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miércoles, 25 de marzo de 2015

Cineclubes porteños, la mirada que resiste

Lejos del auge de otros tiempos pero ayudadas por la tecnología, estas pequeñas salas siguen ofreciendo alternativas a una sola forma de consumir películas.

Salas pequeñas, en un centro cultural, una biblioteca o una casona prestada. La luz del proyector, una pequeña pantalla y pocas butacas como única escenografía. Entrada a la gorra, charlas debate. Cualquiera que haya pasado por un cineclub conoce la ecuación, hecha de amor por el cine, esfuerzo desinteresado y ganas de encontrarse.

Buenos Aires está lejos de aquella época de esplendor de los cineclubes que supo vivir durante los 50 y 60. Sin embargo, el fenómeno sigue vigente y se reinventa, con las nuevas tecnologías y, particularmente, las redes sociales como recientes aliadas.

Hoy es difícil saber cuántos espacios de este tipo funcionan en la Ciudad. El vacío legal en el que están y la falta de apoyo que sufre la mayoría hacen que estén a la vista sólo de quienes saben buscar, o bien que vivan poco.

El que más perdura se llama Núcleo: empezó a proyectar en 1953, primero bajo la tutela de Salvador Sammaritano y, tras la muerte de este último en 2008, de su hijo Alejandro. Muchos directores y actores fueron y van a presentar películas. A lo largo de sus más de 60 temporadas, sumó tantos socios que ya no admite más. Funciona en el Malba y, sobre todo, en el Gaumont.

A metros de esa sala, pero al otro extremo en la línea del tiempo, está Cineclub Pasaje 17, uno de los más nuevos. Vio la luz en 2013 de la mano de Juan Herrera, quien conoce el paño: “Viví el auge de los cineclubes de los 60, pero en Francia”, cuenta.

La Rosa también es joven, pero con casi una década de trayectoria, pasó airoso por “la comezón del séptimo año” o, en palabras de Emiliano Penelas, su programador, del tercero: “Los cineclubs andan a pulmón, y a la larga uno se cansa porque demanda dinero y esfuerzo, por lo que al tercer año empiezan a decaer”. Este espacio, ubicado en una biblioteca, proyecta casi todo en el primer formato exitoso para películas amateur, 16 milímetros. “Una verdadera rareza”, resalta Penelas, quien también programa cine clásico y retrospectivas en YMCA, en funcionamiento en el segundo piso de la Asociación Cristiana de Jóvenes desde hace ocho años.

Otro ineludible es Dynamo. Con más de diez años de historia, es el refugio para los amantes de grandes directores, sobre todo franceses y alemanes. Es que, al igual que La Rosa, su programación se nutre especialmente del Institut français d’Argentine (que dispone para préstamo de 300 títulos en DVD, 20 en 35 milímetros y más por Internet) y del Goethe-Institut (800 películas), además de aportes privados y de la Filmoteca Buenos Aires. La cita es en una librería de San Telmo o en una casona del mismo barrio. “Lo que se junta a la gorra va a un fondo común para comprar pelis, proyectores o pantallas”, cuenta su administrador, Carlos Müller.

Como se ve, los cineclubes pueden aparecer en casi cualquier lugar, incluso en un consultorio, como Paradiso, que antes pasó por dos bares y un salón de fiestas. “Siempre me gustó la idea de ver una peli y compartirla”, reconoce el psicoanalista Victorio Spatz. Por eso, se asoció a la crítica Paula Vázquez Prieto y programa los domingos en una sala de espera de Balvanera.

Y aunque el lucro no es lo que mueve estos espacios, a veces los cineclubes dieron pie a un proyecto comercial, como BAMA Cine Arte, que nació como Buenos Aires Mon Amour en 2007. Primero funcionó en el living de uno de sus creadores, Guillermo Cisterna Mansilla, y luego en una sala de San Telmo sin ningún cartel, por lo que era fácil pasarse de largo si no se estaba atento. El microcine del desaparecido hotel Elevage también fue sede. Hasta que en 2013 pasó a ocupar el lugar simbólico y geográfico que tenía el Arteplex de Diagonal Norte. Y aunque el BAMA no es más un cineclub, “mantiene el espíritu original”, dice Cisterna Mansilla, que administra la ahora sala comercial junto a Carlos Affur.

“Los cineclubes ponen al público en contacto con grandes acervos cinematográficos. Y si bien no ocupan el mismo lugar que antes, mantienen una identidad y buscan persistir y reinventarse. Ahora empezaron a usar las redes sociales y eso garantiza que haya gente en la sala sin tener que anunciar la programación en los medios”, resalta el investigador Máximo Eseverri.

En tiempos en que los “tanques” cinematográficos estadounidenses copan las carteleras, los cineclubs mencionados y otros tantos cubren una demanda no menor entre los porteños que buscan alternativas. Son lugares de resistencia o, en palabras de Sammaritano, “permiten que las películas de Hollywood no se coman a las de cine arte”.

Además, como destaca Penelas, “una peli no se ve igual cuando se ve con otro”. Es decir, cuando juntarse a disfrutarla implica intereses compartidos más allá del puro entretenimiento, por más teles LCD y servicios online que haya o estén por venir.

Por Karina Niebla
Diario La Razón, miércoles 25 de marzo de 2015

lunes, 7 de julio de 2014

¡Larga vida a los cineclubes!

Reductos para cinéfilos y amantes de las proyecciones en fílmico, quedan en la ciudad varias de estas asociaciones para ver y comentar cine.

Cita obligada para los cinéfilos porteños desde hace 61 años, el Cineclub Núcleo exhibe todos los martes, en el Gaumont, los preestrenos más esperados. Además, este domingo, a las 10.15, presentará La bicicleta verde, el film multipremiado de Haifa Al-Mansour. Pero no es el único. La Rosa va por su octava temporada y ya presentó más de 160 funciones, todas en 16mm. El miércoles 23, a las 20.30 proyectará Ese oscuro objeto del deseo, de Luis Buñuel; y el sábado 26, Viridiana, de su etapa mexicana (Austria 2154). Con el mismo espíritu, el YMCA, ubicado en Reconquista 439, tiene programado un homenaje a Alain Resnais, dentro del cual, el miércoles 16, a las 20, presentará Conozco la canción. Por último, el Dynamo se distingue por sus exhibiciones de afiches y fotos de películas. El miércoles 16, a las 20, proyectará A través de un vidrio oscuro, de Bergman.

Julieta Bilik
Diario La Nación, viernes 4 de julio de 2014

lunes, 8 de agosto de 2011

Li Gotti, en La Nación

Reproducimos la nota publicada este fin de semana a Alfredo Li Gotti, padrino del Cineclub La Rosa, en el suplemento cultural ADN, del diario La Nación.


El sueño de la sala propia

Desde 1988, Alfredo Li Gotti ofrecepelículas todas las semanas, conentrada gratis, para amigos y vecinos

A los once años, Alfredo Li Gotti recibió un regalo que le marcó la vida para siempre: un proyector y algunas películas infantiles. Deslumbrado por las bellas imágenes en blanco y negro que veía en la pantalla, decidió organizar funciones para los chicos del barrio. Con los cinco centavos que le cobraba a cada espectador, compraba otros films. Así fue como nació su cinemateca, integrada en la actualidad por mil latas, mil quinientos videos y dos mil DVD. Aunque la mayoría son de directores europeos (franceses e italianos, especialmente), también hay perlas del cine asiático y estadounidense y copias únicas de films mudos. A los 85, el coleccionista recibió un homenaje inesperado: el estreno de un documental que refleja su pasión cinéfila, en el que habla sobre la sala que construyó en la planta baja de su casa. Desde 1988 realiza proyecciones todas las semanas, con entrada gratuita, para sus amigos y vecinos del barrio de San Cristóbal.

"Mi objetivo es compartir las películas con la gente -asegura Li Gotti-. ¿Qué sentido tendría conservarlas guardadas o verlas solo? A veces, antes de la función, cuento cómo se hizo la película y cómo está ubicada la cámara. También incluimos la ficha técnica y algo de la historia en el programa de mano que hace mi nieto Cristian. Me gustaría armar ciclos por director o por actor, pero eso sería para un público conocedor. A mí siempre me gustó que vinieran espectadores de toda clase." El lema de la sala, que lleva el nombre de un antiguo amigo de la familia, Félix Giuliodori, es: "Un lugar para ver películas que hacen a la historia del cine".

Mucho antes, en la época en que un tío le regaló aquel proyector eléctrico que todavía conserva, Alfredo iba al cine Güemes con sus padres. "Todos los lunes, a las ocho y media de la noche, íbamos a ver dos o tres películas en continuado. Cuando salíamos, a eso de las dos de la mañana, mi padre me explicaba cuestiones sobre la iluminación, la cámara, el trabajo del director -cuenta-. Este mes vamos a hacer una función al estilo de los cines barriales de antes, con tres films e intervalos y hasta un caramelero. Me voy a dar el gusto."

Li Gotti se ríe con ganas cuando imagina nuevas ideas para su sala y también cuando recuerda algunas anécdotas de los últimos veintitrés años. "Yo había alquilado este local. Como me dedicaba a proyectar en varios lugares, como el Cine Club Núcleo, un amigo me propuso que pusiera un microcine. Mi familia me apoyó mucho. Hubo que hacer reformas y poner bastante dinero. Vendí varias películas para construir la sala. Tardamos tres años en terminarla. Íbamos a hacer algo muy modesto, pero el proyecto creció. Tiene capacidad para 50 personas, aunque hemos metido 70. Inauguramos con una noche gardeliana, el 24 de junio de 1988, el día del cumpleaños de Gardel. Vino mucha gente, hasta Díaz Vélez, un famoso compositor de tangos que también era cantante."

En las primeras funciones, la gente llevaba bebidas, pizzas, empanadas y dulces para compartir. "Un día, mientras yo proyectaba una película, veo que un espectador se levanta varias veces para servirse comida. 'Se acabó -dije-. Acá no se come más.' Desde entonces, servimos té o café, al final. No quiero que la gente venga a comer, aunque a veces algunos aparecen con masitas o budines. Qué voy a hacer", se lamenta. Que el público haga ruido y coma en la sala lo mantiene alejado de los complejos de cines: "Me molesta el asunto de los pochoclos", confiesa.

Sí fue al Cosmos y al Malba el mes pasado para el estreno del documental de Roberto Ángel Gómez, Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila, que se presentó en mayo en el festival de cine de Mar del Plata. "Me emocioné al verme en la pantalla. Es un halago que el director haya pensado en mí. Siempre fui una persona de perfil muy bajo." En el largometraje, que en agosto podrá verse en la Sala Godard del cineclub Buenos Aires Mon Amour (Maipú 960), Li Gotti habla sobre su familia, sus amigos amantes del cine, cómo es el ambiente de los coleccionistas en la Argentina y cómo consiguió las películas más valiosas. Por algunas, como Los visitantes de la noche, un film francés de 1945 dirigido por Marcel Carné, llegó a pagar 700 dólares.

El gabinete del Dr. Caligari (dirigida por Robert Wiene en 1920) es el film que más le costó conseguir. "Le pedí a Francisco José Bouchard, un distribuidor, que me avisara cuando encontrara una copia. Un verano yo estaba de vacaciones en Miramar y Bouchard me mandó una carta para avisarme que no había podido comprarla, pero que tenía algunas de Chaplin para ofrecerme. Le encargué dos o tres. Eran unas copias francesas de muy buena calidad."

Uno de sus grandes orgullos es la serie de títulos en formato nueve y medio: "Tienen una calidad de imagen extraordinaria. Se los compré a un amigo que estaba con problemas económicos. Soy, posiblemente, el dueño de la mejor colección de nueve y medio del país -asegura muy serio-. Tengo una película rara que se llama Las mentiras de Nina Petrowna (dirigida por Hanns Schwarz en 1929). Es una copia encontrada en Italia. Era el único que la tenía hasta que Fernando Martín Peña encontró una en Londres. Ahora está muy contento porque él también la tiene". Otros tesoros son Fausto (de F. W. Murnau, 1926), algunos cortos de Max Linder, Pépé le Moko (de Julien Duvivier, 1937) y Metrópolis (de Fritz Lang, 1927).

Cada formato requiere un proyector específico. Li Gotti los fue comprando mientras crecía su colección. Hoy conserva treinta, incluido el primero que le regalaron, y uno solo que nunca usó. Para las proyecciones, debió aprender los secretos de cada modelo.

Aunque intenta no repetir la programación de su sala, hay títulos que cada tanto vuelve a proyectar. "El público va variando. Además, las buenas películas no pueden verse una sola vez. A Metrópolis debo de haberla visto, por lo menos, treinta veces." Una de sus preferidas es , de Federico Fellini. "La tengo en 16 mm, al igual que La strada. Cuando dimos 8 y medio, se levantaron tres personas que al salir me dijeron: 'No entendimos nada'. Pero, bueno, el que más se divierte en las funciones soy yo -dice, y se ríe-. Me acuerdo de que cuando proyectamos El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, hubo un inconveniente con la copia y paramos la función. Como tardaba en retomar, un señor y una chica aprovecharon para irse: 'No me gustan estas películas viejas', me dijo el hombre. También hay gente que se fue en medio de La dolce vita porque le pareció muy larga."

Li Gotti trabajó durante 43 años en Segba. Cuando salía de la oficina, se dedicaba a su hobby: pasar películas en cineclubs y recorrer distribuidoras para conseguir nuevos títulos. Cuando se jubiló, se volcó por completo al cine. Fue a festivales de todo el mundo y a conocer las más importantes filmotecas.

"Me identifico con Giancarlo Giannini, que dijo hace un tiempo: 'El cine ha muerto'. Pienso lo mismo, porque la forma en la que se hace cine hoy, con tantos efectos especiales y todo eso, no es cine. Es entretenimiento. A mí me gustan las películas sociales, que tengan algo de política, con actores de carne y hueso que me conmuevan."

En el living de su casa, Li Gotti instaló un proyector de DVD y una pantalla enrollable para ver películas con su mujer, hijas y nietos. "Ésa es la sala privada", dice. Allí, todas las noches vuelve a ver algunas de las imágenes que más lo emocionaron en sus 85 años de vida.

Natalia Blanc
Diario La Nación, suplemento ADN, viernes 5 de agosto de 2011

viernes, 8 de enero de 2010

Alfredo Li Gotti: “El cineclub enseña y forma al espectador”

“Iba con los proyectores y las películas a todos lados”, dice entre risas quien proyecta cine desde chico. Comenzó con los vecinos del barrio, pasó por clubes, asociaciones, bibliotecas, cineclubes y en cuanto lugar pudiera difundir su "berretín" por el cine. Desde 1988 tiene su propia sala en la casa donde vive desde hace más de medio siglo. Allí, entre afiches, proyectores y películas, conversamos con el padrino del Cineclub La Rosa.


- Alfredo, ¿por qué siguen siendo importantes los cineclubes?
- No es lo mismo ver una película que ir a un cineclub. El cineclub enseña y forma al espectador, ayuda a mostrar distintas películas de un director, seguir temas o movimientos de la historia del cine. Yo di cine desde siempre. Iba con los proyectores y películas a todos lados. Luego, entre 1980 y 1996 di más de quinientas funciones para Núcleo, muchas de ellas en mi propia sala, “Félix Giuliodori” (llamada así en homenaje a un gran amigo mío coleccionista de cine), que se inauguró en 1988, y desde hace ocho años programo mis propios ciclos, con la colaboración de mi nieto Cristian. Allí teníamos un eslogan que decía “Aprenda cine viendo cine”.

En el cineclub hay una preparación y un debate posterior. Así se aprende mucho, porque hay personas que ven lo que otros no. Una película tiene que verse dos o tres veces para disfrutarla del todo. No puede verse una sola vez, aquél que dice “ya la ví” en realidad no terminó de comprender la obra.

Y también considero que un cineclub puede servir para rescatar aquellas películas que han pasado desapercibidas, esas que están fuera del circuito y tienen mucho valor, contemporáneas o clásicas.

- ¿Qué cambia de una película cuando se la ve con público?
- Una sala sin espectadores no es nada, no tiene vida. Siempre digo que soy muy egoísta, porque el primero que goza del espectáculo soy yo, quien lo brinda. Y así lo hice toda mi vida, porque me gusta ver cine rodeado de la gente, no me gusta verlas solo. Con público es otra cosa, se siente la calidez del espectador. El proyector, la pantalla y el espectador le dan vida a una película, sino el cine pierde esa comunicación. Una lo goza más si comparte con otras personas que gustan del mismo espectáculo que uno ofrece. De hecho, hay películas que no las he visto porque no he tenido a alguien a mi lado que haya gustado de ellas.

- ¿Qué cine prefiere?
- El que más me gusta es el italiano, todo el período neorrealista y también el Fellini de 8 ½ (1963) o Amarcord (1973). Al mismo tiempo admiro mucho el realismo poético francés de los años ’30 y ’40: Marcel Carné, Jean Renoir, Julien Duvivier. Todavía cuando veo esas películas me siguen conmoviendo, a pesar de haber sido criticadas por ser filmes crudos, amargos. Jacques Prévert, gran poeta, fue uno de los guionistas de esa época.

En general, prefiero el drama íntimo, las películas de carácter social, eso me conmueve. El hombre de carne y hueso, los problemas sociales, políticos, existenciales.

Otra corriente que me encanta es la de Europa del Este de los ’50 y ’60, especialmente los polacos. Allí hay grandes películas y grandes directores como Andrzej Wajda, Roman Polanski y Krzysztof Kieslowski. Lo tienen todo, no sólo la técnica. Hay que reconocer que es un cine extraordinario.

Y por supuesto el ruso, principalmente Sergei Eisenstein. El díptico que hizo con Sergei Prokofiev, la forma en que lleva el ritmo del montaje y la música en Iván el terrible (Ivan Groznyy I, 1944) y su continuación, La conspiración de los boyardos (Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor, 1946), son dos joyas.

- ¿Por qué hay que ver los clásicos?
- Porque el clásico perdura a través del tiempo. Hay películas que hoy se estrenan y dentro de dos o tres años desaparecen, nadie las vuelve a ver. Los clásicos, en cambio, son los que crearon el cine, y por eso se pueden seguir disfrutando. Por eso pienso además que es muy importante mostrar el cine mudo, que hoy se ha perdido un poco. Era todo imagen, cine puro, como el que realizaba F.W. Murnau (nota: en el Cineclub La Rosa proyectamos Amanecer [Sunrise, 1927] con música en vivo) era uno de los grandes, a mi juicio el mayor director alemán, lástima que se murió tan joven.


- Nombró muchas, pero si tuviera que elegir tres películas que lo hayan impactado, gustado o emocionado, cuáles no podrían faltar.
- Una sería Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948), de Vittorio De Sica. Otra que le tengo mucho cariño es 8 ½ (1963) de Federico Fellini, y la tercera sería Les enfants du paradis (Los niños del paraíso, 1945), de Marcel Carné, que es una conjunción de todas las artes, una gran película filmada durante la ocupación alemana. En la Argentina, que se conoció con el título Sombras del paraíso, fue mutilada, se proyectó en una versión de 90 minutos cuando la original dura tres horas. Yo la tengo completa en 16mm.

- ¿Cómo se imagina el futuro de los cineclubes?
- Yo soy de los que aman el cine y los cineclubes, pero no sé si les veo mucho futuro. Creo que de a poco se va muriendo la pasión por el cine, y si bien es una cuestión económica, ya que sale más barato comprar una película trucha que pagar una salida al cine de toda una familia, pasan generaciones sin saber lo que es ir a una sala. Además, en otra época había muchos más cines, en cada barrio había tres o cuatro, los estrenos llegaban del centro a las pocas semanas, la gente se acostumbraba a ir a ver dos funciones seguidas… eran otros tiempos. Hoy el televisor achica todo. Hay cintas que deben verse en pantalla grande. El cine está hecho para ver en las salas. Cuando veo una película en un televisor siento que pruebo las películas, pero no las gozo. El verdadero goce está acá, en la sala.

En la casa uno puede pausar las películas, hablar por teléfono o comer. Ni hablar de lo que pasa en las salas que venden pochocho. Eso es algo que yo vi mucho antes de que llegue a la Argentina cuando viajé al Festival de Toronto, Canadá. No podía creerlo, “cómo va a estar un tipo comiendo pochoclo mientras ve una película”, pensaba. Al poco tiempo lo estaban vendiendo también acá…

- Pero así como un cineclub ayuda a descubrir una filmografía o un determinado tipo de cine, ¿no podría colaborar con la recuperación de esos espectadores que el cine comercial pierde?
- Sí, es posible, y también podría ayudar a recuperar una cultura cinéfila. El que va a un cineclub no va sólo a ver una película, va a mucho más que eso: a que le cuenten un poco de qué se trata la película, quién es el director, dentro de qué estilo se encuentra, la época. Yo trabajo mucho sobre eso, escribo, busco información, es parte de lo que uno le brinda al espectador, para que se lleve algo más que ver una película.

Entrevista de Emiliano Penelas
Programador del Cineclub La Rosa


La película de Alfredo
El cineasta Roberto Ángel Gómez está finalizando la edición de un documental llamado Alfredo Li Gotti, una pasión cinéfila.

El largometraje, que se filmó a lo largo de dos años, cuenta la vida y el amor de Alfredo por el séptimo arte y se introduce en el descubrimiento del particular mundo que existe dentro del coleccionismo cinematográfico. Seguramente en algún momento, luego de su estreno, la podremos compartir en el Cineclub La Rosa.

Las fotografías que ilustran esta nota son gentileza de Vanesa Pereira y fueron tomadas durante el rodaje del documental.

martes, 3 de noviembre de 2009

Una pasión que sigue brillando en la noche

Reproducimos un artículo publicado hoy en el diario Página/12 en el cual se hace referencia a nuestro Cineclub, con declaraciones del director, Emiliano Penelas, y del diputado porteño Raúl Puy, quien a instancias nuestras presentó un proyecto de fomento a la actividad en la Legislatura porteña.



Proyectan en espacios poco convencionales, subsisten con el aporte de sus socios o la colaboración a la gorra. Pero a pesar de ser parte esencial del circuito cultural porteño, los cineclubes de la ciudad están legalmente a la intemperie.

Funcionan en casas tomadas, en habitaciones especialmente acondicionadas o en salas oficiales. Algunos proyectan películas de dudosa legalidad; otros preestrenan superproducciones. Sirven café, tortas, copas de vino. Cobran cuota mensual, bono contribución o simplemente pasan la gorra. Los hay especializados en clásicos, los hay vanguardistas. Antiguos reductos para entendidos, los cineclubes son un muestrario de emprendimientos que pugnan entre crisis y nuevos hábitos de consumo por diversificar la estancada variedad de oferta. “Buscamos formar un público que pueda romper con los hábitos audiovisuales adquiridos por la imposición del mercado cinematográfico estadounidense, y que pueda estar abierto a otras culturas poco difundidas”, señala Ernesto Flomenbaum, al mando del cineclub TEA, que ideó en 1988.

Sin embargo, pese a lo arraigados que están en el circuito cultural, resulta difícil establecer con exactitud cuántos de estos emprendimientos hay en Capital Federal. “Aparecen y desaparecen con gran velocidad, e incluso hay propuestas que no se asientan”, afirma el delegado de la regional Buenos Aires, una de las diez que conforman la Federación Argentina de Cineclubes (FACC), Carlos Müller, quien además programa sus propios ciclos en el cineclub Dynamo.

Siempre al margen de la parafernalia comercial y alejada de los parámetros de exhibición tradicional, este movimiento encuentra su génesis en 1928, cuando el entonces crítico León Klimovsky (décadas después también director y guionista) comenzó a idear lo que un año más tarde sería el Cine Club Buenos Aires. Desde la surrealista Un perro andaluz hasta los primeros dibujos animados de un por entonces ignoto Walt Disney, este espacio exhibió decenas de films destinados a ser clásicos. El proyector se apagó cuando culminó la temporada de 1931, y al año siguiente ya no se encendió. La calidad del material exhibido fue insuficiente ante la escasez de público y la falta de archivo propio.

Pero Klimovsky aprendió (y aprehendió) la lección y dedicó los años posteriores a coleccionar films y a pensar una ingeniería financiera junto su nuevo socio, otro cinéfilo tanto o más apasionado que él, Elías Lapzesón. Los números cerraron en 1937 y fundaron el Cine Arte. Entre los miles de espectadores que concurrieron al cine Baby (hoy teatro ND/Ateneo) y luego a la sala Cine Arte –construida en 1941 gracias al éxito de las de 160 funciones proyectadas durante cuatro temporadas– estaba Salvador Sammaritano. La cinefilia de este quinceañero quedó huérfana cuando las salas comerciales y la economía indómita e impredecible de la posguerra provocaron que el binomio cerrara definitivamente su espacio en 1945.

Pasó menos de una década para que el vicio de aquel adolescente deviniera en profesión. En agosto de 1954, el entonces estudiante de abogacía encabezó un “núcleo de jóvenes amigos del cine”, tal como rezaba el programa, que alistó un viejo Kodascope y proyectó el film mudo La carreta, del norteamericano James Cruze. Era la primera función de las casi 7200 que tiene el Núcleo en su haber.

El Núcleo cuenta con el apoyo fundamental del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, que los domingos y martes le cede una sala del antiguo Gaumont –hoy Espacio Incaa Km 0– para sus ciclos de retrospectivas y preestrenos, respectivamente. “Nosotros subsistimos con la cuota de los socios. Si bien pagamos los impuestos cinematográficos y nos hacemos cargo de los gastos durante la función, el grueso del costo es el espacio”, explica Alejandro Sammaritano, director desde 2001, cuando su padre Salvador enfermó. Carlos Affur, mandamás del Buenos Aires Mon Amour (BAMA), comparte la visión de su colega: “El lugar es fundamental, te allana gran parte del camino”.

El siguiente escollo es la inversión y la futura rentabilidad, o no, del proyecto. Affur afirma que el acondicionamiento del departamento de San Telmo donde se instalaron hace un año les demandó entre 10 mil y 15 mil dólares, que lentamente recuperan con el bono contribución que cobran en cada función.

Sin embargo, el riesgo económico podría reducirse si la Legislatura porteña diera luz verde al proyecto de ley presentado por el diputado de Diálogo por Buenos Aires, Raúl Puy, que contempla la creación de un Registro Unico de Cineclubes y el otorgamiento de un subsidio anual por un “valor similar a cinco remuneraciones mínimas del personal de planta permanente del Ministerio de Cultura”. Según el Centro Documental de Información y Archivo Legislativo (Cedom), esta iniciativa se presentó en octubre de 2008 y fue girada en noviembre a las comisiones de Cultura, y de Presupuesto, Hacienda, Administración Financiera y Política Tributaria, ya que implica la erogación de dinero por parte del Estado.

“Dentro del concepto macrista de la cultura será muy difícil que la traten”, vaticina Emiliano Penelas, asesor del funcionario y programador de los cineclubes La Rosa y de la Asociación Cristiana de Jóvenes, en sintonía con el pensamiento de Puy: “Mi impresión es que no va a ser tratado en la actual Cámara. Creo que no le están dando la importancia que merece”, se queja el legislador. A dos meses de la renovación de las Cámaras y comisiones, aún descansa en Cultura.

“Ideamos este proyecto basándonos en la Ley de Protección y Fomento de Bibliotecas Populares”, agrega el también director de fotografía, en referencia a la normativa sancionada en 2006 y reglamentada un año después, que otorga a esos espacios autónomos una suma anual para la compra de material bibliográfico y desarrollo de actividades sociales.

El proyecto de Puy busca “la protección, el desarrollo y el fomento”, según reza su fundamento, pero deja de lado la forma y el contenido de las proyecciones, dos aspectos que conforman una tendencia que genera posiciones encontradas entre los miembros del movimiento: la exhibición de películas ilegales.

“El público sigue privilegiando ver cine en el cine antes que en un televisor o la computadora”, reflexiona el rosarino Alfredo Scaglia, presidente de la FACC y director del cineclub de su ciudad, cuando se lo consulta vía mail sobre la piratería. Amada por quienes no imaginan la divulgación del cine sin ella, odiada por los puristas que aún creen en la sublimación que produce una sala a oscuras, el fílmico y la inmensidad de la pantalla blanca donde repentinamente se dibuja una historia en movimiento, la descarga de películas de Internet es para todos una realidad latente.

Ante esa competencia, los cineclubistas coinciden en señalar la importancia del programador, cuyos criterios de elección le dan a cada espacio una impronta propia y distintiva. Desde el BAMA y su apuesta por las óperas primas que circulan por festivales hasta La Gomera y sus ciclos de animación y cine oriental, una programación lógica y coherente forja un séquito de seguidores incondicionales ávidos por una plusvalía que complemente la visión de una película. “El cineclub tiene una función cultural de difusión, discusión y enriquecimiento de la apreciación del cine dirigida al espectador común”, señala Flomenbaum. Pero esta diversificación es quizás utópica ante los infinitos vericuetos de la burocracia. Sin reconocimiento por parte del Instituto de Cine y desamparados ante la ausencia de un marco jurídico que organice y regularice la actividad, algunos sienten que esa falta de apoyo los ubica al margen de la ley.

“Queremos abastecernos de películas que no encuentran un lugar en la cartelera comercial, ser un lugar alternativo y no un espacio clandestino. Es importante lograr un reconocimiento, ya que así tenemos un crecimiento bastante acotado”, se quejan desde el BAMA. Para el delegado porteño de la FACC, Carlos Müller, el mayor problema no es la subsistencia sino “la dificultad para asentar el movimiento y para saber cuáles son las reglas de la exhibición alternativa”. De allí que la Federación planee un encuentro en el inminente Festival de Mar del Plata, con varias entidades de todo el país. “Estamos analizando cómo podemos insertarnos en la ley de Cine. Tenemos que presentarle alguna propuesta interesante al Incaa para que nos considere. Estamos recorriendo un camino trabajoso, pero bien posible”, se esperanza el dirigente.

Sin embargo, hay muchos cineclubes que difícilmente consigan amparo bajo el paraguas judicial. Ejemplo paradigmático es un espacio que funciona en una casa tomada en Barracas. Allí, a cambio de una colaboración a voluntad, se ofrecen las películas que están en la cartelera comercial bajadas de Internet. El delegado porteño sabe que el Incaa difícilmente apoye una iniciativa semejante. “No le vamos a decir a un cineclub que queda afuera de la Federación. Todos los cineclubes son bienvenidos y tienen nuestro apoyo, pero no podemos pretender que la ley de Cine los incluya también a ellos –asegura Müller–. El Instituto tiene intereses con los distribuidores y exhibidores. Además, la entrada en el circuito legal implica el abono de un impuesto cinematográfico que no todos están dispuestos a hacer. Por eso pensamos en la categorización de las membresías, estableciendo una diferencia entre las plenas y las adherentes. La FACC no puede imponerles a nuestros miembros el cobro de una entrada mínima o que pasen determinada película”, concluye el programador del Dynamo.

Entre debates y discusiones internas, con los bolsillos vaciados de dinero pero cargados de voluntad, compartiendo café o vino, al aire libre o en salas comerciales, mientras existan películas que merezcan difusión, que disparen ideas y reflexiones, los proyectores seguirán imaginando verdades a 24 fotogramas por segundo.

Por Ezequiel Boetti
Diario Página/12, martes 3 de noviembre de 2009.

martes, 23 de diciembre de 2008

Alfredo Li Gotti, nuestro Padrino

En la última función de la segunda temporada del Cineclub La Rosa decidimos, además de invitarlo a presentar "Los desconocidos de siempre", el clásico italiano de Mario Monicelli, nombrar Padrino de nuestro espacio a Alfredo Li Gotti.


Hay personas con las que uno se conecta de manera especial y siente desde el primer momento que la relación puede exceder lo profesional, profundizar lazos afectivos y generar vínculos de respeto y admiración.

Ese es el caso de lo que sentimos por Alfredo Li Gotti, quien no sólo es un gran conocedor del arte cinematográfico, que ha enseñado, divulgado y difundido toda su vida, sino que además es un entusiasta cultor de la amistad, y entiende ese "berretín" del cine como algo que vale la pena compartir.

Me tocó conocerlo junto al amigo y cineasta Roberto Gómez, con quien estamos finalizando un documental sobre su vida y su obra como coleccionista, difusor e investigador cinematográfico.

Los dos sabemos que los cineclubes aún persisten por el entusiasmo y la dedicación de personas como Alfredo, que de manera obstinada y venciendo muchos obstáculos sigue semana a semana, año tras año, proyectando cine. Con la misma pasión que cuando tenía 11 años y les pasaba cortos a los chicos de su barrio (La Boca) con el primer proyector que le trajo un tío de regalo.

Esa pasión es la misma que puso en todas las funciones que programó para el mítico Cineclub Núcleo (más de quinientas) y sigue manteniendo vigente el entusiasmo de cuando hace más de veinte años decidió empeñar todo lo que tenía para construir su propia sala, reconocida en su segunda década de existencia por la Legislatura porteña.


No hace falta aclarar la "chifladura" de Li Gotti por el cine, su colección cinematográfica de casi mil títulos en fílmico, con una amplia cinemateca especializada en cine europeo, pero también con una gran cantidad de títulos norteamericanos y argentinos, que se encuentran distintos formatos: 8mm, Súper 8, 9 y medio y 16mm. Gran cantidad de sus películas en celuloide son copias únicas en el país. Y en los últimos tiempos ha incorporado también VHS y DVD, superando las cinco mil películas entre estos dos últimos formatos.


Para completar la biografía de Li Gotti podemos señalar que ha viajado a varios festivales internacionales de cine, exhibiendo una gema de su colección: los cortometrajes que filmara Carlos Gardel. Esas piezas, canciones que "El mudo" interpretó por primera vez "en film sonoro", como él mismo señala en uno de ellos, hicieron que Li Gotti se convierta en un embajador cultural no sólo de nuestro cine, sino también de un ícono popular del tango.

Desde 2003, junto a su nieto Cristian García, desarrolla en su sala un ciclo de cine retrospectivo semanal gratuito, bajo el lema “Aprenda cine viendo cine”. Las proyecciones se complementan con amenas presentaciones y charlas acerca de los films que exhiben, clásicos y películas con importancia histórica y artística del cine mundial.

En su generosidad como coleccionista, además de difundir él mismo las películas sin cobrar nunca entrada, Li Gotti presta sus copias eventualmente para proyecciones en otros ámbitos.
Por todo eso, pero también porque es una excelente persona que sabe muchísimo y se esfuerza por transmitirlo, es que decidimos que valía la pena tenerlo como "Padrino", quizás de manera simbólica, pero sin dudas como un ejemplo a seguir para quienes amamos el cine y nos gusta verlo entre amigos, como Alfredo.

Emiliano Penelas