que la estructura de tres partes del film fue concebida durante el montaje?- Sí, llevamos a casa el material y empezamos a ver lo que teníamos. Por supuesto, no habíamos tenido la oportunidad de ver nada durante la filmación, así que el montaje de Fata Morgana significó un proceso mucho más importante para mí del que suele ser en el resto de mis películas.
La estructura de tres partes -La creación, Paraíso y La edad de oro- fueron establecidas una vez que el rodaje había finalizado. Miré el material y dije, por ejemplo “Sí, esto pertenece a la primera parte, esto a la última”. Algunas imágenes las organicé yo, otras parecieron organizarse por sí mismas. No puedo explicarlo realmente.
Para la voz en off de “La creación”, adapté un texto tomado de algo con lo que me había encontrado mientras viví en México, el libro sagrado de los indios quiché, el Popol Vuh, uno de los trabajos más hermosos que he leído. Consiste en varios pasajes de las hazañas heroicas de las primeras migraciones. Los episodios sobre la creación explican que fue tal la falla que los Dioses empezaron de nuevo, creo que cuatro veces, y al final tuvieron que aniquilar a toda la gente que ellos mismos habían creado. Florian Fricke, un colaborador de confianza de muchos años, que hizo la música de muchas de mis películas, formó una banda llamada Popol Vuh como una especie de homenaje al libro. Cuando me senté a ver el material, sentí que el texto del Popol Vuh correspondía a las imágenes que estaba observando, así que tomé los mitos de la creación de los libros y los alteré ligeramente para la voz en off del primer tercio del film. Las otras dos secciones tienen textos que yo mismo escribí.
Fata Morgana es una película que llevo en mi corazón porque dos personas extraordinarias colaboraron conmigo. Una de ellas fue Lotte Eisner, quien hizo la voz en off original en alemán y de quien hablaré más adelante. Viajé a su apartamento de París y lo grabé con un Nagra en una sola toma, sin ensayos. La otra persona fue Amos Vogel, quien refinó la traducción en inglés que hice de la voz en off. Amos es un hombre extraordinario, un verdadero visionario y que ha sido un mentor y consejero en los últimos años.
Traducción: Cristian N. García
jueves, 6 de octubre de 2011
"Pickpocket" ataca de nuevo
A finales de los cincuenta, el célebre cineasta francés Robert Bresson dirigió Pickpocket, filme que de inmediato se convirtió en un clásico de la cinematografía mundial. Este año el sello Criterion lanzó un dvd de colección de esta magistral película, edición que incluye, entre otros materiales, un documental de reciente factura con entrevistas e imágenes de archivo.
Para el estelar de Pickpocket, Bresson seleccionó a Martín Lasalle, un joven latinoamericano que nunca había actuado en su vida. A casi medio siglo del estreno, Martín Lasalle, el legendario carterista del cine francés, ahora de setenta y cinco años de edad, aparece en un parque del sur de Ciudad de México para platicar sobre su trabajo en Pickpocket.
DIPLOMACIA Y CINEFILIA
Martín Luis Lasalle Supervielle tenía veinticinco años cuando obtuvo el título de licenciado en ciencias políticas por la Universidad de París. En ese entonces, 1956, su sueño era trabajar en la Organización de las Naciones Unidas y seguir los pasos de su padre, un respetable funcionario del servicio exterior uruguayo radicado en Francia desde los años treinta. El joven Lasalle, formado para la vida diplomática, nunca se imaginó que muy pronto su vida daría un giro de 360 grados.
Había algo que a Martín le apasionaba más que la política internacional: el cine. En paralelo a sus estudios, trabajó varios años con Henri Langlois, fundador y director de la Cineteca de Paris. "Cuando tenía nueve años, mi familia tuvo que regresar a Uruguay a causa de la segunda guerra mundial. Así que mi amor por el cine nació en el Cine Club Uruguay. Al volver a París, por ahí de 1950, conocí a Langlois, y al poco tiempo me hizo representante de las cinetecas latinoamericanas."
Como muchos de los jóvenes cinéfilos de su generación, Lasalle admiraba a los directores de la Nueva Ola Francesa. Veía las películas de Claude Chabrol, Francois Truffaut, Eric Rohmer, Jean Luc Godard, y leía todas las ediciones de Cahiers du Cinema. Pero había un director al que en verdad idolatraba: Robert Bresson: "Para mí, Bresson era como un dios del cine", recuerda Lasalle medio siglo después de haber asistido al estreno de la película Un condenado a muerte se escapa (Bresson, 1956).
EL ENCUENTRO
El poeta franco-uruguayo Julio Supervielle, tío de Martín Lasalle, conocía bien a Robert Bresson, director que se cocinaba aparte de la Nueva Ola, y quien había revolucionando el cine francés de los cuarenta con su estilo sobrio y minimalista. A principios de los cincuenta, Bresson reinventó el concepto de "actuación" al utilizar gente común, a "no-actores" o "modelos" —como les llamaba el propio Bresson— en los papeles estelares de sus filmes.
En 1958, Julio Supervielle presentó a Lasalle con el cineasta. "Mi primer encuentro con Bresson se dio porque yo quería trabajar como asistente de dirección en Lancelot du Lac, una película que finalmente se pospuso. Tiempo después me mandó llamar. Estaba haciendo el casting para Pickpocket, y entrevistó a un montón de gente, entre ellos a varios actores profesionales que querían trabajar con él."
En este momento de la plática, Martín Lasalle hace una pausa, clava la mirada en la taza de café, sonríe como quien acaba de recrear un momento clave de su vida y continúa: "Antes de hacer la última prueba del casting, me senté enfrente de la entrada de los estudios y dije: ‘Dios, por favor ayúdame, lo único que quiero hacer en la vida es esta película, después no me importa nada’ ¡Y mi petición se cumplió! Bresson me dio el papel de Michel, el pickpocket." Lasalle suelta una risotada, le da un sorbo al café, sacude la cabeza en negativa y remata: "A veces no hay que pedir cosas tan fuertes. Para mí se convirtió en un papel insuperable. Después de un estelar con Bresson, ¿qué más puede esperar un no-actor en su vida? "
INTENSIDAD Y MAGIA
Tras la insistencia de quien esto reporta, Lasalle accede a revelar los detalles de aquel primer encuentro con Bresson: "Nos vimos en su departamento, que estaba en la Ile Saint Louis, en París. Me pasó a un pequeño estudio donde hacía las entrevistas. Bresson era muy sobrio, un hombre de pocas palabras. No hizo muchas preguntas ni hubo cuestionamientos psicológicos; simplemente me pidió que leyera los diálogos, una y otra vez. Quería una lectura plana, sin hacer ningún énfasis en las palabras. Se fijaba en los ojos, en la mirada, las manos, la postura, en todo mi físico. Luego me citó a otras pruebas y finalmente me escogió."
Era el año de 1959 y Martín Lasalle se entregó por completo al proyecto. Así recuerda los días de filmación: "Ensayamos como tres meses antes de iniciar el rodaje. Estudiamos muy bien los diálogos, que debían ser inexpresivos, totalmente planos. Esta técnica hizo escuela en el cine francés. Los personajes de Bresson son únicos, puros, no hay nada prefabricado en ellos, son de una entrega total."
"A Bresson no le interesaba la actuación que imita. Trabajaba con personas completamente inocentes, que no actúan en el sentido literal de la palabra. Bresson se concentraba en la intensidad interior. Eso es lo que quería. Se dice que no es actuación, pero si lo piensas bien, Pickpocket es una película muy dramática."
"El trabajo durante el rodaje era exhaustivo. Mucha repetición de tomas, todo concentrado en la actitud interna del personaje. Más que actuación, el asunto era vivir las situaciones, como en la técnica de Lee Strasberg [fundador del Actors Studio]. Por eso buscaba a no-actores, porque con ellos lograba imponer su método."
"Durante el rodaje, Bresson también estaba en una búsqueda. Buscaba la magia, que sus personajes fueran eternos. Por eso tienen una carga de misterio tan grande."
"El trabajo con Bresson fue tan fuerte que tardé como diez años en recuperarme ¡Imagínate: yo, un latinoamericano, sin ser actor profesional, sino un debutante que nadie conocía, de repente tuve la enorme responsabilidad de ser el protagonista de una película de Robert Bresson!"
LA PREMIÈRE
Pickpocket se estrenó en París en 1960, en un cine ubicado en la avenida Campos Elíseos. "Fue impresionante, muy emotivo", recuerda Lasalle. "El día del estreno no sabía lo que iba a suceder, no había visto los rushes y menos la obra terminada. Sentí un impacto extraordinario, porque de inmediato se dijo que Pickpocket era una de las películas más importantes de la historia del cine. Aunque, claro, también hubo quienes la criticaron. Lo que sucede es que hay muchos elementos contradictorios, porque el cine de Bresson, al no utilizar actores, al hacer lo que el llamaba ‘el cinematógrafo’, efectivamente provocaba fuertes reacciones. También se le criticó por jansenista, por hacer cine cristiano, porque en su cine predomina el tema de la redención del individuo, como en Crimen y castigo, de Dostoievski."
"Yo sé que Bresson hacía un cine puro. El problema es que había mucha envidia y celos. Ah, pero también hubo quienes aplaudieron mucho, sobre todo en el Festival de Berlín de ese año. Jean Luc Godard entró a todas las funciones. Louis Malle, por ejemplo, dijo que Pickpocket es la película más importante de Bresson. Marguerite Duras también la elogió."
EDICIÓN DE ANIVERSARIO
Con el paso de los años, Pickpocket se consolidó como un clásico y se volvió un referente obligado para los estudiosos y amantes del cine. Con motivo del cuarenta y cinco aniversario, el sello Criterion editó un dvd de colección, en el que se incluye como material extra una entrevista con Bresson realizada en 1960 y el documental Los modelos de Pickpocket, dirigido por la cineasta francesa Babette Mangolte. Este trabajo cuenta con entrevistas a los tres protagonistas, Martín Lasalle (Michel), Marika Green (Jeanne) y Jean Pélégri (El inspector).
Al respecto, Lasalle comenta: "Hace tiempo me vino a visitar la hermana de Jean Luc Godard y me habló de la fotógrafa francesa Babette Mangolte, experta en los ‘modelos’ de Bresson, y del proyecto de hacer un documental. Me dijeron que era para la televisión francesa. No sabía que lo incluyeron en el dvd. Total, así pasa ¿no? Yo la verdad no suelo hablar de mi trabajo con Bresson, pero me pareció una persona seria. Babette vino una semana a México y me grabó con una camarita Sony digital. Creo que el documental es muy bueno."
CINE TRASCENDENTAL
A sus setenta y cinco años, Martín Lasalle lleva una vida sencilla. Se mueve a pie y en Metro (donde, dice entre risas, "nunca he vuelto a robar una sola cartera"), viste informal y anda sin la menor prisa. No tiene una copia de la película, pero seguido lo invitan a presentarla en diversos foros de todo el mundo. "Ahora la veo como un trabajo extraordinario. Procuro que no haya ningún ego incluido, pero puedo decir que me siento muy orgulloso de mi trabajo con Bresson. Siempre la he visto como una película extraordinaria… Pickpocket es cine en estado puro."
Tras reflexionar unos instantes, Lasalle alza una ceja y suelta una frase por demás elevada: "Hacer una película con Bresson te produce una catarsis. Y con el paso del tiempo se convierte, como dirían en el Zen, en el Koan de la vida."
"Las grandes películas y los grandes directores siempre trascienden, superan el paso del tiempo porque tienen la magia de su lado. Tal es el caso de Bresson. Me alegra mucho que ahora, después de tantos años, se pueda ver Pickpocket en DVD."
En 1960, Lasalle viaja a Nueva York para estudiar en el Actors Studio con el maestro Lee Strasberg. En esos años se hace amigo del fotógrafo Robert Frank, quien lo dirige en la película O.k. End Here, y del poeta beat Jack Kerouac. En 1967 trabaja en España en el filme Acteón, de Jorge Grau. Al año siguiente viaja a México para organizar el laboratorio de fotografía del Comité Olímpico de 1968, y desde entonces ha trabajado en más de treinta películas y media docena de obras de teatro, pero ninguna tan importante como Pickpocket.
En su filmografía como actor destaca su trabajo con Juan López Moctezuma en la cinta de culto La mansión de la locura, con Luis Alcoriza en Presagio, con Costa-Gavras en Missing, y con Louis Malle en Bahía del odio.
En 1999, Martín Lasalle reapareció como el pickpocket en la cinta experimental Segundo siglo, de Jorge Bolado, y en 2000 trabajó en la película independiente, Sofía, de Alan Coton. En fechas recientes, Lasalle participó en tres películas mexicanas de próximo estreno: Morirse está en hebreo, de Alejandro Springall, La última mirada, de Patricia Arriaga, y Mejor es que Gabriela no se muera, de Sergio Umansky.
Roberto Garza
Diario "La Jornada", México, domingo 10 de septiembre de 2006
Para el estelar de Pickpocket, Bresson seleccionó a Martín Lasalle, un joven latinoamericano que nunca había actuado en su vida. A casi medio siglo del estreno, Martín Lasalle, el legendario carterista del cine francés, ahora de setenta y cinco años de edad, aparece en un parque del sur de Ciudad de México para platicar sobre su trabajo en Pickpocket.DIPLOMACIA Y CINEFILIA
Martín Luis Lasalle Supervielle tenía veinticinco años cuando obtuvo el título de licenciado en ciencias políticas por la Universidad de París. En ese entonces, 1956, su sueño era trabajar en la Organización de las Naciones Unidas y seguir los pasos de su padre, un respetable funcionario del servicio exterior uruguayo radicado en Francia desde los años treinta. El joven Lasalle, formado para la vida diplomática, nunca se imaginó que muy pronto su vida daría un giro de 360 grados.
Había algo que a Martín le apasionaba más que la política internacional: el cine. En paralelo a sus estudios, trabajó varios años con Henri Langlois, fundador y director de la Cineteca de Paris. "Cuando tenía nueve años, mi familia tuvo que regresar a Uruguay a causa de la segunda guerra mundial. Así que mi amor por el cine nació en el Cine Club Uruguay. Al volver a París, por ahí de 1950, conocí a Langlois, y al poco tiempo me hizo representante de las cinetecas latinoamericanas."
Como muchos de los jóvenes cinéfilos de su generación, Lasalle admiraba a los directores de la Nueva Ola Francesa. Veía las películas de Claude Chabrol, Francois Truffaut, Eric Rohmer, Jean Luc Godard, y leía todas las ediciones de Cahiers du Cinema. Pero había un director al que en verdad idolatraba: Robert Bresson: "Para mí, Bresson era como un dios del cine", recuerda Lasalle medio siglo después de haber asistido al estreno de la película Un condenado a muerte se escapa (Bresson, 1956).
EL ENCUENTRO
El poeta franco-uruguayo Julio Supervielle, tío de Martín Lasalle, conocía bien a Robert Bresson, director que se cocinaba aparte de la Nueva Ola, y quien había revolucionando el cine francés de los cuarenta con su estilo sobrio y minimalista. A principios de los cincuenta, Bresson reinventó el concepto de "actuación" al utilizar gente común, a "no-actores" o "modelos" —como les llamaba el propio Bresson— en los papeles estelares de sus filmes.
En 1958, Julio Supervielle presentó a Lasalle con el cineasta. "Mi primer encuentro con Bresson se dio porque yo quería trabajar como asistente de dirección en Lancelot du Lac, una película que finalmente se pospuso. Tiempo después me mandó llamar. Estaba haciendo el casting para Pickpocket, y entrevistó a un montón de gente, entre ellos a varios actores profesionales que querían trabajar con él."
En este momento de la plática, Martín Lasalle hace una pausa, clava la mirada en la taza de café, sonríe como quien acaba de recrear un momento clave de su vida y continúa: "Antes de hacer la última prueba del casting, me senté enfrente de la entrada de los estudios y dije: ‘Dios, por favor ayúdame, lo único que quiero hacer en la vida es esta película, después no me importa nada’ ¡Y mi petición se cumplió! Bresson me dio el papel de Michel, el pickpocket." Lasalle suelta una risotada, le da un sorbo al café, sacude la cabeza en negativa y remata: "A veces no hay que pedir cosas tan fuertes. Para mí se convirtió en un papel insuperable. Después de un estelar con Bresson, ¿qué más puede esperar un no-actor en su vida? "
INTENSIDAD Y MAGIA
Tras la insistencia de quien esto reporta, Lasalle accede a revelar los detalles de aquel primer encuentro con Bresson: "Nos vimos en su departamento, que estaba en la Ile Saint Louis, en París. Me pasó a un pequeño estudio donde hacía las entrevistas. Bresson era muy sobrio, un hombre de pocas palabras. No hizo muchas preguntas ni hubo cuestionamientos psicológicos; simplemente me pidió que leyera los diálogos, una y otra vez. Quería una lectura plana, sin hacer ningún énfasis en las palabras. Se fijaba en los ojos, en la mirada, las manos, la postura, en todo mi físico. Luego me citó a otras pruebas y finalmente me escogió."
Era el año de 1959 y Martín Lasalle se entregó por completo al proyecto. Así recuerda los días de filmación: "Ensayamos como tres meses antes de iniciar el rodaje. Estudiamos muy bien los diálogos, que debían ser inexpresivos, totalmente planos. Esta técnica hizo escuela en el cine francés. Los personajes de Bresson son únicos, puros, no hay nada prefabricado en ellos, son de una entrega total."
"A Bresson no le interesaba la actuación que imita. Trabajaba con personas completamente inocentes, que no actúan en el sentido literal de la palabra. Bresson se concentraba en la intensidad interior. Eso es lo que quería. Se dice que no es actuación, pero si lo piensas bien, Pickpocket es una película muy dramática."
"El trabajo durante el rodaje era exhaustivo. Mucha repetición de tomas, todo concentrado en la actitud interna del personaje. Más que actuación, el asunto era vivir las situaciones, como en la técnica de Lee Strasberg [fundador del Actors Studio]. Por eso buscaba a no-actores, porque con ellos lograba imponer su método."
"Durante el rodaje, Bresson también estaba en una búsqueda. Buscaba la magia, que sus personajes fueran eternos. Por eso tienen una carga de misterio tan grande."
"El trabajo con Bresson fue tan fuerte que tardé como diez años en recuperarme ¡Imagínate: yo, un latinoamericano, sin ser actor profesional, sino un debutante que nadie conocía, de repente tuve la enorme responsabilidad de ser el protagonista de una película de Robert Bresson!"
LA PREMIÈRE
Pickpocket se estrenó en París en 1960, en un cine ubicado en la avenida Campos Elíseos. "Fue impresionante, muy emotivo", recuerda Lasalle. "El día del estreno no sabía lo que iba a suceder, no había visto los rushes y menos la obra terminada. Sentí un impacto extraordinario, porque de inmediato se dijo que Pickpocket era una de las películas más importantes de la historia del cine. Aunque, claro, también hubo quienes la criticaron. Lo que sucede es que hay muchos elementos contradictorios, porque el cine de Bresson, al no utilizar actores, al hacer lo que el llamaba ‘el cinematógrafo’, efectivamente provocaba fuertes reacciones. También se le criticó por jansenista, por hacer cine cristiano, porque en su cine predomina el tema de la redención del individuo, como en Crimen y castigo, de Dostoievski."
"Yo sé que Bresson hacía un cine puro. El problema es que había mucha envidia y celos. Ah, pero también hubo quienes aplaudieron mucho, sobre todo en el Festival de Berlín de ese año. Jean Luc Godard entró a todas las funciones. Louis Malle, por ejemplo, dijo que Pickpocket es la película más importante de Bresson. Marguerite Duras también la elogió."
EDICIÓN DE ANIVERSARIO
Con el paso de los años, Pickpocket se consolidó como un clásico y se volvió un referente obligado para los estudiosos y amantes del cine. Con motivo del cuarenta y cinco aniversario, el sello Criterion editó un dvd de colección, en el que se incluye como material extra una entrevista con Bresson realizada en 1960 y el documental Los modelos de Pickpocket, dirigido por la cineasta francesa Babette Mangolte. Este trabajo cuenta con entrevistas a los tres protagonistas, Martín Lasalle (Michel), Marika Green (Jeanne) y Jean Pélégri (El inspector).
Al respecto, Lasalle comenta: "Hace tiempo me vino a visitar la hermana de Jean Luc Godard y me habló de la fotógrafa francesa Babette Mangolte, experta en los ‘modelos’ de Bresson, y del proyecto de hacer un documental. Me dijeron que era para la televisión francesa. No sabía que lo incluyeron en el dvd. Total, así pasa ¿no? Yo la verdad no suelo hablar de mi trabajo con Bresson, pero me pareció una persona seria. Babette vino una semana a México y me grabó con una camarita Sony digital. Creo que el documental es muy bueno."
CINE TRASCENDENTAL
A sus setenta y cinco años, Martín Lasalle lleva una vida sencilla. Se mueve a pie y en Metro (donde, dice entre risas, "nunca he vuelto a robar una sola cartera"), viste informal y anda sin la menor prisa. No tiene una copia de la película, pero seguido lo invitan a presentarla en diversos foros de todo el mundo. "Ahora la veo como un trabajo extraordinario. Procuro que no haya ningún ego incluido, pero puedo decir que me siento muy orgulloso de mi trabajo con Bresson. Siempre la he visto como una película extraordinaria… Pickpocket es cine en estado puro."
Tras reflexionar unos instantes, Lasalle alza una ceja y suelta una frase por demás elevada: "Hacer una película con Bresson te produce una catarsis. Y con el paso del tiempo se convierte, como dirían en el Zen, en el Koan de la vida."
"Las grandes películas y los grandes directores siempre trascienden, superan el paso del tiempo porque tienen la magia de su lado. Tal es el caso de Bresson. Me alegra mucho que ahora, después de tantos años, se pueda ver Pickpocket en DVD."
En 1960, Lasalle viaja a Nueva York para estudiar en el Actors Studio con el maestro Lee Strasberg. En esos años se hace amigo del fotógrafo Robert Frank, quien lo dirige en la película O.k. End Here, y del poeta beat Jack Kerouac. En 1967 trabaja en España en el filme Acteón, de Jorge Grau. Al año siguiente viaja a México para organizar el laboratorio de fotografía del Comité Olímpico de 1968, y desde entonces ha trabajado en más de treinta películas y media docena de obras de teatro, pero ninguna tan importante como Pickpocket.
En su filmografía como actor destaca su trabajo con Juan López Moctezuma en la cinta de culto La mansión de la locura, con Luis Alcoriza en Presagio, con Costa-Gavras en Missing, y con Louis Malle en Bahía del odio.
En 1999, Martín Lasalle reapareció como el pickpocket en la cinta experimental Segundo siglo, de Jorge Bolado, y en 2000 trabajó en la película independiente, Sofía, de Alan Coton. En fechas recientes, Lasalle participó en tres películas mexicanas de próximo estreno: Morirse está en hebreo, de Alejandro Springall, La última mirada, de Patricia Arriaga, y Mejor es que Gabriela no se muera, de Sergio Umansky.
Roberto Garza
Diario "La Jornada", México, domingo 10 de septiembre de 2006
lunes, 8 de agosto de 2011
Li Gotti, en La Nación
Reproducimos la nota publicada este fin de semana a Alfredo Li Gotti, padrino del Cineclub La Rosa, en el suplemento cultural ADN, del diario La Nación.
Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos
A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.
"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".
Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."
Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."
En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.
Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.
El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."
Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).
Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.
Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es 8½, de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."
Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.
"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."
En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.
Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011
El sueño de la sala propia
Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos
A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.
"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".
Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."
Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."
En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.
Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.
El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."
Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).
Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.
Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es 8½, de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."
Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.
"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."
En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.
Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011
viernes, 8 de enero de 2010
Alfredo Li Gotti: “El cineclub enseña y forma al espectador”
“Iba con los proyectores y las películas a todos lados”, dice entre risas quien proyecta cine desde chico. Comenzó con los vecinos del barrio, pasó por clubes, asociaciones, bibliotecas, cineclubes y en cuanto lugar pudiera difundir su "berretín" por el cine. Desde 1988 tiene su propia sala en la casa donde vive desde hace más de medio siglo. Allí, entre afiches, proyectores y películas, conversamos con el padrino del Cineclub La Rosa.
- Alfredo, ¿por qué siguen siendo importantes los cineclubes?
- No es lo mismo ver una película que ir a un cineclub. El cineclub enseña y forma al espectador, ayuda a mostrar distintas películas de un director, seguir temas o movimientos de la historia del cine. Yo di cine desde siempre. Iba con los proyectores y películas a todos lados. Luego, entre 1980 y 1996 di más de quinientas funciones para Núcleo, muchas de ellas en mi propia sala, “Félix Giuliodori” (llamada así en homenaje a un gran amigo mío coleccionista de cine), que se inauguró en 1988, y desde hace ocho años programo mis propios ciclos, con la colaboración de mi nieto Cristian. Allí teníamos un eslogan que decía “Aprenda cine viendo cine”.
En el cineclub hay una preparación y un debate posterior. Así se aprende mucho, porque hay personas que ven lo que otros no. Una película tiene que verse dos o tres veces para disfrutarla del todo. No puede verse una sola vez, aquél que dice “ya la ví” en realidad no terminó de comprender la obra.
Y también considero que un cineclub puede servir para rescatar aquellas películas que han pasado desapercibidas, esas que están fuera del circuito y tienen mucho valor, contemporáneas o clásicas.
- ¿Qué cambia de una película cuando se la ve con público?
- Una sala sin espectadores no es nada, no tiene vida. Siempre digo que soy muy egoísta, porque el primero que goza del espectáculo soy yo, quien lo brinda. Y así lo hice toda mi vida, porque me gusta ver cine rodeado de la gente, no me gusta verlas solo. Con público es otra cosa, se siente la calidez del espectador. El proyector, la pantalla y el espectador le dan vida a una película, sino el cine pierde esa comunicación. Una lo goza más si comparte con otras personas que gustan del mismo espectáculo que uno ofrece. De hecho, hay películas que no las he visto porque no he tenido a alguien a mi lado que haya gustado de ellas.
- ¿Qué cine prefiere?
- El que más me gusta es el italiano, todo el período neorrealista y también el Fellini de 8 ½ (1963) o Amarcord (1973). Al mismo tiempo admiro mucho el realismo poético francés de los años ’30 y ’40: Marcel Carné, Jean Renoir, Julien Duvivier. Todavía cuando veo esas películas me siguen conmoviendo, a pesar de haber sido criticadas por ser filmes crudos, amargos. Jacques Prévert, gran poeta, fue uno de los guionistas de esa época.
En general, prefiero el drama íntimo, las películas de carácter social, eso me conmueve. El hombre de carne y hueso, los problemas sociales, políticos, existenciales.
Otra corriente que me encanta es la de Europa del Este de los ’50 y ’60, especialmente los polacos. Allí hay grandes películas y grandes directores como Andrzej Wajda, Roman Polanski y Krzysztof Kieslowski. Lo tienen todo, no sólo la técnica. Hay que reconocer que es un cine extraordinario.
Y por supuesto el ruso, principalmente Sergei Eisenstein. El díptico que hizo con Sergei Prokofiev, la forma en que lleva el ritmo del montaje y la música en Iván el terrible (Ivan Groznyy I, 1944) y su continuación, La conspiración de los boyardos (Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor, 1946), son dos joyas.
- ¿Por qué hay que ver los clásicos?
- Porque el clásico perdura a través del tiempo. Hay películas que hoy se estrenan y dentro de dos o tres años desaparecen, nadie las vuelve a ver. Los clásicos, en cambio, son los que crearon el cine, y por eso se pueden seguir disfrutando. Por eso pienso además que es muy importante mostrar el cine mudo, que hoy se ha perdido un poco. Era todo imagen, cine puro, como el que realizaba F.W. Murnau (nota: en el Cineclub La Rosa proyectamos Amanecer [Sunrise, 1927] con música en vivo) era uno de los grandes, a mi juicio el mayor director alemán, lástima que se murió tan joven.
- Nombró muchas, pero si tuviera que elegir tres películas que lo hayan impactado, gustado o emocionado, cuáles no podrían faltar.
- Una sería Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica. Otra que le tengo mucho cariño es 8 ½ (1963) de Federico Fellini, y la tercera sería Les enfants du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de Marcel Carné, que es una conjunción de todas las artes, una gran película filmada durante la ocupación alemana. En la Argentina, que se conoció con el título Sombras del paraíso, fue mutilada, se proyectó en una versión de 90 minutos cuando la original dura tres horas. Yo la tengo completa en 16mm.
- ¿Cómo se imagina el futuro de los cineclubes?
- Yo soy de los que aman el cine y los cineclubes, pero no sé si les veo mucho futuro. Creo que de a poco se va muriendo la pasión por el cine, y si bien es una cuestión económica, ya que sale más barato comprar una película trucha que pagar una salida al cine de toda una familia, pasan generaciones sin saber lo que es ir a una sala. Además, en otra época había muchos más cines, en cada barrio había tres o cuatro, los estrenos llegaban del centro a las pocas semanas, la gente se acostumbraba a ir a ver dos funciones seguidas… eran otros tiempos. Hoy el televisor achica todo. Hay cintas que deben verse en pantalla grande. El cine está hecho para ver en las salas. Cuando veo una película en un televisor siento que pruebo las películas, pero no las gozo. El verdadero goce está acá, en la sala.
En la casa uno puede pausar las películas, hablar por teléfono o comer. Ni hablar de lo que pasa en las salas que venden pochocho. Eso es algo que yo vi mucho antes de que llegue a la Argentina cuando viajé al Festival de Toronto, Canadá. No podía creerlo, “cómo va a estar un tipo comiendo pochoclo mientras ve una película”, pensaba. Al poco tiempo lo estaban vendiendo también acá…
- Pero así como un cineclub ayuda a descubrir una filmografía o un determinado tipo de cine, ¿no podría colaborar con la recuperación de esos espectadores que el cine comercial pierde?
- Sí, es posible, y también podría ayudar a recuperar una cultura cinéfila. El que va a un cineclub no va sólo a ver una película, va a mucho más que eso: a que le cuenten un poco de qué se trata la película, quién es el director, dentro de qué estilo se encuentra, la época. Yo trabajo mucho sobre eso, escribo, busco información, es parte de lo que uno le brinda al espectador, para que se lleve algo más que ver una película.
Entrevista de Emiliano Penelas
Programador del Cineclub La Rosa
La película de Alfredo
El cineasta Roberto Ángel Gómez está finalizando la edición de un documental llamado Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila.
El largometraje, que se filmó a lo largo de dos años, cuenta la vida y el amor de Alfredo por el séptimo arte y se introduce en el descubrimiento del particular mundo que existe dentro del coleccionismo cinematográfico. Seguramente en algún momento, luego de su estreno, la podremos compartir en el Cineclub La Rosa.
Las fotografías que ilustran esta nota son gentileza de Vanesa Pereira y fueron tomadas durante el rodaje del documental.
Etiquetas:
Alfredo Li Gotti,
Amanecer,
Cineclub Núcleo,
De Sica,
Duvivier,
Emiliano Penelas,
entrevista,
F.W. Murnau,
Fellini,
Kieslowski,
Marcel Carné,
Prokofiev,
Roberto Gómez,
Roman Polanski,
Sergei Eisenstein,
Wajda
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








