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domingo, 11 de junio de 2023

Éxtasis

El sábado 17 de junio a las 20 horas tendremos una función especial en el Cineclub La Rosa con la proyección en 16mm de Éxtasis, de Gustav Machatý, protagonizada por Hedy Lamarr, y que pasó a la historia por mostrar el primer desnudo y orgasmo femenino del cine. Será con entrada libre y colaboración voluntaria, en Austria 2154.


Sábado 17 de junio a las 20 horas
ÉXTASIS
(Ekstase / Ecstasy, Checoslovaquia / Austria, 1933, blanco y negro, 89 minutos)
Dirección: Gustav Machatý
Guion: Gustav Machatý, Frantisek Horký y Jacques A. Koerpel, sobre el libro de Robert Horky.
Música: Giuseppe Becce
Dirección de Fotografía: Hans Androschin, Jan Stallich y Gerhard Huttula.
Elenco: Hedy Lamarr, Aribert Mog, Zvonimir Rogoz, Leopold Kramer, Jirina Steimarová, Jan Sviták, André Nox, Eduard Slégl y Pierre Nay.


Eva se acaba de casar con un señor mayor, pero descubre que está obsesionado con el orden en su vida y que no tiene mucho espacio para la pasión. Ella se desanima y lo abandona, volviendo a la casa de su padre. Un día, mientras se baña en el lago, conoce a un joven y se enamoran. El marido se ha afligido por la pérdida de su joven esposa, y el destino lo une al joven amante que le ha arrebatado a Eva.

Pese a ser sonora, Éxtasis prácticamente podría considerarse un film mudo por la escasez de diálogos y efectos sonoros, basándose en una pregnante melodía de Giuseppe Becce. 


La película, que contó con el primer desnudo integral de la historia del cine y también el primer orgasmo femenino, trataba un tema tabú en los años 30 del siglo pasado, y provocó una serie de fuertes reacciones del público desde su estreno en el segundo Festival de Venecia en 1934, que llegó hasta los oídos del propio Mussolini, quien pidió ver la copia en forma privada y quedó, como tantos otros, cautivado con la belleza de Hedy Lamarr, entonces todavía Hedy Kiesler.


Fue el propio dictador quien intercedió ante el Papa Pío XI, que quería prohibirla por la representación corporal y escenas sexuales. La anécdota cuenta que el entonces primer ministro italiano insistió en que se proyectara. La fama del film llegó hasta nuestros días, tanto que 85 años después, inauguró la edición 2019 de la Mostra en copia restaurada. 


Entre los asistentes a la segunda edición del prestigioso festival se encontraba el cineasta Michelangelo Antonioni, que dejó escrito en su crítica con apenas 20 años: "Aquella tarde se oía la respiración de los espectadores atentísimos, se sentía un escalofrío recorriendo la platea". Y el escritor Adriano Baracco en Venezia segreta (1960) agregó sobre Lamarr: "A su paso era seguida por miradas fulgurantes, como si haber mostrado públicamente sus secretos la hiciera más femenina que el resto". Machatý terminaría ganando el premio al Mejor Director en Venecia.


Proyección en 16mm realizada con el apoyo de Kinoclub Argentina.


Temporada XIII / Función 228
Cineclub La Rosa
Austria 2154

Hedy Lamarr, la mujer que inventó el Wi Fi

Más conocida por haber hecho el primer desnudo integral del cine, fue ingeniera, actriz, e inventora del sistema de comunicaciones denominado “técnica de transmisión en el espectro ensanchado” en el que se basan todas las tecnologías inalámbricas que se utilizan en la actualidad.


“Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”, decía Hedy Lamarr, la ingeniera en telecomunicaciones precursora del wi fi, que sin embargo pasó a la historia por su belleza y por haber interpretado el primer orgasmo en el cine.

Tuvo una vida de heroína de película, que incluyó la huida de un marido controlador (luego tuvo cinco más), e hitos en la historia del cine, como haber hecho el primer desnudo integral en una película comercial.

Nació en Viena en 1941 con el nombre de Hedwig Eva Maria Kiesler. En la escuela detectaron que era una niña superdotada y más tarde se anotó en la carrera de ingeniería, aunque después de un tiempo quiso estudiar arte dramático y tuvo que convencer a sus padres para que le permitiesen inscribirse en una escuela de teatro.

La fama –y el escándalo– le llegó con la película Éxtasis, en la que protagonizó el primer desnudo integral de la historia del cine, y como si eso no fuera suficiente polémica, también registró el primer orgasmo femenino. Después del estreno en el Festival de Venecia, el cineasta italiano Michelangelo Antonioni, entonces un joven crítico de cine, escribió: “Aquella tarde, en el jardín del Hotel Excelsior, se oía la respiración de los espectadores atentísimos, se escuchaba un escalofrío que corría por la platea”.

Tildado de escándalo sexual, el film fue censurado y condenado incluso por el Vaticano. Los padres de Lamarr (todavía conocida como Hedwig Kiesler) se escandalizaron y entonces, para alejarla del cine, aceptaron la propuesta de casamiento que Fritz Mandl hiciera para su hija.

Mandl, a su vez, resulta todo un personaje. Por un lado dirigía la empresa de armas de su padre, que proveía de equipo bélico a los dos bandos de la Guerra Civil Española, y a Alemania que se rearmaba en secreto. Antes de que los nazis entraran a Viena y tomaran la empresa, el austríaco ya se había ido a la Costa Azul. Se dice que era amigo personal de Benito Mussolini, quien habría intercedido ante los nazis para llegar a un arreglo: a cambio de una cuantiosa suma de dinero, Mandl cedía el control de la fábrica. Más tarde se radicó un tiempo en Argentina –ya había venido antes a hacer negocios–, y compró una propiedad en la ciudad cordobesa de La Cumbre, hoy un hotel, pero sigue siendo conocida como “El castillo de Mandl”.

Y además, Mandl era un celoso enfermizo. Después de casarse, trató de conseguir –sin éxito– todas las copias de la película Éxtasis para que nadie más pudiera verla. Él la obligaba a acompañarlo en sus comidas y viajes de negocios para no dejarla sola. En su autobiografía, Lamarr cuenta que ella solo podía bañarse o desnudarse si él estaba al lado.

Señalada como “la mujer más bella de la historia del cine", Lamarr supo explotar su inteligencia al máximo. Muestras de ello, por un lado, su decisión de aprovechar el encierro para retomar sus estudios de ingeniería; por otro, forzada a asistir a las reuniones sociales a las que asistían los clientes de su marido, haber tenido la iniciativa de recopilar en ellas toda la información que pudo sobre la industria armamentística de la época. Años más tarde usó este material para idear la técnica de transmisión del espectro ensanchado, tecnología precursora del wifi.

Lamarr también usó su mente brillante para poder liberarse de su marido. Hay dos versiones de esta fuga, cinematográficas ambas: la versión más difundida establece que se escapó por la ventana del baño de un restaurante, mientras que en su autobiografía cuenta que le dio un somnífero a su asistenta personal y se escapó de su propia casa disfrazada como su empleada. Al parecer, unos meses antes, la había contratado por el parecido físico que había entre ellas.

De cualquier manera, Lamarr consiguió llegar hasta la estación de trenes y de ahí se fue a París, hasta donde la siguieron guardaespaldas de su marido. No obstante pudo escaparse también de ellos y llegar hasta Londres. Lamarr solo se había llevado unas joyas para disponer de efectivo y financiarse la huida. Y ahí emprendió el tramo final de su travesía al tomarse un transatlántico hacia Estados Unidos, país que sería su residencia definitiva.

En el barco también viajaba el empresario de la Metro Goldwyn Mayer (MGM) Louis B. Mayer, quien le ofreció volver a trabajar en cine. Aceptó la propuesta con la condición de que le permitiera cambiarse el nombre. Entonces Mayer convirtió a Hedwig Eva Maria Kiesler en Hedy Lamarr, inspirado en la actriz estadounidense Barbara La Marr, a quien admiraba.


Durante el viaje firmó un contrato con la MGM por siete años y una vez en Hollywood filmó película tras película, que la convirtió en una estrella en los años treinta.

Tras declararse la Segunda Guerra Mundial, Lamarr ofreció sus servicios al gobierno de Estados Unidos, ya que tenía la información que había recopilado de las reuniones de su ex marido con miembros del gobierno alemán e italiano.

A la vez, con sus conocimientos de ingeniería, se puso a trabajar en el desarrollo de tecnología militar sobre las señales de radio, que advirtió eran muy fáciles de interceptar. Así, junto a un amigo suyo, el compositor George Antheil, desarrolló el Spread Spectrum, un sistema secreto de comunicaciones inalámbricas inspirado en un principio musical. El mismo funcionaba con 88 frecuencias, la cantidad de teclas de un piano, y era capaz de hacer saltar las señales de transmisión entre las frecuencias. Al cambiar las frecuencias se dificultaba la detección de las señales por parte del enemigo.


En la patente del 11 de agosto de 1942, se lee "H.K. Markey et al.". Las iniciales H.K. son de Hedwig Kiesler (Hedy Lamarr); Markey era su apellido de casada de ese momento.

Esta tecnología se usó por primera vez en 1962, durante la llamada crisis de los misiles cubanos, hasta que en los años ochenta, con la irrupción masiva de la tecnología digital, la conmutación de frecuencias permitió implantar la comunicación de datos wifi.

En Austria, el Día del Inventor se celebra el 9 de noviembre, día del nacimiento de Hedy Lamarr.

lunes, 15 de agosto de 2016

Abbas Kiarostami, los ojos abiertos tras unas gafas oscuras

Hacía tiempo que Abbas Kiarostami sospechaba de la realidad. Probablemente la encontraba demasiado explícita, demasiado luminosa, demasiado real. Pese a hablar con toda seguridad inglés (y hasta francés), cada entrevista era meticulosamente traducida desde el farsi por su traductora de cabecera. Siempre la misma (lamento no recordar el nombre).



Probablemente, y de la misma manera que se protegía de la luz con unas espesas gafas oscuras, hacía otro tanto del incómodo trajinar de palabras que poco entienden y que apenas explican nada. Su verbo era pausado; su gesticular, grave, y su risa, rítmica. Le gustaba interrumpir su propio discurso con alguna leve carcajada que compartía, ante la cara de idiota del periodista, con su intérprete.

Ayer por la noche llegaba el anuncio de su muerte. Un cáncer gastrointestinal acababa con la vida del hombre que descubrió al cine la posibilidad del silencio, del tiempo que discurre dentro del propio tiempo. Hablamos de un cineasta empeñado en mantener hasta las últimas consecuencias la máxima de Bresson que exigía hacer cine por omisión, no por acumulación. "Vivimos un mundo polucionado de imágenes", acostumbraba a decir no tanto como una queja sino como la posibilidad de un reto. Y lo decía con el convencimiento del que entiende que para mirar hace falta aprender a ver antes. No basta la realidad, lo importante es lo que le da sentido. Y quizá por ello las gafas oscuras, la distancia de la traducción, la risa sonora...

"En los juegos entre el niño y la abuela / siempre pierde / la abuela", se lee en uno de los breves poemas que componen su libro Compañero del viento. Como ese extraño haiku, buena parte del trabajo del iraní consistió en ver por primera vez con exactamente los mismos ojos sorprendidos del niño o, mejor incluso, de la abuela que descubre en la felicidad del nieto la transparencia pura, aunque ya cansada, de su propia mirada. Por fin.

El lugar común dice que el cine de Kiarostami, desde sus primeros cortometrajes, es básicamente un elogio de la sencillez, de la inmediatez, de lo puro. Pero, en efecto, nada tan complicado, elaborado y necesitado de tantas historias como lo que se da por primera vez. Al fin y al cabo, lo original, lo único, no es más que el precipitado de miles de vidas que coinciden en el empeño titánico de mirar lo mismo y reconocerse, todos a la vez, en ello. Una palabra encierra necesariamente un universo.

Abbas Kiarostami nació en Teherán en 1940. Lo hizo bajo una dictadura imperial y, cuando ésta se derrumbó, le tocó aguantar la siguiente. Ésta teocrática. Y así durante una vida entera. "Las personas buscan formas de resistencia ante lo que no les gusta. Unos combaten. Yo creo mi mundo personal, y me alejo", decía. Y así era. Tras una formación más cerca de la fotografía, pronto empezó sus primeros trabajos cerca del milagro. En la década de los 80 empezaría a rodar sus primeras obras incontestables. Y ahí figuran ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987), Primer plano (1990) o Y la vida continúa (1992).

Con los 90, llegarían cada una de las películas que le convertirían en referencia de un nuevo cine y en maestro de todos los que vendrían. Primero fue A través de los olivos (1994), una historia de cine dentro de cine rota en un cuento de amor (la película que clausura su trilogía Koker entre la ficción y la realidad). Premonitorio, justo y luminoso. Luego llegaría su Palma de Oro. El sabor de la cereza (1997) no es sólo la historia de un hombre que busca a alguien que le entierre después de su suicidio, es también el relato absurdo, descarnado y perfecto de cualquier hombre necesariamente solo. Cada plano robado a la realidad es fundamentalmente un ejercicio en el que la propia realidad es construida. El hombre al que el protagonista le confiesa sus fúnebres intenciones ni era actor ni sabía que le iban a contar lo que le contaban. De otro modo, ese sujeto era el mismo espectador de la película sorprendido ante el resplandeciente hallazgo de la peor y más triste de las confesiones. Y luego El viento nos llevará (2000).

Kiarostami rodaba con actores puros, también llamados no profesionales. Pero lo hacía no porque desconfiara de la técnica de los primeros, sino consciente del vértigo, empeñado en encontrar la complicidad de lo sorprendente, de lo irrepetible. Y por esa misma razón nadie ha retratado las retinas aún sin tocar de los niños como él. Le gustaban también los coches. Por su facilidad para multiplicar las miradas, instigar a las confesiones y esconder los artificios.

Kiarostami descubrió de la mano de Víctor Erice en sus Correspondencias la inmediatez resistente de la imagen digital. Kiarostami construyó un universo entero de espaldas al espectador en Shirin. El poema épico del siglo XII teje sus amores y traiciones en las miradas de innumerables actrices que prestan sus ojos al patio de butacas. Sólo se ve lo que queda en el vacío detrás de la pantalla. Brutal. Mágico. Kiarostami dibujó los límites mismos de la representación en su penúltima obra maestra, Copia certificada. Kiarostami inventó la mirada. Y así se lo reconoce una tradición que une a Bergman con Antonioni hasta llegar a él.

Kiarostami desconfía de la realidad porque nada es real hasta que no alcanza la compleja sencillez de su sentido. Kiarostami mira detrás de sus gafas oscuras con los ojos abiertos. "Hoy es complicado conseguir tiempo para hacer algo que no tenga función", dijo. Y ayer murió.

Luis Martínez
Diario El Mundo, Madrid, 5 de julio de 2016