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jueves, 31 de mayo de 2018

Bailando bajo la lluvia

En un día lluvioso, dimos fin al ciclo "Musicales en Súper 8" en el Cineclub La Rosa, con la proyección del Programa 2, que incluía clásicos como Cantando bajo la lluvia, Hasta que las nubes pasen y Can-Can.


A dos proyectores, y en el hermoso formato fílmico Súper 8, finalizamos el ciclo dedicado a los mejores fragmentos de los musicales de Hollywood.


La primera película en ser proyectada fue Hasta que las nubes pasen (Till The Clouds Roll By), codirigida por Richard Whorf y Vincente Minelli, y las actuaciones de Judy Garland, June Allyson y Ray McDonald.

Luego llegaría el turno de ver a Frank Sinatra, Shirley MacLaine, Maurice Chevalier y Louis Jourdan en Can-Can, de Walter Lang.


Finalmente, cerramos la velada con la proyección de Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain), el clásico del género por excelencia dirigido por Stanley Donen y Gene Kelly, que también es intérprete junto a Donald O'Connor y Debbie Reynolds.


viernes, 23 de diciembre de 2016

Ninguno como Buster

Coronando la décima temporada, proyectamos Sherlock Jr., de Buster Keaton, con música en vivo por Juan Ninotti.

Enorme película de Buster Keaton proyectada en el noble formato de 8mm, con piano en vivo por Juan Ninotti. ¿Qué más podía pedirse para el cierre de la décima temporada del Cineclub La Rosa?


Emiliano Penelas, programador del Cineclub, presentó la función especial que dio cierre al ciclo 2016.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Buster Keaton en fílmico y con música en vivo para cerrar la Temporada 2016

Finalizamos la décima temporada del Cineclub La Rosa con una función extraordinaria en la que proyectaremos Sherlock Jr., de Buster Keaton, en fílmico, con piano en vivo por Juan Ninotti. Como siempre, con entrada libre y colaboración voluntaria el miércoles 21 de diciembre a las 20 horas en Austria 2154.



Miércoles 21 de diciembre - 20 horas
SHERLOCK JR.
(Idem, Estados Unidos, 1924, blanco y negro, 45 minutos)
Dirección y montaje: Buster Keaton
Guión: Clyde Bruckman, Jean Havez, Joseph Mitchell
Dirección de Fotografía: Elgin Lessley y Byron Houck.
Dirección de Arte: Fred Gabourie.
Elenco: Buster Keaton, Kathryn McGuire, Joe Keaton, Ward Crane, Erwin Connelly, Jane Connelly.


Un proyectorista de cine quiere ser detective, y estudia para eso por correspondencia. Pero un día, su sueño parece hacerse realidad precisamente cuando se queda dormido y se mete dentro de la película que está proyectando. En el film, que repite algunas de las desgracias de su vida, intentará salvar a su amada de las garras del villano. 


La película es una de las más aclamadas del cine mudo llena de gags visuales y filmada a un ritmo vertiginoso, con un portentoso Buster Keaton.


Estrenada en castellano como El moderno Sherlock Holmes, la proyectaremos en fílmico, con piano en vivo a cargo de Juan Ninotti, para cerrar la décima temporada del Cineclub La Rosa.

Emiliano Penelas
Programador


"El impecable comediante se dirige a sí mismo en una impecable comedia silente. El hombre con el sombrero plano trabaja como un proyectorista de cine, pero sueña con convertirse en un famoso detective. En la vida real es falsamente acusado de robar un reloj del padre de su novia. En el trabajo esa noche se meterá en la película que está proyectando (su argumento misteriosamente refleja su problema de la vida real) y resuelve el crimen en una serie de gags magníficamente imaginativos, físicamente peligrosos, perfectamente orquestados. Las cosas funcionan bien para él también en el mundo de vigilia. ¿Es esto, como algunos críticos han argumentado, un ejemplo del surrealismo americano primitivo? Por supuesto. Pero no fantaseemos. Es más significativo, un gran ejemplo del minimalismo estadounidense: objetos simples y movimientos manipulados de formas casualmente complejas para generar un aumento constante de la risa. Todo esto en sólo 45 minutos de duración, en los que no se pierde ni un segundo. En una época en la que la mayoría de las comedias están acabadas y sin originalidad, esta es la más preciada de las virtudes."

Richard Schickel, Revista Time, al ser elegida entre las 100 mejores películas de la historia del cine.


Junto a los cortometrajes en 16mm
SLINGSHOT 6 7/8
(Idem, Estados Unidos, 1951, 7 minutos)
Dirección: Walter Lantz, Don Patterson y Paul J. Smith.
Producción: Walter Lantz.
Guión: Ray Patin y Riley Thomson.
Música: Clarence Wheeler.

En el Oeste, el Pájaro Loco utiliza su honda contra el indio Buzz Buzzard en un concurso de tiro.

El corto, que lleva por título Hot shot, fue estrenado en cines con el título Slingshot 6 7/8, como una parodia de la película Winchester 73, del mismo año.


LA GRAN MIGRACIÓN
(Velké stěhování, Checoslovaquia, 1988, color, 8 minutos)
Dirección: Bohumil Šejda.
Guión: Bernadetta Šilingerová.
Montaje: Anthony Štrojsa
Sonido: Josef Javořík

La construcción de una nueva urbanización deja sin hogar a los pájaros que vivían en los árboles que se talan para tal fin. Con un mensaje social y ecologista, el corto habla de la relación entre las personas y el amor a los animales y la naturaleza.

Bohumil Sejda (1923), animador, diseñador y director, recrea la tradición de los dibujos animados de los estudios de cine Zlín. Con frecuencia colabora con el artista Vladimir Jiránek. 

Temporada X / Función 207
Cineclub La Rosa
Austria 2154

miércoles, 9 de febrero de 2011

Feliz cumpleaños, Cobain

El 20 de febrero Kurt Cobain cumpliría 44 años de vida, si no se hubiera interrumpido trágicamente hace casi 17. Gus Van Sant se inspiró en esos "últimos días" para construir un relato sensible e intimista que veremos el miércoles 16 a las 20 horas, en Austria 2154.


Miércoles 16 de febrero - 20 horas
LOS ÚLTIMOS DÍAS
(Last days, EE.UU., 2005, color, 99 minutos)
Guión y Dirección: Gus Van Sant.
Producción: Dany Wolf.
Dirección de fotografía: Harris Savides.
Montaje: Gus Van Sant.
Dirección de arte: Tim Grimes.
Música: Rodrigo Lopresti.
Elenco: Michael Pitt, Lukas Haas, Asia Argento, Scott Green, Nicole Vicius y Ricky Jay.


Van Sant, director de Milk, Paranoid Park, Elefante, En busca del destino y Mi mundo privado, entre otras, narra con maestría y sensibilidad el mundo interno de una estrella de rock extinguiéndose, con la inspiración libre de los últimos días de Kurt Cobain, líder de Nirvana que el 20 de febrero estadía cumpliendo 44 años.

Temporada 5 / Función 71
Cineclub La Rosa
Austria 2154

lunes, 17 de enero de 2011

El muerto que canta

Con motivo de la proyección de Vidriera Hitchcock (viernes 21 de enero a las 20 horas), rescatamos este artículo escrito por Rodrigo Fresán para el diario Página/12 un día como hoy, pero de 1999...


Parte John Lennon, parte Syd Barret, parte Bob Dylan, parte Ray Davies completamente Robyn Hitchcock... Este músico de músicos era, hasta hace poco, un saludable fenómeno de culto. En el nuevo film de Jonathan El silencio de los inocentes Demme amenaza con volverlo un poquito más famoso. Pero no hay que preocuparse demasiado: pocas probabilidades de que un tipo que escribe canciones sobre el cáncer y lobotomías le gane a Celine Dion.

En el film Storefront Hitchcock -saludable retorno de Jonathan Demme al documental rock de ideas luego de su celebrado Stop Making Sense junto a los Talking Heads allá lejos y hace tiempo-, el músico inglés aparece, con la indolencia de un maniquí animado, instalado en la vidriera de un negocio de la calle 14 de New York, acompañado por una guitarra, hablando, cantando, guardando silencio, volviendo a hablar. Diciendo cosas como: “Esta es una de las canciones más alegres que he escrito. Se llama ‘The Yip Song’ y trata sobre la muerte de mi padre. Era pintor y novelista. Murió de cáncer”. Y entonces el músico inglés arranca con ganas y una sonrisa. Y, de acuerdo, es una melodía saltarina y feliz por más que los versos digan y canten cosas como “La septicemia siempre vence / Límpianos ahora con tu mueca sanadora / En coma por arriba, en coma por abajo / La sangre es preciosa, ¿sí o no? / Yo creo en la cirugía, eso es un hecho / Creo en hacerla fácil / Creo en la cirugía, pero nunca actúo / Creo en hacerla fácil / Este viejo, ya se fue; ya se fue y lo siento tanto”. Adentro, en el pequeño set que ha armado Demme, el público -escondido- sigue el ritmo entusiasmado; afuera alguien pone su cara contra el vidrio para ver qué es lo que está pasando ahí adentro. Y están pasando muchas cosas. Conozcan a Robyn Hitchcock.

EL TEMA
Ya se dijo: el tema favorito de Robyn Hitchcock -tema de sus canciones, tema de conversación, tema de lo que sea- es LA MUERTE. Con mayúsculas. A no confundirse: no el miedo a la muerte o a morir. LA MUERTE. Y punto. Final. Y principio. Desde el principio -desde principios de los 70- fue así, desde sus años liderando la banda psicodélica y underground inglesa. The Soft Boys. Tres álbumes imprescindibles de lo que hoy es considerado, para el nuevo brit-pop, lo que The Velvet Underground fue para la música de garaje norteamericana. A Can of Bees (1979), el magistral Underwater Moonlight (1980), Invisible Hits (1983), y The Soft Boys 1976-81, recopilación de grandes éxitos y rarezas. Ahí, ya aparecen canciones como “A Sandra le están extirpando su cerebro” o “Sólo las piedras permanecen”. Más tarde, solista o en banda, otros títulos terminales: “Nunca dejes de sangrar”, “Cuando yo estaba muerto”, “Entonces eres polvo”, “¿Dónde vas cuando te mueres?”, “Mi esposa y mi esposa muerta”, “Devorada por su propia cena”, “Hágase más oscuridad”, “Señor Mortal”, “Una calavera, un portafolios, y una larga botella roja de vino”, “Quita tu cuchillo de mi espalda”, “Suena formidable estar muerto”. Pero, atención, la música de Hitchcock no es depresiva ni deprimente. Todo lo contrario. Suenan, sí, formidables estas canciones sobre estar muerto. Música que -por atemporal- difícil que se ponga de moda. Allí adentro conviven el primer Pink Floyd de Syd Barret, los últimos Beatles de John Lennon, el Bob Dylan con perpetua visión de futuro y la nostalgia progresista de Ray “The Kinks” Davies. Surrealismo realista. Y, antes que nada y después de todo, la idea sustantiva de que todos nos vamos a morir. Temprano o tarde. “Mi música no está diseñada para los niños. Está diseñada para adultos como niños. Y en cuanto a mi obsesión con la muerte... Es la única cosa de la que nunca podrás escaparte y, al mismo tiempo, la única cosa que nunca llegaremos a conocer bien. La clase de regalo de Navidad que nadie quiere abrir para averiguar que hay ahí adentro. Otros, en cambio, no pueden esperar a arrancarle el papel y ver de qué se trata. Así de fascinante y intimidante es el asunto. Así que no puedo pensar en algo que sea más atractivo que la muerte. Todas las religiones se concentran en la muerte. Y, por supuesto, la muerte mientras estamos vivos es la forma en que nos relacionamos con nuestras inseguridades. Uno no necesita de la religión cuando es joven porque tiene a sus padres. Pero entonces uno crece y empieza a prestarle atención, y tal vez reconciliarse, con la idea de que quizá nuestra vida termine de golpe, en el próximo minuto. Por eso, lo mío es la muerte. Y el tiempo. Y el sexo. Tenemos la muerte y, por lo tanto, tenemos que ocuparnos de reemplazarnos a nosotros mismos. Si no existiera la muerte, probablemente no existiría el sexo. Por eso el sexo siempre está ahí. Va a ser lo último en irse. La gente va a estar fornicando durante el fin del mundo. Bien por ellos. Tomamosa la ley de la gravedad como un hecho y el hambre y la empatía y la pasta de dientes. En cambio yo, que soy una persona básicamente insegura de todo salvo de mis propios apetitos y mi propia muerte, tal vez me las arregle para irradiar eso en mis canciones. Mi obra es, por lo tanto, discretamente corrosiva. Muy despacio yo voy carcomiendo la estructura del mundo tal como se lo conoce y se lo acepta. Es mi pequeño grano de arena para descubrir qué es lo que hay debajo de toda esa arena.”


LA CANCION
La canción más representativa -su canción favorita, además- de Robyn Hitchcock se llama “Airscape”. Aparece en Element of Light -luminoso opus 1986 de R.H. junto a su banda The Egyptians- y es la puesta en letra y música de una epifanía o satori o lo que ustedes prefieran. La sentida descripción de la playa de la Isla de Wight. “La isla con forma de diamante de la que vengo yo”, explica Hitchcock en uno de los monólogos introductorios a sus canciones que constituyen buena parte del atractivo de Hitchcok en vivo (del mismo modo que los libritos de sus compacts se ven siempre enaltecidos por sus cuadros, dibujos y cuentos) que el reciente compact Storefront Hitchcock: Music from the Jonathan Demme Movie ha convertido en algo portátil y posible a la vez que demuestra la necesidad de registros live para la justa apreciación de los méritos de un artista.

“‘Airscape’ trata sobre las playas de esa isla donde quiero que se esparzan mis cenizas cuando yo muera. Mi lugar favorito en el mundo y el sitio a donde he estado yendo todos los veranos a lo largo de mi vida. Allí puedo sentir el paso del tiempo como algo palpable. Puedo verlo en los acantilados, en las diferentes capas de roca como si se tratara de una torta gigante que se ha venido cocinando a lo largo de millones de años. Siglos y siglos de acumulación de tierra y polvo y arena. Uno puede medir lo infinito en esa playa y el modo en que tu pequeña y humilde existencia puede llegar a modificarlo o no. Cada año camino por esa playa, un poco más viejo y un poco más gordo... y la cuestión es que la arena también erosiona. El suelo es muy blando allí, se deshace y la playa pierde unos metros más y el océano avanza. Así que nada me cuesta imaginarme, cuando miro mar adentro, que por ahí solían caminar las personas, personas que ahora no son más que fantasmas caminando sobre médanos fantasmas cubiertos por las olas.”

LA FELICIDAD
Lo que no implica que Robyn Hitchcock no sea un tipo feliz y que sus canciones -ya se lo dijo, no importa que traten del cáncer de su padre- no sean felices. Claro que la felicidad de Hitchcock no es ja ja ja ja sino -diferencia fundamental- je je je je. La felicidad de Hitchcock pasó por sitios diferentes y pocos frecuentados en el rock de siempre y de aquí y ahora. Aun así, señas particulares reconocibles: unavoz nasal en el centro exacto entre Lennon y Dylan, melodías cristalinas que pueden remitir a The Byrds pero, también, a cierto desaforado burlesque inglés del Soho. El tipo de música que le gustaba a Jack el Destripador pero también a Sherlock Holmes, seguro. Hitchcock se sabe antiguo pero no anticuado. Mejor proustiano, como Ray Davies. Y la coherencia y solidez de una línea de conducta le alcanza y le sobra para llevar un buen pasar y la vida sin tensiones de un saludable fenómeno de culto admirado por una estable legión de fans, buena parte de la crítica y hasta bandas com R.E.M. que -sintiéndose en deuda- consistió en funcionarle como músicos de sesión a la altura de 1991 y Perspex Island, uno de los mejores trabajos de Hitchcock. Pero lo viejo de Hitchcock y lo nuevo de Hitchcock no ofrece muchos cambios. Hitchcock siempre es bueno.

“Nunca trato de hacer algo nuevo. Ni siquiera escucho mucha música nueva y mi ropa sigue siendo del tipo que usaba y se usaba en los 60. Es gracioso, supongo que estoy pagando el precio de haber sido un adicto terminal a la moda durante mi adolescencia. Ahora permanezco detenido en el pasado. No tengo complicaciones y tampoco soy uno de esos iracundos a destiempo. Me divierto. Pienso en todo lo que admiro a Dylan pero también pienso en cómo destruyó la diversión trayendo tanta furia a la música popular. No sé, miro mi colección de discos y pienso que me gustaría escuchar un poco de música que no fuera tan enojada. Así están las cosas ahora, de Dylan a Radiohead. Prefiero un poco de soul o las canciones de Cole Porter. Algo que no esté tan teñido de malevolencia. De acuerdo, alguien tenía que hacerlo, pero la música pop blanca nunca se repuso de toda esa furia liberada por Bob. Y a mí me cuesta tanto enojarme.”


LA MELANCOLIA
Pero a Hitchcock poco y nada le cuesta ponerse melancólico entendiendo a la melancolía como una de las Bellas Artes, aquello que hace al hombre superior al resto del reino animal exceptuando a los siempre melancólicos cuadrúpedos de Disney. Pero es poco probable que los estudios de Mickey Mouse le encarguen canción a Hitchcock. Para eso está Elton John quien, seguro, le arrancó para siempre la oportunidad a Hitchcock de pergeñar sentido réquiem-pop sobre Lady Di. Algo sobre hierros retorcidos y princesa en fuga y noches y estrellas y morir en París. La melancolía en Hitchcock no es la melancolía de Lennon a la altura de “In My Life”, pero sí la de “A Day in the Life”. La melancolía en Hitchcock no es el reproche clasista de Ray Davis en Arthur pero si la cariñosa elegía por un pasado irrecuperable del mismo músico a la altura Village Green Preservation Society.

Cuatro álbumes solistas configuran la indispensable Tetralogía Hitchcock de Decadencia, Muerte y Regeneración: I Often Dream of Trains (1984), Eye (1990), You and Oblivion (1995), y Moss Elixir (1996). Allí -lejos de su banda y de casi todo- Hitchcock canta sobre trenes que ya no corren, edificios que ya no están, los deseos de haber sido una linda chica, la luz sacra de las catedrales y los ventanales de los hoteles, la buena conducta de los ojos y la mala disciplina de ciertas miradas, los atardeceres en las novelas de Raymond Chandler y las noches en los cuadros de De Chirico, la vertiginosa lentitud del amor y la velocidad inerte de las cosas. Quienes no quieran arriesgar tanto de golpe y prefieran una suerte de menú degustación con un poquito de todo, ahí está el práctico y antológico nunca-grandes éxitos que es Uncorrected Personality Traits: The Robyn Hitchcock Collection o se puede pasear sin prisa por su web-site oficial The Museum of Robyn Hitchcock donde -a la altura del guardarropa- se nos informa que nuestro héroe fue “concebido en Estocolmo, 1952, para nacer al año siguiente en Paddington, Londres”, se nos advierte que el museo todavía está en construcción, que todos los visitantes son bienvenidos y que la historia continúa.

LA PELICULA
O, también, buscar y encontrar Storefront Hitchcock en su disquería amiga. En CD y en vinilo. Porque son dos álbumes diferentes. El primero es simple pero complejo. El segundo es doble y obedece a la necesidad confesa de Hitchcock de que “desde el Blonde on Blonde de Dylan que tengo ganas de tener mi propio disco doble”. Los dos -juntos o por separado- ponen de manifiesto aquello que el músico siempre dijo: “Para mí tocar mis canciones en vivo es un poco como soñar en público con los ojos bien abiertos”. Y ahora todo eso -los cangrejos, los tomates, los dioses egipcios, los sapos, las enfermedades, las avispas, los amores malditos y la bendición del sexo- están en la película de Jonathan Demme. El director -fan de siempre- y el músico se conocieron en un show y se hicieron amigos. Rápido. “Nunca me habían ofrecido hacer una película”, dice Hitchcock, “Así que me pareció que lo más educado era aceptar”. La puesta de Storefront Hitchcock es engañosamente sencilla pero casi brutalmente reveladora: un músico con guitarra eléctrica o acústica en la vidriera de un negocio cantando a solas -a veces acompañado por otra guitarra o un violín-, un frente a cuatro cámaras y un público invisible. A veces de día, otras de noche. Los contrapuntos visuales a las canciones son contados pero decisivos: una lamparita, las fechas de nacimiento y muerte del padre de Hitchcock. Hay clásicos como su “Glass Hotel” o el “The Wind Cries Mary” de Hendrix, pero también novedades compuestas a medida: “1974” -el año en que Hitchcock empezó a tocar profesionalmente en los pubs de Cambridge- es una obra maestra instantánea donde se habla de la época “donde todo se detuvo, el año en que la revolución alcanzó la inercia”, o el aguerrido “Let’s Go Thundering” o antiguos susurros como “I’m Only You” donde una sentida canción de amor divino es presentada con un monólogo anticlerical donde insiste en ser “una persona eminentemente espiritual. Creo firmemente en Dios. Pero la manipulación ejercida por la religión organizada siempre me pareció algo peligrosamente cercano a la pornografía”. Allí, más adelante, canta y dice: “Soy un espejo rajado de lado a lado” y, a la altura del estribillo: “A veces cuando estoy solo nena, soy nada más que tú”. De eso se trata y de eso trata el mundo según Robyn Hitchcock. La posibilidad de no dejar de ser uno mismo para, primero, intentar convertirse en aquello que más se ama. Una vez conseguido esto, el cielo o el infierno son el límite. Muchos -el psicodélico Syd Barret devenido carné de electroshock- se pierden por el camino o, en el mejor de los casos, terminan haciendo el ridículo. Lo raro, lo que lo vuelve imprescindible, es que este músico nombre de bandido justiciero y apellido de siniestro director de cine se mueve con gracia, no pierde el equilibrio, canta sus sueños, sin que eso lo prive de cerrar el negocio -puede oírse en el compact antes del final- con una conversación donde Hitchcock se pregunta de dónde habrá salido ese pelo en su comida kosher. Lo que, seguramente, no demorará en inspirar alguna canción sobre los pelos, las playas, los muertos, el todo y la nada.

Esas cosas.
 
Rodrigo Fresán
Radar, Diario Página/12, 17 de enero de 1999

viernes, 7 de enero de 2011

Sobre Los Beatles en Estados Unidos

Sin lugar a dudas la llegada de Los Beatles a Estados Unidos significó un antes y un después en la historia del rock. Por un lado, desataron un furor y provocaron un revuelo nunca antes visto en aquél país: el fenómeno que ya era conocido en Inglaterra y parte de Europa como “Beatlemanía” (bautizado así por un titular del diario Daily Mirror) cruzaría sus fronteras para instalarse en Norteamérica y en el mundo.


Por otro lado, la magnitud del éxito logrado allí por Los Beatles, dio origen a la denominada “Invasión británica”, ayudando a otras bandas (como los Rolling Stones o The Who) a copar el mercado americano, que hasta ese entonces había permanecido impenetrable para formaciones extranjeras. Como si todo esto fuera poco, además hicieron de la industria discográfica inglesa, una de las más fuertes a nivel mundial.

Previo a la partida de los Beatles hacia Nueva York, la banda disfrutaba de un éxito total en su país (poco tiempo antes habían tocado inclusive para la realeza) y venían de triunfar en Suecia y en Francia.

Pero los “fab four” sabían que para dar el gran salto tenían que hacer lo que ninguna formación de origen británico había logrado hasta el momento: triunfar en la “meca de la música” que para ellos suponía Norteamérica.

A su vez, eran conscientes de que grandes estrellas británicas como Cliff Richard habían pasado sin pena ni gloria por aquél país, compartiendo cartel con bandas locales de segunda categoría.

Por eso mismo decidieron informarle a su manager, Brian Epstein que hasta no tener un número uno en los charts norteamericanos no viajarían a aquel país. Una decisión en principio riesgosa, pero finalmente acertada.

En el ínterin del concierto brindado al Orden Real y la gira por Francia, Epstein emprendió su viaje a Estados Unidos en búsqueda de un sello discográfico que esté dispuesto a difundirlos. La filial americana de los estudios EMI, Capitol Records se negaba a difundir los simples “Please please me” y “She loves you” que ya habían logrado el primer puesto en el Reino Unido. Brian consiguió dos pequeños sellos que los aceptaron: VJ y Swan respectivamente. Pero ambas canciones desaparecieron tan pronto como fueron distribuidas.

El manager de la banda sin embargo tenía una carta bajo la manga: sabía del poder de la televisión y del impacto que habían logrado los Beatles en el programa inglés “Sunday night at the Palladium” siendo vistos por quince millones de personas. Sabía también que el programa más visto en Estados Unidos en 1963 había sido el “Ed Sullivan Show” y que el mismo Sullivan era un empresario sagaz, capaz de ser el presentar a la banda por primera vez en Estados Unidos, aunque fuese solo por curiosidad.

Sullivan recordaba además haber estado presente en el aeropuerto de Heathrow junto al Primer Ministro Edward Heath el día que los Beatles llegaron de Suecia y fueron recibidos en su país por miles de seguidores, algo que llamó poderosamente la atención del famoso conductor de televisión, sumado a la información que le brindaban sus fuentes acerca de las hazañas de los Beatles, todo parecía indicar que era el momento para contratarlos y tenerlos en su programa.

En una reunión con el yerno de Sullivan, Bob Precht, quien también era productor del programa, este último le explicó diplomáticamente a Epstein que la idea de la producción era contratarlos para una única presentación, como una especie de novedad.

Pero el manager de los Beatles se rehusó. Sabía que Ed Sullivan era el mejor, pero ellos también lo eran. Finalmente llegaron a un acuerdo extraordinario: Los Beatles no encabezarían uno sino ¡tres programas consecutivos!

Entonces, con el contrato firmado con Ed Sullivan en el bolsillo, Epstein se dirigió nuevamente a Capitol Records. Allí les hizo escuchar el último single de Los Beatles “I want to hold your hand” el cual, según explicó, había sido compuesto teniendo en cuenta el sonido norteamericano, y que conjuntamente con la presentación de la banda en el “Ed Sullivan Show” podría llegar a tener tanto éxito en Estados Unidos como en Inglaterra. A regañadientes un director de operaciones de Capitol aceptó distribuir el single, sobre una base limitada y que sería puesto en circulación a fines de diciembre de 1963.

Epstein regresó a Londres totalmente satisfecho con los tratos conseguidos en Norteamérica, a mediados de noviembre. Tan sólo una semana después sería asesinado John F. Kennedy, conmoviendo al país y al mundo. Hacia fines de aquél año la nación estaba destrozada por semejante suceso y ansiaba algo que les levante el ánimo. Nadie esperaba que fuese un grupo musical pop.

“I want to hold your hand” fue puesta en circulación el 26 de diciembre. Para el 18 de enero de 1964 se hallaba en el puesto cuarenta y cinco de las listas de venta de Billboard. Casi instantáneamente se televisaron unos minutos de película (filmados en Inglaterra) en el programa de Jack Paar, lo que significó la primera aparición de Los Beatles en la televisión norteamericana. Una semana después de haber sido televisado ese clip, “I want to hold your hand” saltaba al tercer puesto, y a la semana siguiente era el primero.

Los Beatles, quienes se encontraban en su serie de presentaciones en el teatro Olimpia de París, recibieron la gran noticia mediante un telegrama. Se les comunicaba que en los últimos cinco días se habían vendido un millón y medio de ejemplares. Inclusive en Estados Unidos mismo, donde se suponía que un disco de éxito alcanzara un máximo de doscientas mil ventas, las cifras eran totalmente desproporcionadas. Un álbum, “Meet The Beatles” (Conozca a Los Beatles) fue editado y llevado a las tiendas de discos norteamericanos a toda prisa, y de la noche a la mañana pasó a ser el LP más rápidamente vendido en toda la historia norteamericana de las grabaciones.

Los Beatles consiguieron lo que hasta el momento había sido imposible para todas las bandas británicas: conquistaron Estados Unidos. Nada volvería a ser igual para ellos al pisar por primera vez el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York el 7 de febrero de 1964. A excepción de Lindbergh, nadie había sido recibido jamás por tanta gente y con tanta euforia. Los documentalistas y hermanos Albert y David Maysles fueron contratados para registrar cada momento de la banda en aquél país: en hoteles y clubes nocturnos, en sesiones fotográficas, conferencias de prensa, viajando en limusinas y trenes, lo cual es una verdadera joya para los admiradores de Los Beatles.

Este maravilloso documental que registra un momento épico en la historia del rock incluye las tres presentaciones realizadas para el “Ed Sullivan Show” (la primera de ellas batiendo record absoluto de audiencia, con 73 millones de espectadores) además de su concierto debut en el Coliseo de Washington.

Afortunadamente, una vez finalizada la gira por Estados Unidos, Los Beatles regresaron a su país con una tremenda confianza en sí mismos, y en lugar de conformarse con el éxito allí obtenido, seguirían batiendo records y trabajando para regalarnos la música más extraordinaria del Siglo XX.

Cristian Nicolás García
Especial para Cineclub La Rosa

The Beatles: la primera visita a los Estados Unidos, se proyectará en el Cineclub La Rosa el viernes 7 de enero de 2011 a las 20 horas. Para más información haga click acá.

viernes, 1 de octubre de 2010

Música en vivo para festejar el cine de Jorge Prelorán

La última función del ciclo "El otro Prelorán" en el Cineclub La Rosa finalizó con la proyección de Venganza, primer cortometraje del reconocido cineasta, con música en vivo. Antes, Juan D'Alessandro compartió con el público las experiencias de filmar junto a Jorge Obsesivo durante más de dos décadas.


El miércoles 29 de septiembre en la Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte vivimos una hermosa noche finalizando el ciclo "El otro Prelorán", que incluyó tres jornadas con cortometrajes pocas veces vistos del maestro del cine documental, agrupados en programas temáticos.

El primer día pudimos apreciar sus primeros trabajos y aquellos pasos que significaron la búsqueda de un estilo dentro de lo que finalmente llamaría etnobiografías. La segunda función fue para un núcleo de películas filmadas en el norte argentino, mientras que la tercera se centró en aquellos "juegos y fantasías" creados junto a amigos y colaboradores.


Precisamente uno de quienes participó fue el ¿pintor? Juan D'Alessandro, protagonista de Obsesivo, un reportaje filmado por más de 20 años. "Aquellos que piden a los artistas que expliquen su trabajo merecen las respuestas que reciben", dice al principio este corto en el que vemos a dos grandulones jugando a ser niños.

Luego, vino el otro momento de la noche, que fue el cierre del ciclo con el primer trabajo de Prelorán, hecho con amigos y compañeros del barrio en 1954. Se llamó Venganza y originalmente llevaba música y efectos sincronizados desde discos que se han perdido.

Ercolini, Chialvo, Flocco, Profitos y Bonvín

Por eso fue proyectado con música en vivo, coordinada por Leo Chialvo y ejecutada por Hernán Ercolini (programación, foley y live effects), Matías Flocco (percusión), Gonzalo Profitos (bajo) y Andrés Bonvín (flauta), quien además donó para la Biblioteca Carlos Sánchez Viamonte su novela La noche del día. A todos los que participaron y colaboraron con este ciclo, muchísimas gracias.